Sebastián Volk es el hombre más temido de la alta sociedad. Tras una máscara de plata esconde un secreto monstruoso: es el último heredero de una estirpe de licántropos. Cuando la familia del Sol debe entregar una hija en matrimonio, Mía huye del compromiso y Luna ocupa su lugar. Despreciada por su madrastra, Luna ve en Sebastián la oportunidad perfecta para vengarse. Pero el lobo esperaba una esposa sumisa y encontró a una mujer que no teme desafiarlo. Entre deseo, traiciones y secretos sangrientos, ambos descubrirán que el matrimonio puede ser una prisión… o el comienzo de una guerra.
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Capítulo 7: Sombras en la carretera
El motor V8 del Maybach blindado producía un zumbido grave y constante mientras el vehículo devoraba la carretera secundaria que se adentraba en el bosque.
En la cabina trasera, la atmósfera era asfixiante. El cristal divisor que los separaba del chofer estaba elevado, aislando a Sebastián y a Luna en un espacio reducido iluminado apenas por la luz tenue del tablero y los destellos esporádicos de la tormenta que comenzaba a gestarse afuera.
Luna se quitó los aros de zafiro y los dejó caer sobre el asiento de cuero con un chasquido metálico. El aire aún olía al perfume costoso de la gala, pero dentro del auto, la fragancia se mezclaba con el calor corporal de ambos y el ozono persistente que emanaba de Sebastián.
—No tenías que intervenir de esa manera —dijo Luna.
Su voz rompió el silencio, limpia y afinada, aunque traicionaba una ligera rigidez en la respiración.
Sebastián no giró la cabeza. Miraba por la ventanilla tintada las sombras de los pinos que pasaban a toda velocidad.
—La imbécil de tu hermana estaba a punto de cruzarte el rostro —respondió él en un murmullo cavernoso—. En mi presencia nadie toca a mi esposa. Ni siquiera la basura de tu propia familia.
—Sé defenderme sola, Sebastián —repuso Luna, girando el cuerpo hacia él en el asiento—. No necesito que juegues al héroe victoriano para impresionar a la élite.
Mía estaba provocándome y yo tenía la situación bajo control. Tu intervención solo alimenta la narrativa de que eres un salvaje impulsivo.
Sebastián giró el rostro de golpe. Su único ojo visible, un gris acerado cargado de electricidad estática, se clavó en los ojos oscuros de Luna.
—¿Un salvaje impulsivo? —preguntó, inclinándose hacia ella. El espacio entre sus rostros se redujo a escasos centímetros
—. ¿Eso crees que fue? Le salvé la vida a tu hermana, Luna. Si tú hubieras puesto un solo dedo sobre ella con la intención de dañarla, mi lobo la habría despedazado antes de que pudiera parpadear para protegerte.
Luna sintió un vuelco en el estómago. Un calor repentino le recorrió el cuello, pero no retrocedió ni un milímetro. Apoyó la mano sobre el pecho de Sebastián, sintiendo la dureza de su torso bajo la tela del esmoquin y el latido acelerado, casi inhumano, de su corazón.
—No me uses de excusa para dar rienda suelta a tus instintos —le espetó en un susurro ardiente—. No soy tu pretexto para aterrorizar a la gente. Si me defendiste, fue porque te enfurece no tener el control absoluto de la escena. Te molesta que yo no tiemble ante ti como lo hacen ellos.
Sebastián soltó una risa amarga y baja, un sonido rasposo que le erizó la piel a Luna. Su mano grande y tibia subió por el brazo de ella, atrapando su nuca con una firmeza posesiva que no llegaba a lastimar, pero que la inmovilizaba por completo.
—No me molesta que no tiembles, Luna —susurró él, acercando la máscara de plata a la mejilla de ella hasta que el metal frío rozó su piel ardiente—. Me fascina. Y me saca de quicio.
Los pensamientos de Luna se nublaron por un segundo. La proximidad de Sebastián, la mezcla entre la amenaza latente y la atracción feroz que emanaba de cada poro de su piel, sofocaba cualquier argumento lógico.
Es peligroso, se dijo a sí misma mientras sentía los dedos de él enredarse sutilmente en su cabello. Es un depredador que está midiéndome, pero si cedo un solo paso, me devorará.
—Entonces suéltame —murmuró ella, aunque sus ojos oscuros bajaron por instinto hacia los labios firmes de Sebastián.
—Haz que te suelte —desafió él, apretando el agarre en su nuca mientras la atracción física entre ambos se volvía casi tangible, un hilo invisible a punto de romperse.
Antes de que cualquiera de los dos pudiera romper la distancia que separaba sus labios, el mundo se volvió del revés.
Un impacto brutal y ensordecedor sacudió la parte delantera del Maybach.
El sonido del metal retorciéndose y el estallido del parabrisas delantero resonaron como un trueno dentro de la cabina. El vehículo, de más de dos toneladas de peso, derrapó violentamente sobre el asfalto mojado, dando dos giros sobre su propio eje antes de salir despedido de la carretera.
Sebastián reaccionó con una velocidad sobrehumana: envolvió el cuerpo de Luna entre sus brazos y la pegó a su pecho, cubriéndole la cabeza justo cuando el auto impactaba de costado contra un árbol ancestral.
El golpe seco dejó el aire fuera de los pulmones de Luna.
El silencio posterior fue sepulcral, interrumpido solo por el siseo del vapor que escapaba del radiador destrozado y el goteo del aceite sobre la tierra húmeda. La luz del tablero parpadeó un par de veces antes de apagarse por completo, sumergiendo el interior del auto en una penumbra densa.
—¿Estás bien? —la voz de Sebastián sonó como un rugido contenido. Su cuerpo seguía protegiendo el de ella.
—Sí... —alcanzó a decir Luna, intentando recuperar el aliento. Sentía el pecho de él agitado contra el suyo—. ¿Qué fue eso?
Sebastián no respondió. Su mirada se dirigió inmediatamente hacia el cristal divisor que separaba la parte trasera de la cabina del chofer.
Luna siguió su vista. El divisor de cristal blindado estaba astillado. Al otro lado, la figura del chofer permanecía inmóvil sobre el volante. Un agujero limpio y grotesco atravesaba el cristal y la parte posterior de su cabeza, manchando la tapicería con una mancha oscura.
Un tirador de precisión, pensó Luna, sintiendo cómo la adrenalina congelaba su sangre. Nos estaban esperando.
—Quédate abajo y no te muevas —ordenó Sebastián. Su tono ya no era el del hombre educado de la gala; era el mandato absoluto de una bestia en modo de combate.
—Sebastián, escucha—
—¡Cállate! —siseó él.
De pronto, un crujido pesado de hojas secas y ramas rotas resonó en el exterior del auto.
Luna miró por la ventanilla trasera tintada. A través de la niebla densa del bosque, varias sombras erguidas comenzaron a emerger de entre los árboles. No caminaban como hombres normales; sus movimientos eran demasiado fluidos, demasiado rápidos, con una postura encorvada y sigilosa.
Eran al menos seis siluetas.
Lentamente, las figuras rodearon el Maybach varado. Los destellos ocasionales de los relámpagos iluminaron por fracciones de segundo el exterior: brazos disproportionadamente largos, posturas felinas y unos ojos que reflejaban la luz en la oscuridad con un brillo amarillento y hambriento.
Un raspado agudo y metálico hizo estremecer la carrocería.
Una de las siluetas extendió lo que parecía una mano deforme y comenzó a arrastrar sus garras a lo largo del cristal blindado de la puerta de Luna, dejando surcos marcados en la superficie mientras un gruñido gutural retumbaba afuera.
Los Sombras habían llegado a cobrar su promesa.
supongo que tu harás tu parte ya que no te piensas quedar sin hacer nada