Isolde de Valenne nunca quiso una corona. Pero cuando una tragedia destruye a su familia, se convierte en la única heredera de un reino que se niega a ser gobernado por una mujer. Su única oportunidad de conservar el trono es casarse con Kael de Draven, un rey temido por sus enemigos, conocido por su carácter implacable y acostumbrado a que todos obedezcan sus órdenes. El matrimonio será un acuerdo político. Sin amor, sin promesas y sin expectativas. Ella no piensa someterse a un hombre que cree poder gobernarlo todo. Él no está dispuesto a permitir que su esposa desafíe su autoridad. Entre discusiones, miradas desafiantes y celos que ninguno querrá reconocer, ambos descubrirán que compartir una corona es mucho más sencillo que aprender a compartir el corazón. Pero mientras sus sentimientos amenazan con destruir las barreras que los separan, una conspiración comienza a revelar secretos capaces de enfrentar a sus reinos y convertir su matrimonio en el principio de una guerra. Porque Isolde puede aceptar una corona junto a su enemigo. Lo que jamás aceptará es convertirse en su posesión.
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Capilla
La noche cayó sobre Valenne, pero Isolde no consiguió dormir.
La nota descansaba sobre su escritorio, junto a una vela casi consumida.
Acuda mañana a la capilla abandonada. Venga sola.
Volvió a leerla, acariciando distraídamente el colgante que llevaba al cuello.
Su padre le había enseñado que el miedo podía salvarte la vida, siempre que no permitieras que tomara las decisiones por ti.
Y ella no pensaba dejarse intimidar.
—Si sigues mirando ese papel, terminará por confesarte quién lo escribió —dijo Kael desde la puerta.
Isolde levantó la mirada.
—¿No te enseñaron a llamar antes de entrar?
—Sí. También me enseñaron a no dejar sola a una mujer que recibe amenazas de muerte.
—Qué considerado. ¿Siempre eres así de insoportable?
—Solo cuando me preocupo.
La respuesta la tomó desprevenida.
Kael entró y dejó sobre la mesa un pequeño mapa de los terrenos que rodeaban la capilla.
—He enviado a dos hombres a reconocer el lugar. No se acercarán hasta mañana.
Isolde frunció el ceño.
—Habíamos acordado que no tomarías decisiones por mí.
—Y no lo he hecho. No he cambiado tus planes ni he ordenado que te quedes encerrada. Solo estoy preparando una salida segura.
Ella estudió el mapa.
—Hay un camino detrás de los árboles. Si alguien vigila la entrada principal, podríamos acercarnos por aquí.
Kael observó el punto que señalaba.
—Es una zona embarrada. Los caballos dejarían huellas.
—Entonces iremos a pie.
—¿Siempre tienes una respuesta para todo?
—No. Pero disfruto encontrarlas cuando alguien cree que puede darme órdenes.
Kael sonrió de lado.
—Empiezo a entender por qué tus consejeros tienen tantas canas.
—Y yo empiezo a entender por qué tu madre debe beber tanto té.
Él soltó una risa breve. Isolde se sorprendió al descubrir que le gustaba escucharlo reír.
Aquello era peligroso.
Mucho más peligroso que una capilla abandonada.
A la mañana siguiente, Isolde se presentó con ropa oscura, una capa y una daga sujeta a la cintura.
Kael la esperaba junto a los establos.
—¿Una daga? —preguntó, examinándola.
—¿Preferías que llevara flores?
—Habría sido una elección más agradable.
—Y menos útil.
Partieron acompañados a distancia por cuatro guardias. Los demás permanecerían ocultos cerca del camino, preparados para intervenir si algo salía mal.
La capilla apareció entre los árboles poco después.
Sus paredes estaban cubiertas de hiedra y el techo había cedido parcialmente. No parecía haber sido utilizada en años.
Pero Isolde vio algo que la hizo detenerse.
Había huellas recientes en el barro.
Varias.
—No estamos solos —murmuró.
Kael se colocó a su lado, sin interponerse delante de ella.
—¿Quieres que retrocedamos?
Isolde lo miró, sorprendida por la pregunta.
No había una orden en su voz. Le estaba dejando decidir.
—No. Hemos venido hasta aquí y pienso averiguar qué quieren de mí.
Entraron.
El interior olía a humedad y madera podrida. Sobre el altar había una lámpara encendida y, junto a ella, una pequeña bolsa de cuero.
Isolde se acercó con cautela.
Dentro encontró un broche de plata.
Lo reconoció inmediatamente.
—Era de Elin.
La mujer había llevado aquel broche durante años, un regalo que Isolde le había hecho cuando todavía era una niña.
Sus dedos se cerraron alrededor del objeto.
—Está viva —susurró.
—O quieren que creamos que lo está —advirtió Kael.
Antes de que pudiera responder, un ruido resonó detrás del altar.
Kael desenvainó su espada.
—¡Sal de ahí!
Una figura encapuchada apareció entre las sombras.
—Majestad —dijo el desconocido, mirando directamente a Isolde—. Me sorprende que haya venido acompañada.
—Y a mí me sorprende que todavía conserves la cabeza sobre los hombros después de amenazar a tu reina —respondió ella.
El hombre soltó una risa seca.
—Su padre también hablaba con esa seguridad.
Isolde sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
—¿Conociste a mi padre?
—Estuve allí la noche en que recibió la última orden.
Kael avanzó un paso.
—¿Qué orden?
El encapuchado sacó un documento doblado, pero no llegó a entregárselo.
Un silbido cortó el aire.
Una flecha se clavó en su pecho.
El hombre cayó de rodillas.
—¡Al suelo! —gritó Kael.
Isolde se agachó mientras él la cubría apenas el tiempo necesario para protegerla de una segunda flecha. Los guardias irrumpieron en la capilla, pero el atacante ya había desaparecido entre los árboles.
El desconocido agonizaba.
Isolde se arrodilló junto a él.
—¿Quién ordenó la muerte de mi padre?
El hombre intentó respirar. Sus ojos se fijaron en el colgante de Isolde.
—La corona… no era la única que llevaba su sello.
Su mano temblorosa señaló el documento.
Después, cayó inmóvil.
Kael recogió el papel con cuidado. La flecha había atravesado parte del borde, pero la firma seguía intacta.
Isolde reconoció el sello de inmediato.
Era el de su padre.
Sin embargo, la firma pertenecía a otra persona.
A alguien que había tenido autorización para actuar en nombre del rey.
Kael leyó el nombre y su expresión se endureció.
—Esto no puede ser.
Isolde le arrebató el documento de las manos.
Debajo del sello real, escrito con tinta oscura, aparecía un nombre que conocía demasiado bien.
Lucien de Valenne.
A sus espaldas, Kael pronunció lo que ambos estaban pensando.
—Tu primo no solo sabe más de lo que nos ha contado, Isolde.
Ella apretó el papel hasta arrugarlo.
—No. Mi primo pudo haber firmado la orden que condenó a mi familia.
Y, por primera vez desde que habían llegado a Valenne, Isolde no supo si podía confiar en el único familiar que le quedaba.