Valentina no recuerda a Gael Montenegro.
Él asegura que hace tres años estuvieron enamorados… hasta que un accidente le borró aquella noche de la memoria.
Pero cuando sus recuerdos comienzan a regresar, Valentina descubre algo aterrador:
ella no fue la víctima del accidente.
Fue la única persona que sobrevivió.
Y antes de perder la memoria, dejó un mensaje para sí misma:
“No confíes en Gael. Él sabe quién me quiso matar.”
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La verdad que no debía recordar
Capítulo 22 —
Valentina no podía moverse.
Frente a ella estaba el hombre que, según todos los documentos, llevaba seis años muerto.
El mismo rostro.
Los mismos ojos.
La misma cicatriz junto a la ceja.
Pero había algo peor que verlo vivo.
Lo que acababa de decir.
—Soy la persona que te enseñó a olvidar.
Valentina sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—No... —susurró.
Adrián permaneció inmóvil.
—Sí.
Mateo dio un paso hacia adelante.
—¿Qué demonios le hiciste?
Adrián lo miró con una calma que resultaba casi insoportable.
—No fui yo quien decidió hacerlo.
—Entonces ¿quién?
Silencio.
Adrián bajó la mirada hacia Valentina.
—Ella.
Valentina sintió un escalofrío.
—¿Yo?
—Tú viniste a mí.
—Eso es imposible.
—No. Lo imposible es que hayas pasado seis años creyendo una historia que tú misma construiste.
Valentina retrocedió.
Su cabeza comenzó a dolerle.
Otra vez.
Las luces del cuarto parecieron alejarse.
Un destello.
Un pasillo blanco.
Una puerta.
Una voz.
Su propia voz.
"Quiero olvidarlo."
Valentina se llevó las manos a la cabeza.
—¡No!
Mateo corrió hacia ella.
—Valentina.
—¡No me toques!
Mateo se detuvo inmediatamente.
Ella respiraba con dificultad.
—Estoy empezando a recordar.
Adrián no parecía sorprendido.
—Eso era inevitable.
—¿Qué significa eso?
—Que el bloqueo está desapareciendo.
Mateo miró a Adrián con furia.
—¿Y qué pasa cuando recuerde todo?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Entonces todos estarán en peligro.
Valentina levantó la mirada.
—¿Todos?
Adrián se acercó lentamente a la mesa donde estaban las fotografías.
Tomó una.
Era una fotografía de Valentina y Mateo.
Ambos estaban sonriendo.
Parecían felices.
Pero detrás de ellos, casi escondido entre la gente, aparecía Daniel.
Valentina tomó la fotografía.
—¿Cuándo fue esto?
—Tres semanas antes del incendio.
Mateo frunció el ceño.
—Eso no puede ser.
—Claro que puede.
Adrián sacó otra fotografía.
Esta vez aparecía Valentina entrando en un edificio.
—Y esta fue tomada dos días después.
Otra.
Valentina saliendo.
Otra.
Mateo esperando afuera.
Otra.
Daniel hablando con una mujer.
Valentina observó aquella última imagen.
La mujer estaba de espaldas.
Pero algo en su cabello le resultaba familiar.
—¿Quién es ella?
Adrián no respondió.
Valentina levantó la fotografía.
—Te pregunté quién es.
—Alguien que conoces.
Mateo se acercó.
—Dámela.
Valentina se la entregó.
Mateo apenas la miró y su expresión cambió.
—No.
—¿Qué? —preguntó Valentina.
Mateo apretó la fotografía entre sus dedos.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Mateo levantó lentamente la mirada.
—Emilia.
Valentina sintió un vacío en el estómago.
—¿Emilia?
—Ella murió.
Adrián soltó una pequeña risa amarga.
—Ese es el problema con las personas que saben demasiado.
Valentina miró a Mateo.
—¿Qué significa eso?
Mateo no respondió.
—¡Mateo!
—Yo creía que había muerto.
—¿Creías?
—La noche del incendio me dijeron que Emilia estaba dentro.
Valentina sintió que una nueva pieza encajaba.
El incendio.
La hermana.
Daniel.
Adrián.
Todos estaban conectados.
Y ella había olvidado por qué.
De pronto, escuchó un ruido.
CLACK.
La puerta del cuarto se cerró.
Los tres voltearon.
Adrián palideció.
—No...
Mateo se acercó a la puerta y trató de abrirla.
Nada.
—Está cerrada.
Adrián miró hacia una pequeña cámara instalada en una esquina.
—Nos encontraron.
—¿Quiénes? —preguntó Valentina.
Adrián señaló la cámara.
—Ellos.
La luz roja comenzó a parpadear.
Una.
Dos.
Tres veces.
Y entonces se escuchó una voz por el altavoz.
—Valentina.
Ella quedó paralizada.
Conocía esa voz.
La había escuchado en sus sueños.
—No...
La voz volvió a hablar.
—¿Todavía quieres recordar?
Mateo se colocó delante de ella.
—Déjala en paz.
La persona al otro lado soltó una carcajada.
—Mateo...
El tono cambió.
—Tú deberías saber mejor que nadie que esto empezó por tu culpa.
Mateo quedó inmóvil.
Valentina lo miró.
—¿Por tu culpa?
—No le creas.
—¿Qué hiciste?
—Valentina...
—¡¿Qué hiciste?!
Mateo cerró los ojos.
Adrián intervino.
—Él no disparó a Daniel.
Valentina miró a Adrián.
—Entonces ¿quién lo hizo?
Antes de que pudiera responder, las luces se apagaron.
Todo quedó completamente oscuro.
Valentina sintió que alguien la agarraba de la muñeca.
—¡Suéltame!
—Soy yo.
Era Mateo.
—No te separes de mí.
Se escuchó un golpe.
Después otro.
Algo cayó al suelo.
Y finalmente...
un disparo.
Valentina gritó.
Mateo la abrazó inmediatamente.
—¡Agáchate!
Pero entonces Valentina dejó de escuchar el cuarto.
Dejó de escuchar a Mateo.
Dejó de escuchar a Adrián.
Porque su mente había vuelto a aquella noche.
La noche que había intentado olvidar.
Recordó el pasillo.
Recordó a Daniel.
Recordó a Mateo.
Recordó el arma.
Pero esta vez vio algo que nunca había visto antes.
Mateo no sostenía el arma.
Daniel tampoco.
Había una tercera persona.
Una mujer.
Valentina abrió los ojos.
—Ya sé quién fue.
Mateo la miró.
—¿Quién?
Ella comenzó a llorar.
—La persona que disparó...
Se escucharon pasos detrás de ellos.
Valentina giró lentamente.
Adrián también se volvió.
La puerta acababa de abrirse.
Una silueta apareció en el umbral.
La luz del pasillo iluminó parcialmente su rostro.
Valentina sintió que el corazón se le detenía.
—No...
La mujer dio un paso hacia ellos.
Y sonrió.
—Hola, Va