Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
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Capítulo 5
Rodrigo trató de zafar la muñeca, pero Adrián no lo soltó hasta que quiso, y cuando lo hizo fue con un gesto de desprecio, como quien suelta algo que no vale la pena seguir tocando.
—Esto es un asunto familiar. —Rodrigo se frotó la muñeca, tragándose el ardor—. No te metas donde no te llaman.
—Le estabas poniendo la mano encima a una mujer en público. —Adrián no levantó la voz, y por eso mismo sonó peor—. Eso ya no es asunto de nadie más que mío.
Daniela, que hasta entonces se había quedado callada midiendo la escena, dio un pasito adelante con su mejor cara de niña ofendida.
—Uy, y este ¿quién es? ¿El nuevo? —Miró a Renata de arriba abajo con una sonrisita—. No perdiste el tiempo, hermanita. Todavía calientita la cama y ya andas con otro. Y jovencito, además. Qué escándalo.
A Renata se le encendió la cara, pero antes de que pudiera contestar, Adrián se giró hacia Daniela, y algo en su mirada le borró la sonrisa a media frase.
—Tú eres la que mandó las fotos. —No era una pregunta—. Le arruinaste el aniversario a tu propia hermana y encima se lo restregaste. Y vienes a hablar de escándalos.
Daniela abrió la boca y la volvió a cerrar. Por una vez en su vida no encontró el tono.
Adrián sacó el teléfono sin apuro, marcó un número y, sin dejar de mirar a Rodrigo, dijo:
—Habla Adrián. Manda al gerente y a dos de seguridad a la boutique del segundo piso. Hay dos personas incomodando a mis invitadas. —Escuchó un segundo, asintió—. Sí. Sáquenlos del centro comercial.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Tú quién te crees para—
—El dueño. —Adrián se guardó el teléfono—. De este centro comercial, y de otros cuatro. Grupo A. Búscalo, si sabes leer.
El color se le fue de la cara a Rodrigo. Renata vio el momento exacto en que ató los cabos, en que entendió que el muchacho al que había mirado por encima del hombro era el CEO del Grupo A, uno de los hombres más poderosos de la ciudad, y que acababa de manotearle la muñeca a su exesposa delante de él.
—Adrián. —Rodrigo cambió el tono de golpe, suavizándolo, buscando la salida—. Mira, hubo un malentendido, yo no—
—El gerente ya viene. —Adrián le dio la espalda, como si Rodrigo hubiera dejado de existir, y se volvió hacia Renata—. ¿Estás bien?
Renata asintió, todavía con el vestido colgado del brazo y el corazón golpeándole, sin saber si por el susto o por la manera en que él le había preguntado.
Dos guardias de seguridad aparecieron por el pasillo con el gerente casi corriendo detrás, deshaciéndose en disculpas hacia Adrián. Rodrigo intentó protestar, intentó explicar, pero los guardias ya lo estaban encaminando hacia la salida con toda la firmeza y ninguna delicadeza, y Daniela tuvo que trotar detrás en sus tacones, indignada, mirando hacia atrás con una rabia que ya no se molestaba en disimular.
Justo antes de que se lo llevaran, Renata dio un paso y lo llamó.
—Rodrigo.
Él se giró.
—Mi abogado te manda los papeles el lunes. —La voz le salió tranquila, sin un temblor—. Fírmalos. Es lo único que vamos a tener que vernos las caras de aquí en adelante.
Rodrigo apretó la mandíbula, abrió la boca para soltar algo, pero un guardia lo empujó suave hacia la puerta y lo que fuera que iba a decir se quedó sin decir.
—
Cuando desaparecieron por las escaleras, a Renata se le aflojaron los hombros de golpe, como si le hubieran quitado un peso que llevaba cargando desde la noche anterior.
—Dios, qué placer. —Ximena soltó el aire y se abanicó con la mano—. Llevaba tres años esperando ver humillado a ese imbécil. Gracias, universo. —Se volteó hacia su hermano—. Y gracias a ti, aparición estelar. ¿De dónde saliste?
—Tenía una reunión aquí arriba. —Adrián se encogió de hombros—. Las vi de casualidad.
Ximena entrecerró los ojos, medio en broma.
—Ajá. De casualidad. Últimamente te apareces mucho de casualidad donde está Renata.
A Renata se le detuvo el aire un segundo, y a Adrián se le tensó apenas la mandíbula, tan poco que solo alguien que lo estuviera mirando de cerca lo habría notado. Renata lo estaba mirando de cerca.
—Es tu mejor amiga —dijo Adrián, con una calma demasiado medida—. Es como de la familia. Es lo normal.
—Ay, sí, lo normal. —Ximena ya se había distraído revisando otra percha—. Bueno, ¿nos vas a invitar a almorzar o solo viniste a jugar al guardaespaldas?
—Vayan ustedes. —Adrián sacó las llaves del carro—. Tengo que volver a la reunión. —Le tendió la tarjeta a Renata sin mirarla del todo—. Paga con esto lo que quieran. Y ese vestido llévatelo. Te lo ganaste.
Renata tomó la tarjeta, y los dedos de ambos se rozaron apenas, un segundo, antes de que los dos retiraran la mano al mismo tiempo, demasiado rápido.
—Gracias —dijo ella, bajando la cara.
—
Ximena tuvo que irse temprano por una llamada de la oficina, y antes de salir le dio un beso a Renata y le dijo a Adrián, que había vuelto de su reunión justo a tiempo para cruzársela en la puerta:
—Llévala a la casa, ¿sí? Yo llego más tarde. Y no la dejes manejar, que todavía debe tener alcohol en la sangre.
Y se fue, sin darse cuenta de que acababa de dejar a Renata a solas con la única persona con la que Renata no sabía cómo estar a solas.
En el carro, ninguno de los dos habló durante las primeras cuadras. Renata miraba por la ventana, muy consciente del olor a tabaco y madera que impregnaba el asiento, muy consciente de las manos de Adrián en el volante, de lo cerca que estaba su brazo del suyo.
En un semáforo, Adrián se inclinó de pronto hacia ella.
El corazón de Renata pegó un salto, se le cerró la garganta, y por puro reflejo cerró los ojos.