Es una historia sobre la amistad, los sentimientos callados y el miedo a cambiar lo que ya se tiene por decir la verdad.
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Capitulo 23: Lo que casi nos atrevimos a decir
Había algo diferente entre Daniel y yo desde nuestra última conversación.
No era exactamente distancia, pero tampoco la tranquilidad de antes. Era como si ambos supiéramos que una puerta se había abierto y que, tarde o temprano, tendríamos que decidir si cruzarla.
Aquella mañana recibí un mensaje suyo.
«¿Podemos vernos hoy? Quiero hablar contigo de algo».
Lo leí tres veces. Mi primera reacción fue emocionarme; la segunda, asustarme. Había aprendido a desconfiar de las conversaciones que comenzaban con frases tan sencillas y terminaban cambiándolo todo.
«Claro. ¿Dónde?», respondí.
Quedamos en la cafetería donde solíamos estudiar. Llegué unos minutos antes y elegí la mesa junto a la ventana. Cuando Daniel apareció, llevaba dos cafés en las manos.
—Te traje el de siempre —dijo, dejándolo frente a mí.
—¿Todavía te acuerdas?
—Me acuerdo de muchas cosas que debería haber olvidado.
Sonrió, pero sus ojos no acompañaron del todo el gesto. Durante unos minutos hablamos de la universidad, de una película que él quería ver y de cualquier tontería que nos permitiera retrasar la conversación.
Finalmente, Daniel dejó su taza sobre la mesa.
—He estado pensando en nosotros.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—¿En nosotros como amigos?
Él bajó la mirada y soltó una pequeña risa.
—¿Ves? Esto es exactamente lo que hacemos. Rodeamos las palabras para no tener que enfrentarnos a ellas.
No supe qué contestar.
—Te quiero —continuó—. Pero estoy cansado de no saber qué significa eso para ti. A veces siento que quieres acercarte y otras veces parece que te arrepientes de estar conmigo.
Me dolió escucharlo, sobre todo porque reconocí mi comportamiento en cada palabra.
—Tengo miedo —admití.
—¿De mí?
—De perderte. De que intentemos algo y salga mal. De que un día me mires y ya no encuentres en mí a la persona de la que te enamoraste.
Daniel permaneció callado. Yo había imaginado muchas veces aquella conversación, pero nunca había pensado que decir la verdad pudiera hacerme sentir tan vulnerable.
—¿Y si nunca lo intentamos? —preguntó—. ¿Y si dentro de unos años miramos atrás y descubrimos que dejamos pasar algo importante porque ninguno quiso arriesgarse?
—También lo he pensado.
—Entonces, ¿qué nos detiene?
Quise responder que nada, que podíamos dejar de tener miedo y empezar de nuevo. Sin embargo, la realidad era más complicada. Querernos no borraba nuestras inseguridades ni garantizaba que fuéramos a funcionar como pareja.
—No quiero decirte que sí solo porque tengo miedo de perderte —respondí—. Quiero elegirte porque de verdad deseo estar contigo.
Daniel asintió lentamente.
—Eso es lo que quiero escuchar. No necesito que me prometas una historia perfecta. Necesito saber que no vas a quedarte conmigo por culpa, costumbre o miedo a hacerme daño.
Por primera vez entendí que mi silencio también podía lastimarlo. Había pasado tanto tiempo preocupada por proteger mi corazón que olvidé que él también tenía uno.
Extendí la mano sobre la mesa. Daniel la tomó.
—No sé cómo se hace esto —confesé.
—Yo tampoco.
—Qué tranquilizador.
Se rio, y aquella risa consiguió aliviar un poco la tensión.
—Podemos aprender —dijo—. Pero quiero que lo hagamos despacio. No quiero que mañana tengamos que definir toda nuestra vida porque hoy nos atrevimos a hablar.
—¿Y si despacio significa que volvemos a escondernos?
—Entonces nos lo diremos. No quiero seguir adivinando lo que piensas.
Apreté sus dedos. Había esperado durante años que Daniel me ofreciera seguridad, sin comprender que ninguna relación podía sostenerse si uno de los dos tenía que convertirse en adivino.
—Hay algo que quiero preguntarte —dije.
—Pregúntame.
—Si algún día dejamos de funcionar como pareja, ¿crees que podríamos seguir siendo amigos?
Su expresión cambió. No parecía molesto, sino triste.
—No lo sé. Tal vez necesitaríamos tiempo. Tal vez nos dolería demasiado. No quiero mentirte diciendo que nada cambiaría.
Aquella respuesta me asustó, pero también me pareció más honesta que cualquier promesa.
—Yo tampoco quiero perder nuestra amistad.
—Y yo no quiero que la uses como una razón para no vivir lo que sientes.
Me quedé mirando nuestras manos unidas. Quizá ese era el problema: quería todas las garantías antes de dar el primer paso. Quería saber que no habría dolor, que nunca nos arrepentiríamos y que el futuro nos trataría con delicadeza.
Pero el amor no podía ofrecerme un contrato firmado contra la tristeza.
—¿Podemos intentarlo sin dejar de ser nosotros? —pregunté finalmente.
Daniel me miró con una ternura que casi me hizo llorar.
—Eso es lo único que quiero.
No nos besamos. Una parte de mí lo deseaba, pero otra necesitaba tiempo para acostumbrarse a que nuestros sentimientos ya no fueran un secreto compartido a medias.
Al salir de la cafetería, caminamos hasta la esquina donde normalmente nos separábamos. Daniel tenía que ir a una reunión y yo debía regresar a casa.
Antes de marcharse, se volvió hacia mí.
—Oye, una cosa más.
—¿Qué?
—No quiero convertirme en la única razón por la que seas feliz.
Fruncí el ceño, sorprendida.
—¿De dónde salió eso?
—De verte dejar de hacer cosas que te gustan cuando crees que estoy ocupado. De sentir que a veces esperas mis mensajes para decidir si tu día va a ser bueno o malo. No quiero que te olvides de ti por estar pendiente de mí.
Quise negarlo, pero recordé cuántas veces había cancelado mis propios planes esperando que él estuviera disponible.
—No me había dado cuenta —murmuré.
—No te lo digo para alejarme. Te lo digo porque quiero que tengas una vida que también te haga feliz cuando yo no esté cerca.
Nos despedimos con un abrazo largo. Cuando me aparté, sentí el impulso de pedirle que se quedara un poco más, pero no lo hice. Él tenía sus planes y yo tenía los míos. Por primera vez, esa separación no me pareció una amenaza.
Aquella noche abrí mi cuaderno y escribí una frase:
«No quiero dejar de ser yo para conseguir que alguien se quede».
Después anoté algunas cosas que había abandonado: terminar un proyecto personal, visitar a una amiga y volver a dibujar por las tardes. No eran grandes decisiones, pero me devolvieron una sensación que había echado de menos: la de tener una vida propia.
Antes de dormir, Daniel me envió un mensaje.
«Gracias por hablar conmigo hoy. No sé qué pasará con nosotros, pero me alegra que ya no tengamos que fingir que no sentimos nada».
Sonreí y respondí:
«A mí también. Tengo miedo, pero esta vez quiero descubrir qué hay al otro lado, en lugar de inventarme una respuesta desde aquí».
Dejé el teléfono y apagué la luz.
Todavía no sabía si Daniel y yo conseguiríamos convertir nuestros sentimientos en una relación. Lo que sí sabía era que, por primera vez, no estábamos intentando protegernos mediante el silencio.
Y quizá ese fuera el comienzo que necesitábamos: no una promesa de que jamás nos haríamos daño, sino el valor de hablar antes de permitir que el miedo decidiera por nosotros.