Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
NovelToon tiene autorización de AndyG1904 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sin Permiso
-Derek-
De regreso al penthouse, dejé a Hunter en el suelo. El cachorro recorrió el piso con pasos torpes e inquietos, oliéndolo todo como si todavía no terminara de aceptar que ese era su nuevo hogar. Yo tampoco lo aceptaba del todo.
El silencio del departamento me golpeó más fuerte que otras noches. Ya no olía a ella. O quizás sí, y por eso dolía más.
Me senté en el borde de la cama y pasé la mano por la sábana, alisando una arruga innecesaria. Sobre la mesa de noche todavía estaba una cadena fina que Sarah se había dejado. La miré demasiado tiempo. La rabia subió despacio, espesa, hasta que una lágrima se me escapó. Luego otra. Antes de darme cuenta estaba encorvado, con el pecho tan apretado que me costaba respirar.
Me levanté de golpe. El puño salió solo. El retrato de nuestra boda voló del mueble y se estrelló contra el suelo. El marco se partió. El vidrio se hizo añicos. Sentí el corte en la mano, pero apenas registré el dolor. Me quedé mirando los fragmentos esparcidos, manchados ya de sangre.
Cerré la puerta de la habitación para que Hunter no entrara. Busqué una camisa limpia y me envolví la mano como pude. Después tomé el teléfono.
Escuché el buzón de voz de Sarah.
—Hay algunas cosas tuyas aquí —dije, y mi voz sonó más cansada de lo que esperaba—. Te las haré llegar. Cuando puedas, mándame una dirección.
Colgué. Me quedé mirando la pantalla en negro. Odié haberme escuchado. Odié la parte de mí que todavía necesitaba decirle algo, aunque fuera tan banal como devolverle una cadena.
Tiré el teléfono sobre la cama y me fui al balcón. El Támesis se veía oscuro. Intenté concentrarme en el agua, en cualquier cosa que no fuera el hueco que tenía en el pecho.
Sin querer, la imagen de la chica del parque cruzó mi cabeza. April. La forma en que hablaba con Hunter. La risa breve cuando me contó que había arruinado una de mis recetas. Y después, esa expresión confusa cuando me endurecí al escuchar la voz de Jhony.
Aparté el recuerdo. No necesitaba más ruido.
Pasó una semana.
La cicatriz en mi mano todavía estaba rosada. Hunter ya había destrozado dos juguetes y se había apropiado de una esquina del sofá. El departamento seguía sintiéndose demasiado grande y demasiado vacío.
Salí sin un destino claro. Caminar ayudaba más que quedarme quieto. Terminé entrando a una cafetería que no conocía, atraído por el olor a café y vainilla. El lugar tenía aspecto de cabaña, con ventanales amplios y un ambiente tranquilo.
Un hombre de bigote blanco y delantal me recibió en cuanto crucé la puerta.
—Derek Baker —dijo con una sonrisa amplia—. El chef. Llámame Mike.
Me dio una palmada en la espalda y me dirigió hacia una mesa cerca de la ventana.
—Una celebridad de la cocina siempre es bienvenida por aquí —añadió con una risa breve—. ¿Qué te preparo?
Pedí un Earl Grey. Mientras esperaba, dejé que la mirada recorriera el local sin mucho interés hasta que algo llamó mi atención.
April estaba en una mesa cerca de la ventana, leyendo. El cabello caía hacia un lado y fruncía un poco el ceño por la concentración. Por un segundo pensé en levantarme e irme. Después pensé en quedarme exactamente donde estaba y no hacer nada. Al final me encontré caminando hacia su mesa sin haber tomado una decisión consciente.
Ella levantó la vista. La sorpresa le duró solo un instante.
—Hola, April.
—Hola —respondió, cerrando el libro con cuidado.
—¿Molesto si me siento un momento?
Dudó apenas.
—No. Para nada.
Me senté. El silencio inicial fue un poco incómodo. Ella jugó con el borde de la tapa del libro. Yo apoyé los antebrazos en la mesa, consciente de la cicatriz que todavía se notaba.
—¿Cómo está Hunter? —preguntó al fin.
—Destrozando todo lo que encuentra. Pero bien.
Eso le arrancó una sonrisa pequeña. Hablamos un rato de cosas sin importancia: el evento del parque, lo agotador que había sido, lo mucho que crecía el cachorro. Ella no mencionó a Jhony. Yo tampoco.
Mientras ella hablaba, un pensamiento molesto y agudo cruzó mi mente.
Había reconocido a Jhony en el parque en el mismo segundo en que escuché su voz. El cuerpo me reaccionó antes que la cabeza. La mandíbula se me tensó sola, el estómago se me cerró y sentí esa misma rabia fría que me había acompañado desde la noche del hospital.
No era la primera vez que lo veía. Pertenecía al mismo círculo que Javier y Amelia, los padres de Sarah. Y más de una vez lo había visto demasiado cerca de ella, demasiado cómodo, demasiado familiar. Nunca tuve pruebas. Solo esa sensación sucia y persistente que ahora volvía con fuerza.
Por eso mi reacción de alejarme ese día de April en cuanto él dijo su nombre. No fue una decisión. Fue un reflejo. Como apartar la mano del fuego.
Ella no tenía la culpa.
Pero en ese momento no pude soportar quedarme ahí, respirando el mismo aire, como si nada.
Cuando el té se enfrió, guardé silencio un segundo más de la cuenta.
—Debería irme —dije—. Hunter se pone nervioso con los truenos y parece que va a llover.
April asintió. No ofreció acompañarme. Yo no invité a nada más.
—Fue agradable verte —dijo ella.
—Igualmente.
Me levanté, dejé una propina en mi mesa anterior y salí. Afuera el cielo estaba gris. Caminé de regreso al edificio con las manos en los bolsillo, tratando de no pensar demás.
No era que la conversación me hubiera hecho sentir bien. Era peor que eso. Por unos minutos el ruido dentro de mi cabeza se había callado lo suficiente como para notarlo y eso me irritó. Como si mi propio dolor hubiera bajado la guardia sin mi permiso.
Llegué a casa. Hunter me recibió moviendo la cola. Me dejé caer en el sofá y el cachorro subió a acomodarse a mi lado.
Me quedé mirando el techo.
Todavía era demasiado pronto. Demasiado pronto para conversaciones agradables. Demasiado pronto para cualquier cosa que no fuera el vacío.
Sería mejor mantener distancia.