Aline Shnaider está acostumbrada al lujo, a las órdenes de su hermano y a salirse siempre con la suya. Pero nada la prepara para Deslumbria: la inmensa hacienda perdida en el fin del mundo donde su hermano decide "protegerla", entregándola al cuidado del hombre más peligroso que ha pisado esas tierras.
Lo llaman el Gitano. Dueño de todo lo que alcanza la vista, frío como el filo de una navaja y con un pasado que nadie se atreve a mencionar, Santiago Nicolaisen no cuida a nadie: domina. Desde el primer choque —él desnudo, ella incapaz de apartar la mirada— queda claro que entre ambos no habrá tregua, solo una guerra de deseo que ninguno de los dos sabe perder.
Él tiene el doble de su edad, un imperio construido sobre secretos y una regla absoluta: jamás tocar a la hermana de su mejor amigo. Ella tiene el orgullo de una Shnaider y la certeza de que ningún hombre la doblega. Los dos están a punto de descubrir hasta dónde son capaces de llegar por lo que juraron no querer.
Pero el placer tiene un precio. Detrás de la fantasía hay un hijo que odia a su padre, un hermano que regresa de entre los muertos para cobrar venganza, un secreto de sangre capaz de encender una guerra y un amor prohibido que amenaza con arrasar con todo lo que ambos intentaron proteger.
En un mundo donde la lealtad se paga con balas y la traición se castiga sin piedad, entregarse al Señor de la Lujuria puede ser la perdición… o la única salvación.
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Capítulo 11
Santiago estaba en el cafetal cuando uno de los empleados llegó galopando, el polvo mezclándose con el rocío de las hojas.
—Patrón.
Él caminó hasta el hombre, soltó el saco de café lleno de granos recién cosechados en el suelo con un golpe sordo.
—¿Algún problema? —Su tono era grave, la mirada firme clavada en el peón.
—Encontraron a su hijo.
Santiago se llevó las dos manos a la cabeza, como si el mundo hubiera girado de repente.
—¿Dónde? ¿Dónde está?
—Nicanor y los otros ya fueron a buscarlo. Estaba con la muchacha, en el camino de vuelta a la finca.
Montó al caballo con un movimiento brusco, el corazón disparado en el pecho… pero antes de que pudiera arrancar, el cielo se vino abajo. La lluvia cayó fuerte, rasgando el aire en cortinas de agua que empañaban todo el camino.
—Qué temporal…
Dentro de la casa, Aline observaba todo desde la ventana de la cocina, apretando entre las manos una taza de leche tibia que Violeta acababa de servirle.
—Es el invierno —explicó el ama de llaves con calma—, aquí siempre llueve así en esta época. Por eso las plantaciones quedan tan verdes, la tierra tan fértil.
Aline sonrió levemente, pero sus ojos no se apartaron de Santiago cuando entró. Venía empapado, la camisa pegada al torso ancho, los mechones de cabello despeinados goteando sobre el rostro… y ese aspecto bruto, salvaje, solo lo hacía parecer aún más intenso, aún más prohibido.
—¿Quiere que sirva el almuerzo ahora, patrón? —preguntó Violeta.
—No, gracias.
La mujer asintió y se alejó. Aline se sentó al lado de él, los dedos golpeteando despacio la mesa, como si contara el tiempo.
—¿Qué quieres, pestecita? —preguntó él sin mirar, pero sin sorpresa.
—¿Yo? Nada.
Santiago puso los ojos en blanco, cruzó los brazos sobre el pecho.
—Habla ya, suéltalo.
Ella sonrió de lado, los ojos brillantes.
—Violeta dijo que va a haber una fiesta en el pueblo… la celebración de los cosecheros por el fin de la cosecha.
—Lo sé.
—Entonces voy con ella.
Él soltó una risa seca, sin humor.
—No, no vas.
—¿Por qué? —Aline hizo puchero, nunca había sido de las que aceptan órdenes sin cuestionar.
—Es una fiesta grande, viene gente de todas partes. Y no todos son de confianza. En la última cosecha, una niña desapareció justo ahí, en medio de la celebración. Recién la encontraron tres días después, en medio del cafetal. Muerta.
La expresión de Aline se apagó, la sonrisa muriéndole en los labios.
—¿Descubrieron quién lo hizo?
—No… —Él se pasó las manos por el cabello húmedo, la voz cargada de un pesar antiguo—. Pero todo indicaba un depredador. Estaba sin ropa, con marcas de mordidas por casi todo el cuerpo.
Aline calló, apretando la taza entre los dedos. Santiago salió de la cocina en silencio, y Aline fue hasta Violeta, que ya limpiaba la mesada con los ojos llenos de agua.
—¿Conocías a la niña?
—Era una criatura dulce —respondió ella, la voz quebrada—. Se llamaba Gleice. Sus padres trabajaban aquí para la familia desde hacía años.
—¿Y nadie hizo nada?
—El señor lo intentó todo. Repartió hombres armados por toda la región, reforzó la seguridad en la fiesta y prohibió la entrada de forasteros. Pero el problema es que el señor Santiago tiene muchos empleados… es imposible conocer la cara de todos.
Aline volvió a mirar la lluvia allá afuera, escuchando cada palabra.
—Habló de eso con tanto dolor…
—Tenía tu edad —completó Violeta, secándose una lágrima con la punta del delantal—. Él mismo encontró el cuerpo. Pasó días y noches cazando al desgraciado que hizo aquello. Pero nunca encontró nada. El hombre quedó impune.
Aline volvió a sentarse a la mesa, el corazón apretado.
—Lo siento mucho.
—Yo también —suspiró el ama de llaves, forzando una sonrisa y poniendo un pastel caliente sobre el mantel—. Pero cambiemos de tema… ¿Ya te enteraste de que encontraron al hijo del señor Santiago?
—Le oí al capataz hablar de eso el otro día —Aline frunció la frente—. ¿Qué edad tiene?
—Debe de tener más o menos la tuya.
Aline escupió la leche de golpe, el líquido escurriéndole por la blusa clara.
—¡¿Tiene un hijo de mi edad?! —Se limpió la boca con el dorso de la mano, los ojos muy abiertos.
Violeta solo asintió, confundida.
—Vaya… eso explica muchas cosas —murmuró Aline, levantándose deprisa.
—¿Qué, niña?
—¡Nada! Voy a subir, a darme un baño y a arreglarme. Vamos a la fiesta.
El ama de llaves la sujetó del brazo.
—Pero pensé que el patrón no había dado permiso…
—¿Y desde cuándo él manda sobre mí? —Aline sonrió, terca y decidida—. Voy y punto.
—Señorita, por favor…
—No sirve de nada, Violeta. Ya decidí. —Dio un paso, pero volvió a acercarse a la mujer, bajando la voz—. Espérame cerca del portón, por favor. No quiero que tengas problemas por mi culpa. Si él pregunta… dile que me escapé, que te seguí a escondidas hasta allá.