La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 9: Dueña de mi destino
Ian se quedó mirándome, los ojos entrecerrados, sin dar crédito a lo que veía.
Kim Ian:
—¿Morana… eres tú? —preguntó, con la voz baja, como si la sola idea le resultara inquietante, no solo increíble—. ¿Cómo… cómo conseguiste el treinta por ciento?
—El señor Linares me vendió su quince por ciento —respondí con calma, sin apartarle la vista.
En ese momento, don Mateo se levantó de entre los accionistas.
—Señor Kim —dijo con tono serio—. Esta mujer es la que le hablé. La que trabajó en los proyectos del extranjero. Es brillante, meticulosa, tenaz… pero jamás imaginé que fueran familia.
Ian guardó silencio, y solté una risa suave, amarga y fría.
—Es que el señor Kim jamás me presumió —dije, clavando la mirada en la suya—. Para él, yo era algo que se escondía. Una vergüenza. Algo que no se menciona en cenas ni reuniones.
Dalila se irguió de golpe, incapaz de contenerse.
—¡Eso es absurdo! —exclamó, con voz afilada—. ¿Tú? ¿Tú sabes de finanzas, de construcción? No te hagas la importante. Todos sabemos quién eras.
La miré con serenidad, saqué los documentos y los puse sobre la mesa, uno por uno.
—Dalila —dije con voz firme—, entiendo que te duela saber que la mujer de la que te burlaste tiene más mérito que tú. Mientras tú te asegurabas de que Ian te notara, yo estudiaba, trabajaba, construía. No necesité que nadie me abriera puertas. Las abrí yo.
—Qué fácil decirlo —replicó ella, con veneno—. Todo lo que tienes lleva el apellido Kim.
Sonreí, afilada como una navaja.
—Qué ilusa eres. A diferencia de ti, no me sostengo en nadie. Si todo se cae, me levanto yo. Si se cierran puertas, las abro yo. Si hay que cruzar abismos, encuentro el camino yo. No necesito que nadie me cargue: yo soy mi propio sostén. Y tú… tú solo sabes aferrarte a lo que otro construyó. ¿Qué pasa si Ian te suelta? ¿Quién eres entonces?
Dalila palideció. No esperaba esa pregunta.
—Yo… —tartamudeó—. Yo soy su apoyo. Su compañera.
—¿Su compañera? —reí suavemente—. Una compañera sueña junto a él, no solo espera que él le dé. Tú no tienes proyecto. Tienes hambre. Y eso se nota.
El silencio llenó la sala. La mirada de Ian cambió: ya no era solo sorpresa. Era reconocimiento. Y algo más, oscuro y confuso.
Presenté mi propuesta: reconstruir los barrios bajos, no como caridad, sino como inversión. Viviendas, comercios, espacios públicos.
—No es dar limosna —expliqué—. Es devolverles el lugar que merecen. La gente de allí tiene talento, ganas, fuerza. Solo falta oportunidad. Y esta empresa sería la primera en confiar en ellos. Las ganancias vendrán, sí. Pero lo que perdurará será la confianza. Una comunidad que confía en sí misma no se derrumba.
—Es una locura —cortó Dalila, recuperando la voz—. Se gastará una fortuna y no se recuperará. Yo propongo vender esos terrenos y construir un centro comercial de lujo. Rápido, seguro, rentable.
La miré fijamente.
—Tu proyecto es fácil —respondí—. Pero es vacío. Construyes para mantener a la gente fuera. Yo construyo para que todos entren. Tú ves ladrillos. Yo veo personas. Y esa diferencia es la que decidirá el futuro de esta empresa.
Los accionistas asintieron. La mayoría inclinó la cabeza a mi favor. Dalila se mordió el labio, con los puños cerrados. No era solo envidia: vi en sus ojos el miedo. Si mi proyecto triunfaba, su lugar se hacía más pequeño.
—Pido dirigir este departamento —dije—. Asumo toda la responsabilidad.
—Estamos de acuerdo —dijo don Mateo—. Es la persona indicada.
Me instalé en mi despacho. Dos empleados murmuraban lo suficientemente alto para que oyera.
—No entiendo por qué nos mandan a una mujer —dijo uno—. Está aquí por el apellido, nada más. Y mire cómo vienen las demás… parecen modelos.
Me giré despacio y caminé hasta quedar frente a ellos. Mi voz no subió de tono, pero heló el aire.
—Mi título no me lo regaló nadie —dije, mirándolos a los ojos—. Me costó noches sin dormir, exámenes, trabajo. Y aquí no voy a permitir que nadie hable así de mis compañeras. Se visten como profesionales. Se ven impecables. No es culpa de ellas que ustedes no sepan ver más allá de la apariencia.
El primero bajó la mirada, avergonzado. El segundo apretó la mandíbula.
—No era mi intención… —murmuró.
—Pues que quede claro —continué—. Si no están dispuestos a trabajar conmigo, pueden irse ahora mismo. No obligo a nadie. Pero si se quedan, respetan. A mí, a ellas, a todos. ¿Entendido?
Asintieron, sin levantar la vista.
Fui a la oficina de Ian. Entré sin llamar. Él y Dalila revisaban documentos.
—Ya estoy aquí —dije—. Escuché que me buscabas.
Ian me miró, serio, tenso.
—No he olvidado lo que pasó —dijo con voz grave—. Cómo entraste en mi vida, cómo te casaste conmigo… bajo mentiras.
Sonreí, fría y directa.
—No te culpo por no olvidarlo. Pero tampoco te pido perdón. Hice lo que tenía que hacer para sobrevivir. Y ahora quiero formalizar el divorcio. La custodia de los niños será compartida.
—¿Divorcio? —repitió él, entrecerrando los ojos—. me forzaste a casarme contigo y ahora me pides que te deje irte con mis hijos.
—No pido permiso —me acerqué más—. Te lo digo. Si no lo aceptas, lucharé. Y te aseguro que no quieres verme como enemiga.
—Amenazas —escupió él—. Has cambiado.
—No amenazo —respondí con calma—. Advierto. Y yo cumplo lo que digo.
Miré a Dalila, que permanecía en silencio, incómoda.
Dalila:
—Tú —le señalé con la mirada—. Esto no te incumbe. Sal.
Dalila miró a Ian, esperando que la defendiera. Él asintió.
—Vete, Dalila. Hablamos después.
Salió despacio, con la cabeza baja, los ojos brillantes de rabia contenida. Al cerrar la puerta, Ian dio un paso hacia mí.
—Dime la verdad —susurró—. ¿Por qué volviste?
Me acerqué hasta que nuestros rostros casi se tocaban.
—Volví porque puedo. Porque quiero. Y porque mis hijos merecen ver a su madre de pie, no escondida. ¿Algún problema?
Ian empezó a decir algo, pero lo corté. Lo sujeté de la corbata, atrayéndolo hacia mí.
—Escúchame bien —le dije, mirándolo fijamente—: volví para quedarme. Y nada ni nadie me hará irme. Ni tú, ni ella, ni nadie.
Y entonces, con la mano firme, le di dos bofetadas fuertes, una tras otra. El sonido fue seco, claro, en el silencio de la oficina. Ian giró la cabeza, con la mejilla enrojecida.
—Esto fue por ser un padre ausente —dije con voz cortante—. Por dejarlos solos cuando más te necesitaban. Si no hubiera vuelto, no sé qué habría sido de ellos.
—¿Te atreves a pegarme? —escupió él, con los ojos encendidos—. ¿Crees que por eso te respetaré?
—No espero que me respetes —respondí—. Espero que me temas. Y que entiendas que ya no soy la mujer que podías ignorar.
Se inclinó hacia mí, como si quisiera besarme, confundido, furioso y atraído a la vez. Lo esquivé con asco, y con la mano le sujeté con fuerza, donde más duele. Ian se tensó, ahogando un gemido, doblándose un poco.
—A mí ningún hombre me domina —le dije, acercando mi rostro al suyo—. Yo soy la que manda. Y besar a alguien como tú… me da asco.
Lo solté de golpe y lo tomé de la barbilla, obligándolo a mirarme.
—Cuando lleguemos a la casa —dije despacio—, hablaremos de todo.
Me marché sin mirar atrás. Al cerrar la puerta, escuché su voz, baja, confusa, consigo mismo:
—Es imposible… debería odiarla. Debería… —suspiró, con una mezcla de rabia y fascinación—. Pero así, con la mirada encendida… se me hace imposible apartarla de la cabeza. Qué demonios me pasa.