En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 13
Capítulo 14
No dije nada.
Ni una palabra.
Sostuve el teléfono junto al oído mientras escuchaba todo. Cada risa, cada susurro, cada sonido que no dejaba lugar a dudas. Marcelo no se molestaba en ocultarlo. Camila tampoco.
Sentí el golpe… pero no como esperaba.
No dolía.
No quemaba.
Solo confirmaba lo que ya sabía.
Deslicé el dedo y activé la grabación.
Si iba a destruirme, al menos me iba a servir.
No los interrumpí. No respiré más fuerte. Dejé que hablaran, que se burlaran, que dijeran mi nombre como si yo no existiera. Todo quedó guardado.
Cuando terminó, corté la llamada.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos. Esperé alguna reacción dentro de mí.
Nada.
Abrí el chat.
Escribí.
“No llega a diez minutos. Parece que tu encanto tampoco da para tanto.”
Envié.
Apoyé el teléfono sobre la mesa y giré la cabeza.
Benjamín dormía.
Tranquilo. Ajeno.
Tenía el ceño apenas fruncido, como si incluso en sueños algo le doliera. Me acerqué y le acomodé la manta con cuidado.
—Perdón —murmuré.
No por Marcelo.
Por todo.
En el departamento de Marcelo, el ambiente cambió en cuestión de segundos.
—¿Qué es esto? —preguntó Camila, mirando la pantalla.
Marcelo frunció el ceño.
—Nada.
—¿Nada? —repitió, levantando el teléfono—. ¿Diez minutos?
Soltó una risa seca.
—Tu ex es bastante directa.
Marcelo no respondió.
—Aunque… —añadió, mirándolo con media sonrisa— no está tan equivocada.
El silencio cayó pesado.
—Cállate.
—¿Qué? —encogió los hombros—. Si vamos a hablar claro, mejor hacerlo bien.
Se cruzó de brazos.
—Sin las pastillas no durarías ni la mitad.
Marcelo levantó la mirada.
Su expresión cambió.
Oscura.
—Te dije que te calles.
—Ay, por favor —rodó los ojos—. Como si fuera un secreto. Tu ex lo sabe, yo lo sé… ¿quién más falta?
Ese fue el punto.
El golpe exacto.
Marcelo se puso de pie de golpe.
—No la nombres.
Camila lo observó.
Y entendió.
Se había pasado.
Su tono cambió de inmediato.
—Bueno… tampoco es para tanto.
Se acercó despacio.
—A mí no me importa eso.
Marcelo no respondió.
—De verdad —insistió—. No todo es físico.
Lo miró directo.
—Estoy con vos por otras cosas.
Mentía.
Pero él necesitaba algo a qué aferrarse.
Y lo tomó.
A la mañana siguiente, salí de casa con la cabeza despejada.
Demasiado despejada.
Subí al auto y apenas arranqué, el teléfono sonó.
—Sofía.
—Flora… —su voz ya venía con mala noticia—. Hablé con el estudio.
Apreté el volante.
—Decime.
—No conseguí que Alejandro Fernández tome tu caso.
No me sorprendió.
—Te asignaron a otro abogado —continuó—. Es bueno, en serio.
Exhalé despacio.
—Está bien.
—Igual puedo hablar con mi tío —añadió—. Puede mover contactos, presionar un poco…
—No.
—Flora…
—No quiero deber favores —respondí—. Ya tengo suficiente.
Hubo un silencio corto.
—Está bien —dijo al final—. Pero no te cierres.
—No me estoy cerrando. Solo estoy eligiendo.
Corté.
Seguí manejando.
No necesitaba a nadie que me salvara.
Esta vez no.
En TechNova Argentina, todo seguía igual.
El ruido constante. Las pantallas. La gente corriendo.
Me senté y apenas encendí la computadora, escuché mi nombre.
—Rodríguez.
Levanté la vista.
Facundo Romero estaba frente a mí.
—¿Cómo venís?
—Bien.
Me sostuvo la mirada.
—¿Seguro?
No tenía energía para mentir.
—Mi hijo está internado.
No cambió la expresión.
Solo asintió.
—Lo sé.
Esperé.
—Necesito salir a horario —añadí—. Todos los días.
Silencio.
—Mientras cumplas, no hay problema —dijo—. Y si tenés una urgencia, te vas.
Parpadeé.
—¿Así de simple?
—Así de simple.
Asentí.
—Gracias.
—Después me lo devolvés trabajando.
Se fue.
Me quedé unos segundos quieta.
Después abrí un archivo y empecé.
No para distraerme.
Para sostenerme.
En el hospital, Benjamín estaba sentado en la cama, dibujando en silencio.
Lupe lo miraba desde la silla.
—¿Qué hacés?
—Un robot.
—¿Para quién?
—Para mamá.
La puerta se abrió sin aviso.
Lupe levantó la cabeza.
Dos personas entraron.
—¿Quiénes son?
—Los abuelos —respondió Rosa, seca.
Benjamín levantó la vista.
—Abuela…
—Hola, mi amor.
Lupe se puso de pie.
—No pueden entrar así.
Julio la ignoró.
—Ya está, andate.
—No —respondió firme—. La madre no autorizó visitas.
No terminó.
Julio la empujó hacia la puerta.
—¡Ey!
—Salí.
La sacaron.
Y cerraron.
Benjamín los miró, confundido.
—¿Qué hacen acá?
Rosa sonrió.
—Vamos a salir un rato.
—¿A dónde?
—Al parque. Después al zoológico.
Los ojos del niño brillaron.
—¿En serio?
—Claro.
Dudó.
—¿Y mamá?
—Después la vemos.
No le convenció.
—Quiero a mamá.
—No empieces —dijo Julio, perdiendo la paciencia.
Lo levantaron.
—Vamos.
Salieron rápido.
Demasiado.
En la recepción, Rosa habló primero.
—Le damos el alta.
La enfermera negó.
—No hay orden médica.
—Somos los abuelos.
—No pueden llevárselo así.
Julio se impacientó.
Empujó a la enfermera.
Ella cayó al suelo.
—¡Seguridad!
El caos empezó.
Benjamín se agitó.
—¡Mamá!
Intentó soltarse.
—¡No quiero!
—¡Basta! —gruñó Julio.
Pero el niño lloraba más fuerte.
Pataleaba.
Se retorcía.
—¡Mamá!
El doctor Enrique Díaz apareció con varios enfermeros.
—¡Suelten al niño!
—Es nuestro nieto —respondió Rosa.
—No sin autorización.
Intentaron avanzar.
Los rodearon.
Benjamín lloraba sin parar.
Y en medio de ese desorden—
Dos figuras se detuvieron en la entrada.
Gerardo Fernández.
Estela Fernández.
Habían llegado sin avisar.
Solo a ver al niño.
En silencio.
Pero lo que vieron los dejó inmóviles.
El llanto.
La resistencia.
El rostro del niño.
Gerardo frunció el ceño.
Estela llevó una mano a su pecho.
Porque ese niño…
no era cualquier niño.