A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 17
El almuerzo estaba delicioso, y el ambiente era tranquilo en el sentido de tener esa paz, pero a la vez agitado, porque las dos eran muy inquietas y bullangueras. Isabel preguntó por mí, pero enseguida notó que de verdad no me sentía cómoda hablando de mí misma, y las dos lo respetaron y empezaron a hablar de la boda. Me hacían muchas preguntas, sobre colores, flores y otras cosas de las que yo ni siquiera sabía de qué se trataban. Pero entendieron mi falta de experiencia y dijeron que me explicarían todo y me conseguirían algunas revistas para ayudarme a entender mejor.
Almorzamos, y mi lasaña con queso brie era de verdad una de las cosas más ricas que he comido en la vida; solo la superaba el pastel de chocolate que mi madre me hacía en la infancia. Sentí una calidez en el corazón con solo recordarla.
Como Isabel y Giordana pidieron postre, terminé pidiendo un petit gâteau con helado de crema y salsa de cereza con chocolate, y aquello era simplemente maravilloso. Me comería varios de esos sin problema.
Salimos de ahí, yo completamente satisfecha —lo que me pareció extraño considerando la poca cantidad de comida que traía el plato—, y luego fuimos a un salón de belleza que estaba en el último piso.
El salón era enorme, había más de quince sillones, mujeres por todos lados, y más al fondo había otros sillones distintos, algunas camillas. Eran demasiadas cosas para asimilar de una sola vez.
—Giordana, amiga, cuánto tiempo sin verte.
—Hola, Mary, ¿cómo estás? Anduve medio desaparecida por unos viajes en familia.
—Los viajes son lo mejor. Pero cuéntame, ¿a qué vinieron, y quién es esta joven tan linda?
—Mira, queremos una tarde de renovación; ella es mi nuera, Joana, y las tres venimos a darnos un cambio de imagen.
—Queremos hacernos las uñas, un masaje relajante, el cabello, depilación y lo que más venga incluido en el paquete —dijo doña Isabel con una sonrisa.
—¿De… depilación? —pregunté bajito, solo para que ella me oyera.
—No seas tímida, mi niña, nadie va a invadir tu privacidad si no te sientes cómoda con eso.
—Prefiero saltarme esa parte, si no les molesta. —dije de nuevo avergonzada.
—Hagamos así: te depilas solo las piernas y las axilas y dejamos la zona íntima para otro momento, ¿te parece? —Me pareció un punto medio aceptable, así que acepté.
Empezamos con el masaje y aquello de verdad era muy rico. Doña Isabel y Giordana se quedaron totalmente desnudas, pero yo pedí que al menos me dejaran con la ropa interior, y todos entendieron mi incomodidad y no se opusieron.
Seguimos con las uñas y después el cabello, y siempre nos trataban muy bien, nos ofrecían comida, bebidas, y cada etapa del proceso era con calma y comodidad; cuando me lavaron el pelo quedé impresionada con el cuidado, y el masaje en el cuero cabelludo casi me hace dormir. Me sentía en el cielo.
Antes de terminar con el cabello, mientras la mascarilla hidratante hacía efecto, pasamos a la depilación, y como quedamos hice solo las piernas y las axilas; confieso que dolió y no fue muy cómodo, pero me sentí aún más bonita sin mis vellos. Y hasta se me pasó por la cabeza depilarme la zona íntima, pero desistí rápido, no lograría dejar que me tocaran de esa forma.
De nuevo me lavaron el pelo y después me lo cepillaron, dejándome todavía más bonita. Dejándome una mujer que no reconocía.
Me estaba mirando al espejo cuando Giordana llegó por detrás de mí con los ojos alegres.
—¿Por qué no te pones uno de los vestidos que compramos?
—¿Pero si no tenemos ninguno aquí?
—Eso es fácil de resolver. —Fue hasta su bolso e hizo una llamada, y enseguida entró un hombre; ella le entregó el aparatito de la tienda y le pidió que fuera hasta el auto, guardara todas las compras y trajera el vestido azul turquesa que había comprado. Le mostró una foto del vestido, que ni entendí en qué momento le había sacado, pero él asintió y luego se retiró.
Pasado un rato el muchacho volvió con una bolsa en la mano, y Giordana me la entregó pidiéndome que fuera al baño y me cambiara. Y cuando salí de aquel baño y me miré al espejo, no me reconocí, aquella no era yo.
Doña Isabel se acercó a mí, me quitó de la mano mi ropa vieja y luego arrastró hasta el medio de nosotras un basurero de metal. Entonces echó mi ropa ahí dentro.
—Por los nuevos comienzos; y que el pasado sea solo el recuerdo de las cosas buenas vividas, y que las malas se queden dentro de este basurero.
Se me llenaron los ojos de lágrimas, porque ella podía no conocer mi historia, pero desde el principio parecía entenderme más que nadie, comprendía el peso que cargaban aquellas ropas viejas, el peso que yo cargaba. Y ese gesto, por más pequeño que fuera, marcó toda la diferencia.
La abracé sin pensarlo, llorando en su hombro como una niña. No fue algo planeado, no fue algo que esperara hacer, pero ella me abrazó de vuelta y me acogió, haciéndome sentir el mismo cariño que sentía en brazos de mi madrecita.
—Menos mal que todavía no habíamos hecho el maquillaje, si no habría sido un desastre, ¿verdad, chicas? —dijo Mary, haciéndome mirar alrededor y notar recién entonces que Giordana e Isabel tenían los ojos llenos de lágrimas.
Fuimos a maquillarnos, pero antes hicimos una pausa para lavarnos la cara y luego pasamos a la última etapa antes de irnos. Bueno, al menos creo que ya nos íbamos, llevábamos horas ahí.
El maquillaje no iba a ser la última etapa, pero la maquilladora estaba muy ocupada y no habíamos reservado hora, así que tuvimos que esperar y mientras tanto hicimos varias otras cosas.
—Estás hermosa, pareces hasta otra mujer. —dijo Giordana, y todos alrededor coincidieron.
—Sospecho que a Sócrates le va a dar un patatús cuando te vea así. Corre el riesgo de adelantar aún más la boda. —dijo doña Isabel, haciendo reír a todos. A todos, menos a mí.
Después de despedirnos fuimos a su casa, y las palabras de Isabel no se me iban de la cabeza: "corre el riesgo de adelantar aún más la boda". Esas palabras tenían un peso enorme sobre mis hombros, y ya no sabía si estaba lista para enfrentarlo como lo estaba antes de este día.