Ella creía tener la vida perfecta, hasta que descubrió que no era así.
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Cartas sobre la mesa
El sol de la tarde filtraba una luz dorada y oblicua a través de los enormes ventanales industriales de una antigua fábrica recuperada en el corazón del distrito portuario. El inmueble, un sobrio edificio de ladrillo visto restaurado con un gusto austero y refinado, funcionaba como la oficina privada y el refugio personal de Andrés Estrada. Era un espacio completamente al margen de los rascacielos de cristal del distrito financiero; un rincón confidencial cuyo domicilio no figuraba en ningún registro público de la ciudad.
Días atrás Andrés le había dado esa ubicación a Victoria con la finalidad de que cuando ella pudiera o necesitara escapar de todo se acercara allí.
Y ahí estaba, Victoria cruzó el umbral tras empujar una puerta de roble oscuro. Había logrado disponer de un margen de casi tres horas en su agenda diaria tras alegar una consulta médica de rutina en un centro de diagnóstico especializado. Para asegurar la efectividad de la maniobra, dejó a Roberto, el chofer e informante asignado por Julián, esperando en el estacionamiento del recinto médico bajo la promesa de una extensa serie de estudios de laboratorio. Desde la salida de la clínica, un breve recorrido a pie por una galería comercial y un cambio rápido de transporte le permitieron abordar un taxi de paso sin levantar sospechas ni dejar huellas de geolocalización en las aplicaciones móviles.
El ambiente dentro del taller olía a una combinación sobria de madera tratada, café recién molido y barniz sintético mezclado con óleo húmedo. En una de las esquinas más amplias del salón, justo al lado de una estructura metálica que miraba hacia los antiguos muelles, un caballete de madera de nogal sostenía un lienzo de gran formato que se encontraba a medio terminar. Sobre una mesa auxiliar de metal descansaban decenas de tubos de pintura, frascos de aguarrás, pinceles de cerdas desgastadas y varias paletas con mezclas de color aún frescas.
Andrés se encontraba de pie frente al lienzo. Vestía una camisa de lino blanco con las mangas arremangadas de forma descuidada hasta los codos, dejando al descubierto trazos sutiles de pintura en los puños y los antebrazos. Al escuchar el leve chasquido del cerrojo de la puerta, se giró despacio, dejando caer un pincel fino sobre una bandeja de metal y dibujando una sonrisa genuina.
—Victoria —saludó con una voz pausada, limpiándose las manos en un paño de tela—. Bienvenida a mi refugio. Pensé que la lluvia de esta mañana te haría cancelar la salida.
Victoria avanzó despacio hacia el centro de la estancia, dejando que sus pisadas resonaran suavemente sobre el piso de cemento alisado. Sus ojos recorrieron la altura de los techos, las vigas de hierro expuestas y las paredes donde colgaban otros cuadros, la mayoría paisajes marinos abstractos y composiciones geométricas dominadas por tonos azabache, ocres, violetas oscuros y azules profundos.
—No me imaginaba que pintaras, Andrés —comentó ella, deteniéndose a poca distancia del caballete central. La obra mostraba la silueta difusa de una figura humana observando la inmensidad de un mar encrespado bajo una tormenta de trazos oscuros y violentos—. Siempre creí que toda tu vida giraba en torno a las reestructuraciones corporativas, los fondos de inversión y la liquidación de activos.
Andrés dejó escapar una risa corta y serena, desprovista de la ironía habitual que solía mostrar en las reuniones de negocios. Se acercó a ella con pasos tranquilos, manteniendo una distancia prudente para no incomodarla.
—La pintura es prácticamente lo único que me sostuvo durante los años más duros de mi estancia en Europa —confesó, fijando la mirada en la textura del lienzo—. Cuando te ves obligado a empezar desde cero en un país extraño, sin un apellido respetable que te respalde ni una familia que te reconozca, crear algo tangible con tus propias manos es la única manera de recordar que existes. En los negocios uso la mente de un especulador frío porque el mercado no perdona debilidades; pero en este lugar, frente a este lienzo, simplemente soy yo mismo.
Victoria se volvió hacia él. La luz dorada que entraba por el ventanal iluminaba de perfil el rostro de Andrés, acentuando la firmeza de su mandíbula y la serenidad de su mirada. Había una vulnerabilidad desarmante en la forma en que hablaba de su pasatiempo, una dimensión emocional que distaba enormemente del hombre calculador que ejecutaba la adquisición hostil contra la familia Morales.
—Es una obra imponente, Andrés —dijo ella en voz baja, aproximando la mano a la superficie del cuadro sin llegar a tocarlo—. Transmite una soledad muy profunda, pero también una fuerza que no se rinde ante la Tormenta.
—La soledad ha sido una compañía constante durante casi toda mi vida, Victoria —respondió él, volviendo los ojos hacia ella con una intensidad contenida—. Aunque debo admitir que esa soledad ha empezado a cambiar de matiz desde que apareciste tú en el teatro.
El comentario quedó flotando en el espacio silencioso del taller, cargado de una tensión gravitatoria. Victoria bajó la mirada con sutileza, adoptando la timidez calculada de una mujer que empieza a sentirse conmovida por las atenciones de un hombre. Sin embargo, en el fondo de su conciencia, una punzada de culpa genuina le cruzó el pecho. La afición de Andrés por el arte no formaba parte de una estrategia para seducirla; era un rincón íntimo de su vida que le estaba abriendo con una confianza absoluta.
Durante la hora siguiente, la dinámica entre ambos se alejó por completo del conflicto corporativo. Andrés sirvió dos copas de vino tinto y se sentaron en un par de sillones de cuero gastado situados cerca del ventanal. Hablaron sobre literatura clásica, sobre las exposiciones de arte que Victoria solía organizar con su padre durante su juventud y sobre la arquitectura de las ciudades europeas que Andrés había recorrido. Por primera vez en meses, Victoria experimentó la sensación de no estar ejecutando un libreto de supervivencia para defenderse de Julián, sino compartiendo un instante de pausa real.
Al término de la reunión, cuando el reloj marcó la hora límite para regresar a la clínica médica, Andrés la acompañó hasta la salida posterior del edificio. Antes de abrir la puerta, le tomó suavemente la mano derecha y depositó un beso delicado sobre el dorso.
—Gracias por haber venido hoy, Victoria —dijo él en un murmullo sincero—. Este lugar jamás había tenido tanto sentido como en esta tarde.
Victoria abordó el vehículo de Roberto en el estacionamiento de la clínica médica con las manos frías y el pulso agitado. La estrategia de consolidar una amistad falsa continuaba avanzando según lo previsto, pero la frontera entre la simulación y la realidad comenzaba a desdibujarse de una manera que ponía en riesgo su propia determinación.
Creo que Andres va a ser el aliado de Victoria 💕💕💕💕