el viaje de un sangre bastarda para convertirse en un héroe.
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La carta de ayuda y la caída del héroe
Podía sentir cómo me cargaba la mujer gato. Podía sentir su melena roja rozando mi rostro mientras la brisa de la noche nos envolvía. Pese a que los golpes desgarradores del Rey Elfo y la marea de sangre apenas me dejaban mantener la consciencia, sentía la velocidad despavorida con la que corría, con el pecho agitado por el esfuerzo supremo de ponerme a salvo.
Qué humillante. Qué desgarrador resultaba tener que recurrir a que una mujer me rescatara de esa forma tan patética, tirado como un trapo inservible sobre sus hombros, sin ser capaz de defenderla ni de ofrecer resistencia.
Unas pocas horas después, sentí cómo me acomodaban sobre una cama cálida. Apenas abriendo un ojo entre la penumbra, pude ver a la felina sentada en el suelo a mi lado, velando mi sueño como una guardiana incansable.
En el salón principal de la mansión, lejos de los aposentos, la tensión entre las dos mujeres y el aristócrata rozaba el colapso.
—Sé que dije que les debía un favor de vida o muerte —protestó el Marqués Lughar, paseándose de un lado a otro con marcada preocupación—, ¡pero esto ya es rozar la locura! Convertirme en protector de unos prófugos declarados por la Corona es un precio demasiado alto para mi Casa.
—¿Acaso la vida de su única hija no vale ese precio, Marqués? —reclamó Armia, cruzando los brazos sobre el pecho y sosteniéndole la mirada.
—Precisamente por eso, jovencita —replicó el noble, ajustándose las vestiduras—. Porque valoro la vida de Lura por encima de todo, no pienso arriesgar la cabeza de mi familia permitiendo que me tilden de traidor. Y hablando de eso... Te he estado observando mejor. Tu rostro... ¿Tu padre no es por casualidad el Canciller Lorwin? Sí... ya lo recuerdo perfectamente. Hace varias décadas coincidimos en la corte de Antiqua; eras apenas una niña inquieta y traviesa. También recuerdo que el Canciller mantenía una alianza estrecha con el Gran Mago Real, Durkman... y que te prometió en matrimonio con él, ¿no es verdad?
Armia bajó ligeramente la vista, apretando las manos.
—Sí. Así es.
—¡Qué muchacha tan insensata! —soltó el Marqués, sacudiendo la cabeza con reprobación—. Tenías la oportunidad dorada de estar al lado de uno de los hechiceros más poderosos de este mundo, asegurar la posición de tu familia y habitar bajo la mano protectora del rey. ¿Qué clase de niña estúpida sacrifica semejante destino para vagar como mercenaria?
—¡Cállate! —reaccionó la elfa con frialdad—. Yo no tengo por qué darle explicaciones de mi vida a usted ni a nadie. Los motivos que me llevaron a tomar mis decisiones me pertenecen únicamente a mí. Mejor déjese de preguntas absurdas y dígame la verdad: ¿envió la carta que le entregué o no?
—Sí... —suspiró el Marqués, señalando el ventanal—. Un halcón mensajero de la Casa Real partió con el sobre justo en cuanto me lo diste. Si tus aliados reciben el mensaje a tiempo, en uno o dos días estarán aquí.
—Bien.
—Pero que no te quepa la menor duda, mujer —advirtió el noble con severidad—: si el rey, su comitiva y la Guardia Real se presentan en mi portada preguntando por ustedes... los entregaré en bandeja de plata. ¿Fui lo suficientemente claro?
—¡No, papá! —interrumpió la pequeña Lura, corriendo desde el pasillo y abrazándose a las piernas de su padre—. ¡Ellos son mis amigos! Me salvaron la vida en el bosque... ¡Ayúdalos, por favor!
Armia aprovechó el momento y esbozó una leve sonrisa de soslayo.
—Gracias, pequeña Lura... Estoy segura de que, ante tus ojos inocentes, tu padre es un hombre honorable y ejemplar, ¿verdad? Estoy convencida de que no dudará en ayudarnos... ¿No es así, Marqués?
El noble miró a su hija, apretó la mandíbula con frustración y terminó por ceder.
—Agh... Sí, cariño, no te preocupes —murmuró, acariciándole el cabello a la niña—. Ve a jugar un rato al jardín, anda. Yo me encargaré de que nuestros invitados descansen adecuadamente.
Mientras tanto, en la penumbra de la habitación, Ania permanecía apostada junto a mi lecho. Al escuchar que el pomo de la puerta giraba lentamente, la felina se erizó al instante, enseñando los colmillos hacia la entrada.
—¡Grrr! ¡Largo de aquí!
—¡Oh! Lo... lo siento... —se encogió una voz infantil.
Ania relajó levemente la postura al distinguir la pequeña silueta.
—Ah... eres tú, cachorra. Lo siento... pasa, entra.
—¿Estabas llorando? —preguntó Lura con ingenuidad, acercándose con las manos tras la espalda—. ¿Acaso te duelen mucho los golpes? ¿Por qué no le pides a la maga que te cure? Seguro que con su magia sanadora te recuperarías en segundos.
—No quiero nada de esa puta —soltó Ania con brusquedad.
—¿Pu... ta? ¿Qué significa eso? —inquirió la niña, ladeando la cabeza.
Ania dejó escapar un suspiro cansado, pasándose una mano por las orejas.
—Ah... Lo siento, pequeña. No suelo moderar mi vocabulario cuando estoy cerca de cachorros; ignora esa palabra. Simplemente no quiero recibir nada de esa elfa. Prefiero lamer mis propias heridas y sanar por mi cuenta.
—Bueno... si no quieres recibir su ayuda, yo podría intentar curarte —propuso Lura con entusiasmo, sacando un par de frascos de cristal de su delantal—. Yo también poseo afinidad mágica, aunque no soy muy avanzada. Pero traje unas pociones de restauración de la reserva de mi padre. Servirán para ti y para tu esposo. Toma.
Ania contempló los frascos con sorpresa y los aceptó con suma delicadeza.
—Gracias, cachorra... De verdad, quedo en una deuda enorme contigo.
Horas más tarde, tras aplicar los elixires sobre mis heridas y beber parte del remedio, las magulladuras de ambos se habían aliviado considerablemente. Ania continuaba sentada junto al quicio de la puerta, velando por mi descanso mientras se limpiaba un rasguño del brazo.
Armia se acercó por el pasillo, observándola con evidente fastidio.
—Deja de hacer tonterías y déjame aplicar un encantamiento de restauración adecuado sobre ti y sobre el chico.
—Lárgate, traidora —respondió Ania sin mirarla.
—¿Sigues con esa estupidez? —protestó la maga, apretando el báculo—. ¡Ya te pedí disculpas! Regresé al palacio, usé mi magia para crear una distracción y les salvé el pellejo a ambos. De no ser por mí, estarían podridos en los calabozos. Lo mínimo que podrían mostrar es un atisbo de gratitud.
Ania se puso de pie bruscamente, clavándole las pupilas doradas.
—¿Deberte algo? ¡Yo no te debo nada, mujer! Cuando nos cruzamos en el gran bosque, pude haberte cortado la garganta en el acto y no lo hice. Cuando te capturé en mi campamento, pude haberte ejecutado ante la tribu y tampoco lo hice. Así que tú y yo estamos a mano. Eres una traidora y una cobarde que nos abandonó a la primera oportunidad en cuanto las cosas se pusieron difíciles.
Armia resopló con amargura, dándose la vuelta.
—Psss... Eso me gano por intentar razonar con una bestia de monte. Bien... haz lo que se te dé la gana.
A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba tímidamente por los ventanales de la mansión. La puerta de la habitación se abrió despacio y Ania entró sosteniendo una pequeña bandeja de madera con panes frescos y frutas.
—¿Esposo...? —llamó con voz suave, acercándose al camastro—. ¿Cómo te sientes? Por favor, come algo...
—Lárgate —solté con voz ronca, sin mirarla.
—Entiendo que no estés acostumbrado a la comida de estos elfos —intentó disculparlo ella, manteniendo la sonrisa con esfuerzo—. Sé que solo sirven verduras y pastas, pero sabe bien... Necesitas recuperar fuerzas para...
—¡Dije que te largues! —grité fuera de mí.
Descargué un manotazo violento contra la bandeja. El plato de madera voló por los aires, estrellándose contra la pared y desperdigando el pan por todo el piso.
—¡No quiero verte! ¡No quiero saber nada de nadie! ¡Déjame tranquilo de una vez!
Ania se quedó congelada en su sitio. Sus orejas se pegaron a su cabeza y la mirada se le llenó de una tristeza infinita.
—Eh... sí, esposo... Discúlpame —murmuró en un susurro penas audible, recogiendo rápidamente los trozos de pan antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
En cuanto me quedé a solas en la penumbra de la estancia, apreté los puños hasta que las uñas me cortaron las palmas de las manos. Comencé a golpear mis propias piernas con rabia desmedida.
Inútil. Imbécil. Débil. Bueno para nada.
¿Qué demonios creía que estaba haciendo? Intenté jugar a ser el héroe. Intenté convencerme de que era un guerrero formidable... pero no soy nada. Ese maldito Rey Elfo, mi propio abuelo, me destruyó en cuestión de segundos. Me humilló, me pisoteó y me demostró con la frialdad de su acero que no soy nadie. Ni siquiera alcanzo a ser una sombra de lo que fue mi padre. No soy más que un ridículo sangre bastarda que pretendía construir una leyenda sobre cimientos de aire.
Sentía una vergüenza insoportable. Ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada a Ania. Me consideraba un hombre fuerte a su lado, y ahora no me cabía duda de que ella debía mirarme con asco y lástima. Si continuaba a mi lado era únicamente por el código de su tribu, no porque yo mereciera su respeto. A mis propios ojos, había dejado de existir.
Solo me quedaba una alternativa para arreglar esto y evitar que terminaran muertas por mi culpa.
En la cocina principal de la mansión, Ania cortaba un trozo de pan con la vista perdida.
Armia, sirviéndose una taza de té, la observó de reojo.
—Sigue sin querer salir, ¿verdad? Deberías dejarlo en paz un rato.
—Sigues aquí... —murmuró Ania sin levantar la cabeza—. ¿Por qué no te largas de una vez y me dejas tranquila? No me digas cómo debo tratar a mi hombre.
—Sí, bueno... por eso no te preocupes —respondió la maga con tono desapegado—. En cuanto salgamos de este maldito reino, me iré por mi cuenta y ustedes podrán hacer lo que les venga en gana. Simplemente te digo que lo dejes a solas. Los hombres son criaturas sumamente orgulosas y patéticas: en cuanto sufren una derrota aplastante, se sienten humillados y creen que el mundo se acabó. Ya se le pasará.
Unos pasos apresurados y cortos resonaron en el pasillo. La pequeña Lura irrumpió en la cocina con el rostro pálido.
—¡Ania! ¡Ania, tu marido no está! ¡Se ha ido!
La felina tiró el cuchillo al suelo y corrió desesperada hacia los aposentos.
Al abrir la puerta, la cama estaba vacía. Sus pertenencias personales y su túnica habían desaparecido. Sobre la mesa de noche descansaban únicamente dos cosas: la legendaria Espada de las Cinco Voluntades y una pequeña nota escrita a mano.
Ania tomó el papel con manos temblorosas y leyó en silencio:
> "Nuestro equipo queda oficialmente disuelto. Entréguenle esta espada al Rey; al tener la reliquia en sus manos, las dejará en paz y detendrá la cacería. Me voy a casa. Adiós."
>
Armia, que acababa de entrar a la habitación, leyó la nota por encima de su hombro y soltó un suspiro de alivio.
—Ese tonto... Pero en fin, esto nos otorga la oportunidad perfecta para salir con vida de esta ciudad. Simplemente llevémosle la espada al Rey Dumnen, nos otorgará el perdón real y...
¡ZAS!
Ania le arrebató la espada de las manos a la elfa con un zarpazo feroz. Sin decir una sola palabra, tomó impulso y saltó directamente por la ventana de la habitación hacia los jardines de la mansión.
—¡Oye, gata! ¡¿Pero qué demonios estás haciendo?! —le gritó Armia desde el alféizar—. ¡Debemos entregar la espada para que nos perdonen la vida!
Pero la mujer bestia la ignoró por completo.
Al tocar tierra, se hincó sobre la hierba húmeda e inhaló profundamente el aire de la mañana, buscando rastrear el aroma característico de su amado esposo. No pensaba permitir que se destruyera a sí mismo. Correría hasta los confines del continente si era necesario para encontrarlo y evitar que cometiera el peor error de su vida: renunciar al gran hombre y al verdadero héroe que ella sabía que habitaba en su corazón.