Entregada a un implacable líder de la mafia para saldar las deudas de su padre, elena debe firmar un matrimonio por contrato de un año sin imaginar que el peligro real será enamorarse de su comprador.
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Capítulo 12: La sombra del heredero
Las semanas posteriores a la amenaza de Marcus se convirtieron en un confinamiento voluntario y sofocante. Aterrorizada por las palabras del hombre de confianza de Alexander y por la posibilidad de cruzárselo de nuevo en los pasillos, Elena no volvió a cruzar el umbral de la suite principal. Aquella única e hiriente interrupción en la biblioteca había sido suficiente para sembrar un pánico constante en su pecho. Se pasaba los días mirando a través del gran ventanal, prisionera de sus propios pensamientos, mientras la casa permanecía en un silencio sepulcral.
Sin embargo, a medida que el mes llegaba a su fin, su cuerpo comenzó a manifestar un deterioro extraño y alarmante.
Al principio fueron mareos leves al levantarse de la cama por las mañanas, acompañados por un sudor frío que le cubría la frente. Pero pronto la debilidad se volvió abrumadora. Elena apenas lograba sostenerse en pie; las náuseas la asaltaban a primera hora del día y el aroma de los alimentos que la señora Martha le llevaba a la habitación le provocaba arcadas violentas. Su piel, de por sí pálida, adquirió un tono enfermizo y perdía peso rápidamente al no poder retener la comida.
Recostada en la cama, abrazando sus rodillas y temblando de frío a pesar de las pesadas cobijas, Elena se llevaba las manos al vientre. La duda la devoraba por dentro: ¿era el estrés sofocante de su encierro, o el contrato finalmente había cobrado su precio?
La respuesta a su zozobra llegó la tarde en que el ruido rugiente de un helicóptero volvió a sacudir los cristales de la mansión.
Elena contuvo el aliento. El corazón le martilleó el pecho a un ritmo descontrolado. Minutos después, los pasos firmes, pesados e inconfundibles de Alexander resbalaron por el pasillo. La puerta doble de la suite se abrió de par en par.
Alexander ingresó a la estancia vistiendo un abrigo negro impecable. Había vuelto de su viaje al extranjero tras aplastar las rebeliones de la junta directiva, luciendo la misma figura imponente, dominante y fría de siempre. Sin embargo, en cuanto sus ojos oscuros se posaron en la cama, su expresión se endureció de inmediato.
En lugar de encontrar a la joven que había dejado semanas atrás, vio a una figura demacrada, frágil hasta el extremo, con ojeras marcadas y los labios desprovistos de color.
Alexander caminó a paso rápido hacia el borde de la cama. La sombra de su cuerpo cubrió a Elena, quien se encogió por instinto, temblando bajo su mirada.
—¿Qué significa esto? —exigió Alexander con voz grave y cortante, mirando el plato de comida intacto sobre la mesa de noche—. ¿Por qué estás en este estado?
Elena intentó incorporarse para responder, pero un mareo repentino hizo que la cabeza le diera vueltas y soltó un débil gemido, llevándose la mano a la boca por una nueva ola de náuseas.
—Señor... yo... no me he sentido bien —articuló apenas en un hilo de voz áspera y quebrada.
Alexander la observó en silencio durante un segundo. La debilidad extrema de la joven y las náuseas evidentes no pasaron desapercibidas para su mente calculadora. La posibilidad de que el objetivo del contrato se hubiera cumplido hizo que una tensión peligrosa cruzara por su mandíbula.
Sin perder un segundo, Alexander dio media vuelta hacia la puerta y alzó la voz, haciendo retumbar su orden por todo el pasillo:
—¡Marcus! ¡Martha! ¡Traigan al doctor Ramírez a esta habitación de inmediato! ¡Ahora mismo!
A los pocos minutos, el médico privado de la familia ingresó apresuradamente a la suite con su maletín de emergencias, seguido por una preocupada señora Martha. Marcus permaneció en el umbral de la puerta, manteniendo una postura rígida; sus ojos se cruzaron por un instante con los de Elena, cargados de una advertencia silenciosa y amenazante que hizo que la joven bajara la vista aterrada.
—Examínela —ordenó Alexander al médico, cruzándose de brazos al pie de la cama con una postura inflexible—. Lleva días vomitando y apenas puede mantenerse en pie. Quiero saber exactamente qué tiene.
El doctor Ramírez se acercó a Elena con delicadeza. Le tomó la presión arterial, le examinó la temperatura y le realizó las preguntas de rutina sobre sus síntomas, mientras Alexander no quitaba la mirada de la escena.
—Señor Vance —habló el doctor Ramírez tras tomar una pequeña muestra de sangre rápida y evaluar los signos clínicos de la joven—. Su estado de debilidad se debe a una deshidratación severa por los vómitos continuos. Pero la causa de estos síntomas es bastante clara.
Alexander dio un paso al frente, con los ojos fijos en el médico.
—Hable directo, doctor.
El médico miró a Elena con compasión y luego volvió la vista hacia el mafioso.
—La señora Elena está embarazada. Apenas tiene unas pocas semanas de gestación, por lo que requerirá cuidados extremos y reposo absoluto para estabilizar el embrión.
Un silencio sepulcral cayó sobre la suite principal.
Elena sintió que el mundo se detenía a su alrededor. Se llevó las manos al abdomen, helada por la confirmación de que la semilla del hombre más temido de la ciudad crecía en su vientre, dando inicio oficial a la cláusula más cruenta de su matrimonio por contrato.
Alexander, por su parte, sostuvo la mirada de la joven. Una chispa oscura e indescifrable brilló en sus ojos oscuros mientras la certeza del heredero se consolidaba en su imperio.