Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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4. Capítulo 4
La penitencia y el templo del tiempo
El mundo de Mateo Mercier se derrumbó por completo en cuestión de días. Tras la partida de Isabela y la dolorosa pérdida que destrozó para siempre a su familia, la culpa comenzó a devorarlo desde las entrañas. La mansión, que antes le parecía un símbolo de su estatus y poder, se había transformado en un mausoleo helado lleno de sombras y recuerdos acusadores.
Cada rincón de la casa le recordaba la paciencia de Isabela, la dulzura con la que miraba a su pequeño hijo Mael y la manera en que Mateo, cegado por la soberbia y la obsesión por una mujer falsa como Regina, había pisoteado a las únicas dos personas verdaderas que habitaron su vida.
Lleno de una profunda repulsión por sí mismo, Mateo enfrentó a Regina y la expulsó definitivamente de sus empresas y de su vida personal.
Nuestra villana (Regina).
Cuando ella intentó buscarlo para consolarlo con palabras vacías y mantener su posición, él la enfrentó con una mirada llena de desprecio y le dejó en claro que jamás volvería a tener cabida a su lado. Ninguna fortuna, ninguna copa de licor ni ningún negocio multimillonario podían acallar el remordimiento que le desgarraba el pecho todas las noches.
Gobernado por la desesperación, Mateo dedicó semanas enteras a buscar una respuesta. Gastó recursos incalculables consultando a eruditos, historiadores y sabios de distintas partes del mundo, buscando aferrarse a cualquier leyenda o mito que hablara de la posibilidad de enmendar el pasado y devolverle la vida y la felicidad a quienes les había fallado.
Fue en una solitaria tarde de lluvia cuando un anciano erudito asiático, al ver la mirada deshecha y el sufrimiento genuino de Mateo, le habló de un antiguo secreto guardado en el corazón de Oriente:
—Hay faltas que la vida terrenal no perdona, joven Mateo —le dijo el anciano con voz grave—. Pero existe un antiguo templo abandonado en las cumbres nevadas de Japón. La leyenda dice que los antiguos espíritus del tiempo escuchan las súplicas de aquellos cuyo arrepentimiento es tan puro y doloroso que están dispuestos a entregar hasta el último aliento para reparar sus errores. Sin embargo, el camino exige un sacrificio total de cuerpo y alma.
Sin pensarlo dos veces y sin importar los peligros, Mateo abordó su avión privado esa misma noche rumbo a Japón. Dejó atrás sus empresas, sus lujos y su estatus social, vistiendo únicamente prendas sencillas y llevando en su corazón el deseo ardiente de recuperar a su esposa y a su hijo.
Nuestro niño (Mael).
Al llegar a las cumbres de la montaña sagrada en Japón, el clima era implacable. Un viento helado cortaba la piel y la nieve cubría los densos bosques de bambú.
Frente a él se alzaba la imponente entrada al templo: una larga y empinada gradería de mil escalones de piedra antigua que se perdía entre la bruma del pico de la montaña.
Templo imponente (Japón).
Recordando las palabras del sabio, Mateo se despojó de su calzado y se arrodilló al pie del primer escalón. La prueba no consistía solo en subir, sino en humillar su orgullo, su cuerpo y su mente en una caminata de penitencia absoluta por cada día de desprecio que le hizo pasar a Isabela durante esos cinco años.
—Isabela... Mael... por favor, denme la fuerza —susurró Mateo con los labios temblando por el frío antes de iniciar la ascensión.
Paso a paso, escalón a escalón, la nieve quemaba la piel descalza de Mateo. Cada avance era un calvario físico. A mitad de la montaña, el cansancio extremo, la falta de aire y el frío de la altitud amenazaban con hacerlo colapsar sobre la piedra helada. En varias ocasiones cayó de rodillas, con las manos entumecidas y la vista nublada por el cansancio.
Sin embargo, cada vez que sentía que no podía dar un paso más, la imagen de la sonrisa triste de Isabela y las últimas palabras que ella le dejó en la carta resonaban en sus oídos. Mateo apretaba los dientes, hundía los dedos en la piedra helada y se ponía de pie una vez más. Su determinación no nacía del egoísmo, sino de un arrepentimiento genuino y del amor profundo que había descubierto muy tarde en su corazón.
Al cabo de horas que parecieron eternidades, Mateo logró alcanzar la cumbre de la montaña. Frente a él se alzaban las ruinas de un templo ancestral iluminado únicamente por el resplandor de la luna sobre la nieve.
Agotado, sangrando y al borde del colapso físico, Mateo avanzó tambaleándose hasta el centro del altar sagrado. Cayó de rodillas sobre el suelo de piedra y pegó la frente contra la tierra, dejando que sus lágrimas se mezclaran con la nieve.
—¡Dios mío! ¡Espíritus del tiempo! —clamó Mateo con la voz rota y el alma desnuda—. No vengo a pedir perdón por mi soberbia, porque no lo merezco... Solo pido una oportunidad para salvarlos, para amarlos y darles la vida de paz que les robé. ¡Quítenme todo lo que tengo, pero devuélvanme a mi familia!
En ese instante de entrega total, un silencio absoluto envolvió la cumbre de la montaña. Un destello de luz mística y dorada comenzó a emanar desde el interior del templo, rodeando el cuerpo agotado de Mateo. Una calidez desconocida disipó el frío de la tormenta, y el mundo a su alrededor comenzó a girar en un torbellino de luz blanca brillante, disolviendo el tiempo y el espacio hacia el punto donde todo volvería a comenzar.