Gala Ponce murió sola, atropellada en una calle oscura, huyendo de un esposo que la despreciaba, de una hermana que la destruyó y de una familia que nunca la quiso.
Pero el destino le dio otra oportunidad.
Despertó diez años atrás, en la piel de la joven ingenua que alguna vez fue, con todos los recuerdos de la tragedia que estaba por venir. Esta vez, no permitirá que la manipulen. No dejará que la casen a la fuerza. No dejará que la atropellen.
Pero lo que Gala no sabe es que el hombre que más la odió —ese esposo frío y despiadado que la convirtió en prisionera— fue también el único que lloró su muerte.
Y cuando él descubra la verdad... ya no habrá vuelta atrás.
Porque a veces, el peor enemigo es también el único que puede salvarte.
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Capítulo. 8
No esperó a ver sus reacciones. No necesitaba hacerlo. Sabía lo que encontraría: confusión, desconcierto, quizás incluso un atisbo de culpa. Pero nada de eso importaba ya.
En la acera, frente a la mansión Ponce, Gala se detuvo. Se limpió las últimas lágrimas y, lentamente, una sonrisa se dibujó en sus labios.
Libre.
Al menos por un tiempo.
Corrió hacia la estación de bicicletas, quince cuadras bajo el sol de la tarde. El viento le golpeaba el rostro, despeinándole el cabello, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió viva. Realmente viva.
*_*
Mientras tanto, en la universidad, el destino tejía sus hilos.
Eliana Ricci estaba recogiendo sus materiales de clase cuando vio a la chica llegar a la residencia estudiantil.
Era una tarde dorada, de esas que hacen que el mundo parezca lleno de posibilidades. Eliana, con su melena oscura suelta al viento y sus ojos color avellana brillando con curiosidad, observaba a los estudiantes moverse por el campus. Era su último año de Administración, y aunque su apellido la precedía, había decidido vivir en la residencia para experimentar la vida universitaria "normal".
Eliana era, sin duda, una de las jóvenes más hermosas del campus. Su piel, suave y luminosa, no tenía ninguna imperfección. Su rostro, de rasgos delicados y simétricos, se iluminaba con una sonrisa que parecía tallada por los dioses. Caminaba con la seguridad de quien sabe que el mundo está a sus pies, pero sin la arrogancia que suele acompañar a esa certeza. Era popular, admirada, y sin embargo, había algo en ella que permanecía inaccesible, como si guardara un secreto que nadie merecía conocer.
Y entonces la vio.
Una joven de no más de veinte años llegaba a la residencia con una mochila gastada al hombro. Tenía sudor en la frente, jadeaba de cansancio, pero había algo en ella que capturó la atención de Eliana de inmediato. Una luz en los ojos. Una alegría que parecía emanar de cada poro de su piel. Como si hubiera vuelto a la vida después de años de estar muerta.
Sus ojos eran verdes. De un verde intenso, como el de los gatos. Y su cabello, castaño claro, caía en ondas suaves sobre sus hombros.
Eliana sintió una curiosidad inmediata. Una atracción inexplicable. No romántica, sino... algo más profundo. Como si sus almas se reconocieran sin saberlo.
Se acercó a ella con una sonrisa.
—¡Hola! —dijo, su voz alegre y cálida—. Vienes a vivir a la residencia, ¿verdad? Me llamo Eliana. Creo que seremos compañeras de cuarto.
La joven se giró, y cuando sus ojos verdes se encontraron con los de Eliana, sonrió. Una sonrisa que era como un amanecer.
—Hola, soy Gala —respondió, con una voz suave pero firme—. Y sí, creo que ahora seremos compañeras de cuarto.
Ambas rieron. Una risa compartida, natural, como si se conocieran de toda la vida.
Lo que Gala no sabía —o más bien, lo que no reconocía— era que Eliana era la hermana menor de Boris Ricci. La misma Eliana que, en su vida anterior, había conocido años después de su miserable matrimonio, cuando un accidente automovilístico la había dejado con el rostro desfigurado, cicatrices profundas que recorrían su mejilla y una parálisis facial que le daba una sonrisa torcida y amarga. Aquella Eliana había sido una mujer atormentada, insegura, que se escondía detrás del maquillaje y la ropa oscura. Gala la había visto en un par de ocasiones, siempre compadeciéndola en silencio, siempre sintiendo lástima por la mujer que había perdido su belleza.
Pero esta Eliana era diferente. Esta Eliana era la mujer que había sido antes del accidente: radiante, segura, hermosa. Una joven que caminaba por el mundo con la certeza de que nada malo podía pasarle. Y Gala, al verla, no la reconoció. ¿Cómo podría? Era como mirar a dos personas completamente distintas.
Lo que Eliana no sabía era que Gala Ponce era la mujer que su hermano buscaba. La mujer fantasma que se había desvanecido en el hotel Majestic. La única persona que había logrado desestabilizar a Boris Ricci.
Y sin saberlo, los hilos del destino se estaban uniendo.
Gala entró en la residencia con Eliana a su lado, riendo por alguna tontería que la otra había dicho. Se sentía ligera. Se sentía libre.
Pero en el fondo de su mente, una pequeña alarma sonaba.
Eliana. Eliana Ricci.
No era un nombre común. Y la conexión era demasiado obvia para ignorarla.
Pero Gala decidió no pensar en eso ahora. Tenía una compañera de cuarto amable. Tenía un lugar donde quedarse. Tenía un plan.
Lo demás... lo demás podía esperar.
Sin embargo, mientras subían las escaleras hacia su habitación, Gala no pudo evitar mirar a Eliana de reojo. La joven reía con una alegría contagiosa, sus ojos brillando bajo la luz del atardecer. Y Gala sintió un escalofrío.
En su vida anterior, Eliana había sufrido un accidente. Un accidente que la había marcado para siempre. Un accidente que la había convertido en una mujer amargada y solitaria.
Gala no sabía cuándo ocurriría. No sabía dónde. Pero sabía que podía evitarlo.
Y mientras Eliana abría la puerta de su nueva habitación compartida, Gala tomó una decisión silenciosa.
Esta vez, no solo se salvaría a sí misma.
Esta vez, salvaría a Eliana también.
ya quiero leer que va a pasar con la intrigosa de Elia