Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 2: PRIMERA LUNA — EL INÚTIL
Desperté con el dolor de todo el cuerpo como si me hubiera atropellado un camión de reparto de ramyeon.
El fuego de la cueva estaba casi apagado, solo unas brasas rojas que chisporreaban en el silencio. Afuera, el sol todavía no salía, pero ya se escuchaban los pájaros del valle cantando tan fuerte que me dolió la cabeza. Me senté despacio, la mochila de la clínica todavía apretada contra el pecho como un tesoro, y miré a mi alrededor: todos dormían amontonados sobre pieles, respirando hondo. Rian roncaba tan fuerte que hacía vibrar las vasijas de barro, Nia abrazada a su lagarto de madera, Lira con una mano apoyada en el suelo como si estuviera lista para agarrar un cuchillo incluso dormida.
Me quedé un minuto mirándolos, y la realidad me cayó de nuevo como un balde de agua fría: no era un sueño. No iba a despertar en mi cama. No había café caliente esperándome. No había ascensor, no había hospital, no había nadie que me salvara si me equivocaba.
Suspiré, me sacudí la ropa rota y pensé: Vale, Ha-jun. Tienes siete lunas. Siete días para no ser devuelto al río como basura. Tienes dieciocho años, conocimientos de primeros auxilios y un promedio de nueve en anatomía. ¿Cuánto puede costar cortar un poco de leña, cazar un conejo y no parecer un idiota delante de siete personas de la Edad de Piedra?
Muy caro. Resultó que costaba muy, muy caro.
Kael me dio un hacha de piedra atada a un palo de madera: pesada, desequilibrada, que no se parecía en nada a las herramientas de la clínica. Señaló un tronco seco al lado de la entrada.
—Corta suficiente para dos noches —dijo, y se fue con Turi a revisar las trampas viejas, sin darme ninguna instrucción más.
Yo me quedé mirando el hacha. Miré el tronco. Miré mis manos, acostumbradas a agujas de inyección y termómetros, no a herramientas que pesaban más que mi libro de biología.
Agarré el palo con todas mis fuerzas, levanté el hacha por encima de la cabeza y golpeé con todas mis fuerzas.
¡TAC!
El hacha rebotó. No dejó ni una marca en la madera. Yo perdí el equilibrio, me caí de culo en el barro y el hacha salió volando tres metros, aterrizando a los pies de Rian, que acababa de llegar con una canasta de raíces.
Se quedó mirando el hacha. Luego me miró a mí, sentado en el suelo como un tonto. Y soltó una carcajada tan fuerte que los pájaros salieron volando de los árboles cercanos.
—¡Por los espíritus! —gritó, señalándome con el dedo entre risas—. ¡No puede ni cortar leña! Un niño de cinco años lo hace mejor. ¿Qué haces aquí, extraño? ¿Te trajo el río para que nos entretengamos con tus payasadas?
Mara salió de la cueva en ese momento, vio la escena, frunció el ceño y me lanzó una mirada que me dijo más claro que cualquier palabra: Te dije que no servías. Lira estaba detrás de ella, con la canasta de nueces, y no se rió. Solo me miró, con esa mirada suya que lo veía todo, y luego agachó la cabeza para seguir recogiendo, como si no quisiera que nadie viera que no me odiaba del todo.
Me levanté, la cara ardiendo de vergüenza, recogí el hacha y seguí intentando. Durante dos horas. Cuando terminé, tenía ampollas en las dos manos, el brazo derecho me temblaba tanto que no podía cerrar el puño, y el montón de leña que conseguí era tan pequeño que apenas servía para encender una cerilla. Kael volvió, lo miró, no dijo nada, pero suspiró. Ese suspiro me dolió más que todos los golpes.
—Vamos —me dijo Rian esa mañana, lanzándome una lanza de madera con punta de piedra afilada, con una sonrisa de oreja a oreja que no prometía nada bueno—. Hoy te toca cazar. Si traes algo para comer, tal vez Mara no te eche antes de las siete lunas. Si no… bueno, el río sigue ahí.
No tuve opción. Lo seguí hasta un claro cerca del río, donde él dijo que siempre pasaban conejos. Me agachó detrás de un arbusto, me puso un dedo en los labios para que guardara silencio y señaló: diez metros adelante, un conejo marrón comía hierba tranquilo, sin saber que estábamos ahí.
Rian me dio un codazo en las costillas.
—Lanza ahora —susurró—. O te mato yo antes que el conejo.
Yo respiré hondo. Ajusté la lanza en mis manos. Miré al conejo. Miré la punta afilada. Y pensé en mi casa, en cómo la peor cosa que había matado en mi vida era una cucaracha en el baño con una chancla.
Es él o yo, me dije. Es él o el río.
Levanté la lanza, apunté con todo lo que pude y lancé con todas mis fuerzas.
La lanza salió girando en el aire, muy por encima del conejo, golpeó una rama seca de un árbol y cayó al suelo con un ruido seco. El conejo levantó la cabeza, nos miró a los dos como si nos estuviera llamando tontos, y salió corriendo hacia los arbustos tan rápido que pareció desaparecer.
Rian se quedó quieto un segundo. Luego se giró hacia mí, la cara roja de rabia, y me agarró del cuello de la camisa con una mano, levantándome del suelo hasta que mis pies no tocaron tierra.
—¡Lo asustaste! —gritó, tan cerca que me escupió en la cara—. ¡Ese era el alimento de tres días, inútil! ¿Qué tienes en la cabeza, ¿aire? ¿Por qué Kael no te dejó ahogarte en el río cuando te encontró? ¡Mejor te hubieras muerto, así no nos estorbarías!
Me soltó de golpe. Caí al suelo, las rodillas raspadas contra las piedras, y me quedé ahí, mirando cómo se iba caminando rápido, la lanza al hombro, sin mirar atrás. Me quedé solo en el claro, con el viento golpeándome la cara, y por primera vez desde que llegué, me dieron ganas de sentarme y llorar como un niño.
No lo hice. Me limpié las lágrimas con la manga de la camisa rota, recogí la lanza y volví a la cueva con las manos vacías. Esa noche, todos comieron carne de ciervo que Kael había cazado solo. Yo comí tres nueces duras que me dio Nia a escondidas, cuando nadie miraba.
Todo iba de mal en peor. Había intentado cargar agua del río y se me había roto la vasija de barro en el camino, derramando todo. Había intentado tejer una cesta y me había salido un monstruo de agujeros por donde se caían todas las bayas. Rian no hablaba conmigo más que para insultarme. Mara me miraba como si yo fuera una enfermedad contagiosa. Incluso Kael empezaba a parecer decepcionado.
Solo dos personas no me odiaban del todo:
- Nia, que me buscaba cada tarde para que le contara historias raras de mi mundo: casas que llegaban hasta las nubes, luces que volaban en el cielo, comida caliente que llegaba a tu puerta en un abrir y cerrar de ojos.
- Lira, que se sentaba a mi lado por las noches, sin hablar, solo mirando el fuego, sin dejar que nadie me apartara de ella.
El resto: silencios, miradas de desprecio, suspiros de decepción.
Estábamos todos sentados fuera de la cueva, pelando frutas, cuando Nia tosió.
Una tos seca, corta, que hizo que todos se quedaran callados de golpe.
Mara se giró rápido, la preocupación dibujada en toda la cara. Se acercó a su hija, le tocó la frente con la palma de la mano, y su rostro se puso pálido.
—Está ardiendo —dijo, la voz temblando un poco, algo que no le había visto hacer nunca.
Nia se dejó caer en sus brazos, los ojos entrecerrados, las mejillas rojas como el fuego. Tosería otra vez, más fuerte, y luego se quedaba quieta, respirando con dificultad, como si el aire no le llegara a los pulmones.
El abuelo Gorn se acercó despacio, apoyado en su bastón. Le tocó el pecho, le miró la garganta, suspiró y negó con la cabeza.
—Es la fiebre que viene con la lluvia —dijo, y su voz sonó más vieja que nunca—. El invierno pasado se llevó a tres niños del clan de las colinas. Las hierbas que tenemos… a veces funcionan. A veces no. Los espíritus deciden.
Mara apretó a Nia contra su pecho, y yo vi una lágrima rodar por su mejilla dura, una lágrima que ella intentó borrar rápido antes de que nadie la viera. Kael se agachó a su lado, le puso una mano en el hombro, sin decir nada. Rian se quedó de pie a un lado, los puños cerrados, la cara desencajada de rabia y miedo. Lira corrió a buscar las hierbas que usaban para las fiebres: hojas de menta silvestre, raíz de amargo, que hervían en agua y le daban de beber.
Pero nada funcionó.
Pasó una hora. Dos. Nia ardía cada vez más. Le dieron a beber la infusión, y la escupió toda, tosiendo con fuerza. Se retorcía en los brazos de Mara, hablando cosas sin sentido, llamando a su lagarto de madera, llamando a su madre, diciendo que tenía frío aunque su piel quemaba los dedos de quien la tocaba. Gorn volvió a mirarla, negó con la cabeza otra vez, y se sentó en una piedra, el único ojo cerrado, como si ya estuviera despidiéndose.
Rian golpeó un árbol con el puño con tanta fuerza que la sangre le brotó de los nudillos.
—¡Haz algo! —le gritó a Gorn, desesperado—. ¡No puedes dejar que se muera! ¡Ella es mi hermana!
—Yo no decido, muchacho —dijo el viejo, sin levantar la vista—. Los espíritus…
—¡Al diablo con los espíritus!
La voz salió de mi boca antes de que mi cerebro pudiera detenerla.
Todos se giraron hacia mí de golpe. Seis pares de ojos, sorprendidos, furiosos, desesperados, clavados en mi cuerpo. Yo estaba de pie, la mochila de la clínica abierta en el suelo a mis pies, el botiquín de plástico blanco en la mano, el mismo que usaba en los turnos de guardia en Seúl, con la cruz roja desgastada por el uso.
Rian dio un paso hacia mí, los dientes apretados.
—¿Qué dijiste, extraño? —susurró, amenazante—. ¿Qué sabes tú de esto? Tú ni siquiera sabes cortar leña. No te metas donde no te llaman.
—Yo sé más que todos ustedes juntos de esto —dije, y para mi sorpresa, mi voz no tembló ni un poco. Me agaché al lado de Mara, que me miraba con desconfianza, pero no me apartó—. Déjenme intentarlo. Si no funciona… pueden echarme al río mañana mismo. No diré nada. Pero si no hago nada, ella muere antes de que salga la luna.
Silencio. Solo la respiración difícil de Nia y el viento en los árboles.
Mara miró a Kael. Kael miró a Gorn. Gorn asintió despacio, como si ya lo supiera, como si hubiera estado esperando ese momento desde que me encontraron en el río.
—Hazlo —dijo Kael, bajo.
Rian bufó, dio la espalda y se fue caminando rápido hacia los árboles, golpeando todo lo que encontraba a su paso. Yo no le hice caso. Me concentré en Nia.
Primero, le limpié la frente con un trapo que mojé en el río frío, frotándole también las muñecas, las ingles, el cuello —los puntos donde la sangre pasa más cerca de la piel, para bajar la temperatura rápido, lo que nos habían enseñado en el primer año de medicina. Mara quiso pararme, creyendo que le hacía daño, pero Kael le agarró el brazo y le dijo que me dejara.
Luego abrí el botiquín. Saqué un sobre de paracetamol efervescente que me quedaba de la última gripe, una jeringa sin aguja para darle líquido sin que se ahogara, y un tubo de suero oral en polvo que siempre llevaba por si había deshidratación en la guardia. Todos miraron los objetos extraños, brillantes, de plástico, como si fueran reliquias mágicas.
—¿Qué es eso? —preguntó Lira, inclinándose para ver mejor, la curiosidad venciendo al miedo.
—Medicina —dije, mezclando el polvo con un poco de agua fría en un cuenco limpio—. De mi mundo. No duele. Ayuda a bajar el fuego.
Le di de beber poco a poco, con la jeringa sin aguja, gota a gota, para que no lo escupiera ni se ahogara con la tos. Ella se resistió al principio, moviendo la cabeza, pero luego se tragó todo, tosiendo un poco. Seguí mojándole la frente cada cinco minutos. Le hablé bajito, contándole otra historia de Seúl, de los perros callejeros que comían ramyeon en la puerta de mi edificio, para que se quedara tranquila.
Pasó la noche. Nadie durmió. Todos se quedaron alrededor, mirando. Mara no se movió ni un centímetro de su lado. Rian volvió una hora después, se quedó parado en la sombra de un árbol, sin acercarse, pero sin irse tampoco. Lira me ayudó a traer agua fresca del río cada rato, sin preguntar nada, solo haciendo lo que le decía. Kael puso más leña en el fuego, para que no tuviéramos frío. Gorn se sentó cerca, observándome trabajar, con esa sonrisa suya de quien siempre lo sabe todo.
Yo no paré ni un minuto. Cada hora le tomaba la temperatura con la mano —no tenía termómetro, pero había aprendido a calcularla más o menos bien en las guardias—, le daba más líquido, le cambiaba los paños mojados. Cuando el sol empezó a salir por detrás de las montañas, mis ojos me ardían de no dormir, mis piernas me temblaban de cansancio, y ya no sabía si el medicamento iba a funcionar o si yo también iba a terminar en el río por haber prometido lo imposible.
Eran las siete de la mañana. El sol entraba dorado en la entrada de la cueva, iluminando su carita. Tosería una vez, suavecito, luego miró a su madre, que la miraba como si estuviera viendo un milagro, y luego me buscó a mí con la mirada.
Me sonrió. Una sonrisa pequeña, débil, pero real.
—Tengo hambre —susurró, con la voz ronca.
Mara soltó un sollozo, la apretó contra su pecho con fuerza, llorando de verdad esta vez, sin importarle que nadie la viera. Kael cerró los ojos y suspiró, aliviado. Lira se tapó la boca con la mano, y yo vi una lágrima de felicidad rodar por su mejilla. Gorn sonrió, asintiendo, como diciendo te lo dije.
De la sombra del árbol, Rian salió despacio. Se acercó hasta nosotros, miró a Nia viva, luego me miró a mí. No dijo nada. No se disculpó por lo que me había dicho dos días antes. Pero asintió una sola vez, corto, seco, como diciendo esta vez te lo debo. Luego se dio la vuelta y se fue a cortar leña, solo, sin que nadie le pidiera nada.
Un rato después, Turi —el chico callado, el que nunca hablaba, el que casi no me había mirado en toda la semana— se acercó a mí donde yo estaba sentado en una piedra, recuperando el aliento. Tenía la mano cerrada, escondiendo algo. Me la extendió.
Era un pequeño colgante, tallado en un trozo de asta de ciervo, con la forma de un lobo pequeño.
—Para que te proteja —dijo, en voz bajísima, casi un susurro, antes de irse corriendo a ayudar a su hermano, antes de que yo pudiera darle las gracias.
Me quedé mirando el colgante en la palma de mi mano. Era tosco, mal hecho, nada que se vendiera en ninguna joyería de Seúl. Pero era lo más bonito que nadie me había dado nunca.
Se puso el sol de ese día, cerrando la primera luna. Me quedé sentado fuera de la cueva, mirando el valle, el colgante de lobo colgando de mi cuello, el botiquín medio vacío a mi lado. Había fracasado en todo: leña, caza, agua, cestas. Era el peor sobreviviente de la historia de la humanidad.
Pero había salvado a Nia.
Y por primera vez desde que caí por esa azotea, no sentí que fuera un extraño que iban a devolver al río en cualquier momento. Sentí que, tal vez, con suerte, con mucho trabajo y con mi estúpido conocimiento de medicina que nadie en este mundo tenía… tal vez podía quedarme.
Adentro, se escuchaba a Nia riendo, contándole a Mara cómo yo le había hablado de las luces que volaban en el cielo. Rian reía de algo que había dicho Turi. Lira salió en ese momento, con dos trozos de carne asada en un palo, me dio uno y se sentó a mi lado, sin hablar, mirando las primeras estrellas salir.
Quedaban seis lunas.
Todavía me esperaban muchos fracasos. Muchos errores. Muchas veces en que me preguntaría si valía la pena seguir.
Pero en ese momento, comiendo carne caliente al lado de la chica de los ojos grandes que no me odiaba, escuchando las risas de la familia adentro, tocando el colgante de lobo en mi cuello… por primera vez, no quería volver a casa.
No todavía.
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**Fin del Capítulo 2**