Trilogía: Pecados de Élite
Libro 1: Un Corazón De Acero: El Precio De Amar
Ella es la Teniente Morgan de la Fuerza Especial de Élite Militar (F.E.E.M.), una mujer de hierro acostumbrada a tener el control. Durante años, ha construido una relación estable y segura con su novio, el capitán Cross, el hombre que representa su futuro y su puerto seguro.
Pero tras dos semanas de ausencia de ella por un luto familiar, todo cambia al volver a la base. Allí es recibida por la imponente presencia del nuevo coronel: un hombre magnético que se convierte en su tentación más oscura, un pecado inconfesable y, probablemente, su mayor error.
El verdadero peligro se revela cuando descubre la verdad: ambos hombres comparten la misma sangre.
Ahora, atrapada en un triángulo de lealtad y deseo, su mente jura que su corazón le pertenece al capitán, pero su cuerpo arde por el coronel.
Cuando el deber militar choca contra una pasión prohibida entre hermanos, el peligro aumenta.
¿Qué podría salir mal?
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Capítulo 14: Descenso al infierno
Alec Cross.
Una explosión seca hizo temblar los cimientos del edificio de Marco Moretti, arrancando gritos de pánico de las paredes y convirtiendo el aire en una masa irrespirable de polvo y humo. El caos se desató en cuestión de segundos, los pasillos se llenaron de huéspedes y colaboradores de la red que huían despavoridos, mientras los elevadores morían con un chirrido metálico. En medio de aquella estampida ciega y de las ráfagas de balas que silbaban por todas partes sin dirección fija, sentí cómo unas manos firmes me agarraban del chaleco táctico, arrastrándome a la fuerza hacia la boca de las escaleras de emergencia.
La penumbra en el cubo de las escaleras era absoluta, no se veía absolutamente nada más que los destellos intermitentes de los disparos rebotando en el concreto. Mis pulmones ardían, mi brazo sangraba y la única pregunta que me martillaba el cerebro con desesperación homicida era
¿Dónde diablos está ella? ¿Cómo se coló hasta el piso veinte de Moretti?
Alguien se nos atravesó de golpe en el descansillo, saliendo de las sombras con una velocidad letal. Sentí cómo una mano ágil se deslizaba con precisión quirúrgica hacia la funda de mi pantalón cargo táctico gris carbón, sacando mi Glock de reglamento. Por puro instinto de supervivencia, eché la mano hacia el mismo lugar para interceptar el arma, pero en su lugar mis dedos rozaron una piel cálida y una mano suave que ya tenía el control absoluto.
—Si quiere salir vivo de esta, Coronel, será mejor que me deje disparar a mí —la voz ronca, helada y perfectamente familiar de Victoria resonó justo a mi espalda.
Un escalofrío me recorrió la columna vertebral, una mezcla de furia ciega y una admiración tan violenta que me dejó sin aliento. Le solté el paso, le dejé el rifle de asalto pesado a ella y yo me aferré a la Glock, y en cuestión de segundos nos convertimos en una máquina de matar simétrica, girando espalda con espalda en medio del infierno de concreto.
Victoria abrió fuego con precisión quirúrgica, vacióle la carga de la Glock, sacó su Berreta secundaria de la cartuchera del muslo y abatió a dos sicarios que intentaban emboscarnos desde arriba, mientras yo me giraba para liquidar a quemarropa a otro que venía directo hacia su punto ciego.
—¡Muévete, Victoria! —le grité, cubriéndole la espalda.
La vi en acción y el estómago se me encogió...saltó con una agilidad felina sobre el pecho de un mercenario, mandándolo a rodar por las escaleras en una caída brutal, al otro le propinó un golpe seco en la mandíbula antes de neutralizarlo con el arma del propio enemigo. Yo me batí a golpes con dos más en el rellano del piso diez, le quebré las costillas a uno de un codazo limpio y le metí dos disparos certeros en la frente al segundo, mientras empujaba al último con tanta fuerza que su cuerpo salió volando, estrellándose contra la pared de la estructura inferior con un crujido seco.
Las luces de emergencia parpadearon con un zumbido eléctrico, queriendo volver a la vida antes de apagarse de nuevo. Victoria se abalanzó hacia mí, me aferró del brazo y me arrastró escaleras abajo sin darme un segundo de tregua.
En medio de la carrera, estiró la mano, tomó el auricular de mi diadema táctica y se lo acomodó en el oído con dedos firmes.
—Aquí la Teniente Morgan, descendiendo por el núcleo B con el Coronel Cross... —informó con voz gélida, controlando la respiración a duras penas —¡Necesitamos una unidad de choque y una ambulancia en el perímetro exterior de inmediato!
Intenté escrutar su rostro en medio de la penumbra de las escaleras para asegurarme de que no estuviera herida de gravedad, pero su uniforme oscuro ocultaba cualquier rastro de sangre.
—El coronel está herido... sangra del brazo —soltó por el comunicador con total naturalidad.
Fue en ese preciso instante, al escucharla, cuando sentí el líquido caliente y espeso empezar a chorrearme por la manga del uniforme, empapando la tela.
Al llegar al rellano anterior a la salida, Victoria se detuvo en seco. Me miró fijamente; en medio de la oscuridad total, sus ojos verdes brillaban con una intensidad febril que amenazaba con arrastrar lo poco que quedaba de mi cordura.
—Quedese aquí recluido, Coronel. Juro por mi vida que no voy a perder a otro superior —me ordenó con una autoridad férrea que no admitía réplica.
Antes de que pudiera detenerla o exigirle explicaciones, levantó su Berreta, saltó al rellano inferior disparando ráfagas cortas que iluminaron el hueco de la escalera con destellos blancos. El eco ensordecedor de los rebotes contra las paredes de concreto duró un par de minutos eternos, hasta que volvió corriendo hacia mí, me pasó su brazo por los hombros para sostener mi peso y me arrastró hacia la puerta de salida.
—Falta solo un piso, Coronel... aguante un maldito segundo más —me animó con la voz rota por el esfuerzo.
La pesada puerta metálica se abrió de golpe hacia afuera y la luz del exterior nos cegó de inmediato. Liam Kincaid apareció al frente de un pelotón de soldados armados hasta los dientes. Christian Frost y Katrina corrieron a socorrernos, tomándome de los brazos para sacarme del radio de fuego, mientras Liam se abalanzaba sobre su teniente con el rostro descompuesto por la furia.
—¡Victoria, estás completamente loca! ¡No traes puesto el chaleco antibalas reglamentario, qué mierda te pasa por la cabeza, te pudieron volar en pedazos! —le recriminó Liam con la voz estridente, señalando su torso.
Fue en ese momento exacto, al verla sin la protección balística, cuando el color se me terminó de escapar del rostro y caí en cuenta de la horrible realidad.
—Nadie iba a atreverse a dispararme directamente al pecho, Capitán Kincaid... —soltó ella con una sonrisa amarga y desafiante.
—¿Con qué clase de argumento idiota pretendes justificar creer que eres indestructible? —le grité desde el suelo, furioso y mareado por la pérdida de sangre.
Con un movimiento seco y deliberado, Victoria se levantó ligeramente la parte inferior de la blusa táctica, dejándonos ver con absoluta crudeza lo que llevaba ajustado firmemente al rededor de la cintura, un complejo dispositivo electrónico de fabricación militar con cables entrelazados y una pequeña luz roja que parpadeaba de manera rítmica, marcando los segundos.
—¿Un maldito explosivo C-4? —soltó Megan, que acababa de llegar corriendo hasta el perímetro, llevándose las manos a la boca con horror.
—Dudo mucho que Marco Moretti haya decidido inmolarse junto conmigo...el detonador estaba sincronizado de tal forma que, si alguno de sus hombres me disparaba al torso, la onda expansiva nos habría hecho volar a todos en un radio de cien metros —explicó ella con una frialdad aterradora, como si estuviera recitando un informe de rutina.
El protocolo se activó de inmediato. El equipo especializado en desactivación de explosivos de la F.E.E.M. llegó corriendo en cuestión de minutos, acordonando un perímetro de seguridad estricto. Sentaron a Victoria en una silla plegable de aluminio en medio del asfalto, mientras los artificieros con sus pesados trajes especiales se acercaban con pinzas y escáneres. Ella estaba empapada en sudor frío....había bajado veinte pisos cargando prácticamente con mi peso, arriesgando el pellejo para sacarme de allí, y ahora pendía de un hilo, sabiendo que un solo movimiento en falso de los peritos la pulverizaría en el aire.
—¡Apártense, tengo que ir con ella! —le grité al paramédico que intentaba revisar mi brazo herido, empujándolo con brusquedad para levantarme.
—¡No, maldita sea, te quedas ahí quieto y los dejas trabajar! —sentenció Valente, apareciendo de la nada con los puños apretados y los ojos llenos de lágrimas al ver a su hermana menor rodeada de cables y luces rojas —no voy a permitir que se acerque, Coronel. Es mi hermana la que está ahí sentada con una bomba atada al cuerpo, y usted está herido y fuera de combate. ¡Agradezca con su puta vida que ella le salvó el culo en ese edificio, a pesar de que llevaba una sentencia de muerte pegada a la cintura!
No articulé una sola palabra. Apreté la mandíbula con tanta fuerza que sentí que los dientes iban a crujir en mi boca, mientras mis ojos se negaban a apartarse un solo segundo de la figura de Victoria en medio del asfalto. Jamás en mis años de servicio militar un par de minutos se me habían hecho tan interminables, tan agonizantes y eternos como esos, con el terror absoluto de verla desaparecer en mil pedazos.
—¡Explosivo neutralizado! —gritó por fin el jefe de artificieros a través del megáfono.
El aire regresó de golpe a mis pulmones en una bocanada desesperada, pero el alivio duró apenas un suspiro.
En cuanto el chaleco con los explosivos fue retirado con extrema precaución y depositado en el contenedor antidisturbios, las piernas de Victoria fallaron por completo. Se puso de pie tambaleándose y, de la nada, se desplomó de bruces contra el suelo de concreto.
—¡Victoria! —grité con lo que me quedaba de voz, corriendo hacia ella como un demente, ignorando el dolor punzante en el brazo herido.
Al tomarla en mis brazos y levantar su rostro, noté algo extraño, un brillo antinatural en su piel, en un costado de su cuello, justo debajo de la línea de la mandíbula, había una pequeña marca roja con un rastro diminuto de líquido. Los peritos forenses de la F.E.E.M. se acercaron de inmediato, recogieron una muestra con guantes estériles y la guardaron en un tubo de ensayo para llevarla de urgencia al laboratorio.
Todo ocurrió con una lentitud cinemática y aterradora al mismo tiempo....el cuerpo de Victoria comenzó a sacudirse en una convulsión violenta, sus ojos perdieron el foco y su piel pasó de la palidez extrema a un tono carmesí escalofriante. Los paramédicos la subieron de un tirón a la camilla y le colocaron una máscara de oxígeno de emergencia. Sin pensarlo dos veces, trepé detrás de ellos a la parte trasera de la ambulancia, sintiendo que el corazón se me salía del pecho.
—¡Maldita sea, Victoria, abre los ojos! ¡No puedes dejarme ahora, juro que no a mí! ¡Si te mueres, juro que quemo este puto mundo hasta los cimientos! —le suplicaba en un susurro desesperado, acariciando su rostro helado mientras los paramédicos intentaban estabilizarla inútilmente.
El paramédico al mando revisó los monitores con el rostro pálido y sudoroso, levantando la vista hacia mí con desesperación
—¡Fue drogada! —gritó por encima del ruido de la sirena mientras las llantas de la ambulancia chirriaban tomando la curva hacia el hospital privado de la F.E.E.M. —no sabemos con qué sustancia exacta, ¡pero sus síntomas no corresponden a los de ninguna droga o toxina común en nuestros registros!
Apenas cruzamos las puertas de urgencias del hospital, bajaron la camilla a toda velocidad para transferirla a trauma. Justo en la entrada, su cuerpo dio un nuevo latigazo violento y entró en una segunda convulsión generalizada que hizo sonar las alarmas de los aparatos médicos. El monitor cardíaco comenzó a emitir un pitido largo y monótono que me heló la sangre.
El mundo entero se oscureció de golpe a mi alrededor, reduciéndose al grito desesperado del médico jefe que resonaba en mis oídos como una sentencia definitiva....
—¡Rápido, preparen el desfibrilador! ¡La perdemos!... ¡Se nos muere en la mesa!.....
Alec Cross