Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 9: El Fin del Sindicato
Capítulo 9: El Fin del Sindicato
La puerta de caoba cedió bajo una carga explosiva ligera colocada por Alexey. El impacto proyectó los restos de la madera hacia el interior de la suntuosa oficina privada de Don Ernesto.
El viejo líder del Sindicato del Norte permanecía atrincherado tras un escritorio de mármol negro, rodeado por sus cuatro últimos escoltas de elite armados con subfusiles de asalto. Ernesto, un hombre sexagenario de rostro curtido y ojos llenos de una paranoia añeja, sostenía un revólver de gran calibre con manos temblorosas.
—¡Volkov! —gritó el viejo capo, su voz quebrada por el pánico al ver entrar al gigante ensangrentado—. ¡Esto es una violación de los acuerdos territoriales de la ciudad! ¡La comisión de las cinco familias te destruirá por esto!
—La comisión no va a enterarse de nada porque no quedará nadie para llevar el chisme, Ernesto —respondió Alexey, avanzando con paso firme mientras su fusil abría fuego en una ráfaga corta que abatió a dos de los escoltas antes de que pudieran levantar sus armas.
Los otros dos guardias intentaron flanquear al capo por la derecha, pero Victoria ya se había desplazado por la sombra del lateral. Con un movimiento circular de sus dagas, cortó los tendones de Aquiles del primer hombre y clavó el acero del segundo directamente en la cuenca ocular, acabando con ellos en cuestión de segundos.
Ernesto se quedó solo, apuntando frenéticamente con el revólver entre Alexey y la joven que caminaba hacia él con una compostura aristocrática.
—¿Quién es esta criatura? —balbuceó el viejo, cayendo de espaldas sobre su sillón de piel—. ¿Quién eres tú?
Victoria se detuvo frente al escritorio de mármol. Apoyó las manos sobre la superficie pulida, inclinándose ligeramente hacia adelante para mirar a los ojos del moribundo líder con una frialdad que helaba la sangre.
—Soy la nueva dueña de todo lo que creíste construir con tus miserables crímenes —dijo Victoria. Su voz sonó con un eco doble, una reverberación mágica que hizo que los vasos de cristal de la repisa privada se agrietaran simultáneamente—. Tu organización ha sido disuelta. Tu patrimonio pasa a mi corona. Y tu vida termina ahora por haber considerado que este territorio podía disputar mi voluntad.
—¡Espera! ¡Tengo cincuenta millones en cuentas de Zúrich! ¡les daré las claves! —suplicó el viejo, ofreciendo el maletín de cuero que mantenía sobre las piernas.
Victoria ni siquiera miró el maletín. Hizo un gesto sutil con el dedo índice. Una aguja de sangre condensada atravesó la frente de Don Ernesto, matándolo de forma instantánea. El viejo capo se desplomó sobre el escritorio, tiñendo el mármol blanco con una mancha oscura.
Alexey caminó hacia el cuerpo, tomó el maletín de dinero y revisó la caja fuerte oculta tras el cuadro de la pared, sacando los discos duros con la información de las rutas operativas del Sindicato.
—Un trabajo limpio, preciosa —comentó Alexey, guardando los dispositivos en sus bolsillos tácticos—. La ciudad entera va a entrar en pánico cuando se entere de que el Sindicato del Norte cayó en una sola noche.
—La ciudad no entrará en pánico; la ciudad aprenderá a obedecer —corrigió Victoria, caminando hacia la barra de licores de la oficina y sirviéndose una copa de brandy añejo—. La mitad de los activos de Ernesto son tuyos, según lo acordado. El resto formará la base financiera de mi propia guardia personal.
Alexey se acercó a ella por detrás, dejando caer su fusil al suelo. Sus brazos enormes rodearon la cintura de Victoria, pegando su espalda contra su pecho cubierto de sudor y pólvora. Apoyó la barbilla en el hombro de la joven, sintiendo el aroma a jazmín y sangre que emanaba de su piel.
—Eres una criatura insaciable —susurró Alexey en su oído, mientras su mano derecha se deslizaba por su vientre hasta aprisionar su cadera con fuerza—. Te quedaste con el casino, con los muelles y ahora con el búnker del Sindicato. ¿Cuándo vas a pedir mi cabeza en esa lista de compras?
Victoria se giró despacio dentro de sus brazos, quedando cara a cara con él. Levantó la copa y vertió un hilo de brandy sobre los labios de Alexey antes de responder.
—Tu cabeza no está en venta, bárbaro —dijo ella con una sonrisa lenta y peligrosa—. A ti te tengo reservado un destino bastante más entretenido.