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Atada A La Oscuridad Del Alfa

Atada A La Oscuridad Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Romance oscuro
Popularitas:5.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.

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capitulo 12

​El traslado de Amelia a los aposentos del ala oeste se completó antes del mediodía. Su nueva habitación era amplia, de techos altos y piedra expuesta, conectada directamente con el estudio privado de Lian a través de una pesada puerta de madera con herrajes de hierro.

Aunque la estancia era infinitamente más cómoda que su antiguo cuarto en la tercera planta, Amelia no podía sacudirse la sensación de estar viviendo en una jaula de oro diseñada para mantenerla al alcance de los sentidos del Alfa.

​A las tres de la tarde, tras dejar a Mateo haciendo sus ejercicios de caligrafía bajo la supervisión de la Sra. Elena, Amelia regresó al estudio. El desastre de la noche anterior había sido recogido por los sirvientes, pero el olor a madera astillada y el ambiente cargado de tensión permanecían intactos.

​Lian estaba sentado tras su nuevo escritorio de nogal, con los puños apoyados sobre la superficie labrada. Aunque intentaba mantener su postura erguida e inquebrantable, Amelia notó de inmediato la rigidez en su mandíbula y el sudor frío que perlaba su frente. La migraña no había desaparecido por completo; solo estaba adormecida, acechando en las sombras.

​—Tráeme el expediente de las patrullas del norte —ordenó el Alfa sin alzar la vista, detectando la entrada de Amelia al instante por el sonido de sus pasos y el aroma a lluvia que la acompañaba.

​Amelia no obedeció la orden. En su lugar, caminó hacia la mesa auxiliar donde descansaba su maletín médico de cuero, tomándolo con firmeza.

​—Primero voy a examinar sus ojos, señor Lian —dijo con un tono profesional que no admitía discusiones—. Si voy a estar atada a su lado como su enfermera privada, voy a hacer mi trabajo correctamente. La noche anterior noté que las venas de su rostro no reaccionan como una simple inflamación traumática.

​Lian tensó los hombros, soltando un bufido despectivo.

​—Ya vinieron los mejores sanadores de los tres clanes nobles —respondió con voz rasposa—. Todos llegaron a la misma conclusión: las quemaduras provocadas por las garras del traidor destruyeron los nervios ópticos de forma irreversible. La medicina humana no tiene nada que hacer aquí.

​—Los sanadores de su especie buscan milagros o magia —replicó Amelia, acortando la distancia entre ambos con paso decidido—. Yo busco patologías. Quítese la venda o el abrigo, por favor.

​El Alfa permaneció inmóvil durante unos segundos, tentado a expulsarla del despacho con un rugido. Sin embargo, el recuerdo de la paz que sus manos le habían brindado durante la tormenta disipó su resistencia. Con un movimiento seco, Lian desabrochó el cuello de su túnica oscura y retiró la banda de tela negra que cubría la mitad superior de su rostro, dejando al descubierto la devastación de su piel.

​Amelia ahogó un pequeño jadeo, aunque se obligó a recuperar la compostura de inmediato.

​A la luz directa de la ventana, las cicatrices no eran simples marcas de garras. Cuatro surcos profundos cruzaban desde su sien derecha hasta el puente nasal, rodeando las órbitas de sus ojos. Pero lo alarmante no era el tejido fibroso de la cicatrización, sino la pigmentación: la piel alrededor de las heridas presentaba un matiz violáceo y verdoso, casi fosforescente bajo la luz natural. Redes diminutas de venas oscuras, endurecidas como hilos de alambre subterráneos, se ramificaban desde los bordes de la lesión hacia sus sienes y el cuello.

​Amelia sacó una pequeña linterna médica de su maletín y una lupa de precisión. Se inclinó sobre Lian, apoyando suavemente una mano en su hombro para estabilizarlo. El Alfa se congeló ante el contacto, pero no se apartó; su respiración se volvió más lenta al inhalar el aroma de la joven.

​—No se mueva —murmuró ella.

​Amelia encendió la linterna y dirigió el haz de luz blanca directamente hacia la pupila del ojo derecho de Lian.

​El ojo era de un gris opaco, cubierto por una nebulosa blanquecina. Sin embargo, al ampliar la imagen con la lupa, la agudeza clínica de Amelia detectó el verdadero horror. La córnea y el cristalino no estaban rotos por un impacto mecánico. Estaban cristalizados. Estructuras microscópicas, similares a pequeñas agujas o ramificaciones de hielo negro, estaban incrustadas en el iris, bloqueando el paso de la luz y emitiendo una reacción química ante el calor corporal.

​—Esto no es una ceguera por trauma —susurró Amelia, consternada, pasando la linterna al ojo izquierdo y encontrando exactamente el mismo patrón—. Sus ojos no están destruidos, Lian. Están estrangulados.

​El Alfa frunció el ceño, apretando los dientes.

​—¿De qué estás hablando?

​Amelia guardó la linterna y sacó de su maletín un pequeño frasco con solución salina y un hisopo esterilizado. Con suma delicadeza, rozó el borde de una de las venas oscuras que sobresalían cerca de la sien de Lian. Al contacto con la solución salina humana, la vena reaccionó con un espasmo casi imperceptible, emitiendo un tenue vapor de olor amargo y metálico.

​—Es una toxina de origen orgánico combinada con un catalizador mágico —explicó Amelia, con la voz temblando por la gravedad del descubrimiento—. En la literatura médica humana existen registros muy raros sobre envenenamientos con extracto concentrado de acónito negro mezclado con ceniza de raíz de sombra. No querían matarlo durante la emboscada, Lian. Si hubieran querido matarlo, habrían cortado su yugular.

​Lian se puso de pie de golpe, derribando la silla de nogal con un estruendo seco. Su figura gigantesca proyectó una sombra imponente sobre el salón mientras su rostro se contraía en una mueca de furia desbordada.

​—¡Eso es imposible! —bramó, el sonido de su voz haciendo vibrar los cristales del ventanal—. Mis guardias personales analizaron las garras de los atacantes. Dijeron que solo eran armas comunes infectadas por el polvo del bosque.

​—Sus guardias o sus sanadores mintieron —sentenció Amelia con absoluta firmeza, sosteniéndole la mirada a pesar del aura aplastante del hombre—. Quienquiera que lo atacó impregnó las armas con una dosis calculada para no ser letal, pero sí lo suficientemente fuerte como para fijarse en el torrente sanguíneo de un Alfa de sangre pura. El veneno se alimenta de la propia energía de su lobo. Cada vez que usted intenta sanar o cuando se somete a altos niveles de estrés o cambios de presión, la toxina se reactiva, enviando espasmos de dolor a su cerebro y manteniendo la ceguera.

​Lian apretó los puños con tal violencia que las articulaciones de sus dedos chasquearon. La verdad cayó sobre él como una losa de hielo. La emboscada en el bosque no había sido un ataque fortuito de clanes rivales o renegados; había sido un trabajo interno, una conspiración minuciosamente ejecutada por alguien que conocía perfectamente la anatomía de los hombres lobo y que tenía acceso a sustancias prohibidas.

​Alguien dentro de la mansión o del consejo de ancianos quería mantenerlo ciego, debilitado y al borde de la locura para arrebatarle el control del territorio Blackwood.

​—Alguien de mi propio clan... —murmuró el Alfa, su voz transformándose en un siseo peligroso y gutural, profundo como el rugido de una bestia a punto de atacar—. Un traidor sentado en mi mesa.

​Amelia dio un paso hacia él, guardando la lupa en su maletín.

​—La buena noticia es que si la ceguera es provocada por un agente químico y no por una amputación nerviosa, existe la posibilidad teórica de neutralizar la toxina —dijo ella, mirando los surcos violáceos de su rostro—. Pero necesito aislar el componente exacto del veneno. Y quien se lo administró, sigue estando muy cerca de usted.

​Lian giró el rostro hacia la dirección de Amelia. La frialdad habitual de su porte había sido reemplazada por un fuego oscuro y calculador. Avanzó un paso y tomó a Amelia por la nuca, atrayéndola hacia él con una mezcla de protección y posesión absoluta.

​—A partir de este instante, no mencionarás esto a nadie —susurró el Alfa contra sus labios, su aliento cálido rozando la piel de la joven—. Ni a la Sra. Elena, ni al Beta, ni a los ancianos. Si se enteran de que sabes la verdad, te matarán antes de que salga la luna nueva.

​Amelia asintió lentamente, sintiendo el peso del secreto y el peligro inminente que acababa de sellar su destino junto al del Alfa.

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CELINA ESPINOZA
exelente
celimar
super 💯💯💯💯👏👏
Lobelia
muy buenas el capitulo 💯
Lobelia
está muy buena
Miriam Josefina Vander Spoeltel
esta demasiado buena escritora no tardes mucho en actualizar xfaaaaaaaa gracias
Celina
💯💯👏👏me gusta
Celina
excelente gracias por compartir
Celina
super buena está historia
Lobelia
esto se está poniendo bueno 💯💯
Lobelia
💯💯💯💯
Lobelia
me gusta
Fernanda
💯💯💯💯💯👍
Fernanda
💯💯💯💯
celimar
muy buena l historia 💯
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