Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 7
—Todo lo que encontrará aquí ha sido verificado.
Mi mirada permaneció fija sobre aquel sobre durante varios segundos. Mientras siguiera cerrado, todavía podía fingir que mi matrimonio continuaba siendo el mismo, que todo aquello no era más que una cadena de sospechas alimentadas por mis inseguridades. Pero las ilusiones tienen un límite, y el mío terminaba exactamente allí.
Lo abrí con manos sorprendentemente firmes.
La primera fotografía mostraba a Lucan saliendo de una cafetería elegante ubicada en el centro financiero de la ciudad. La observé unos segundos sin comprender qué debía encontrar en ella. Pasé a la siguiente. Lucan estaba sentado frente a una mujer. Solo podía verla de perfil. Algo en aquella silueta despertó una sensación incómoda, como si mi memoria intentara advertirme de algo que todavía era incapaz de reconocer. Continué pasando las fotografías. En la tercera imagen ambos reían. Lucan la miraba con una calidez que hacía muchísimo tiempo había desaparecido de sus ojos cada vez que me observaba a mí.
Entonces la mujer giró ligeramente el rostro en la siguiente imagen y el mundo dejó de girar.
"No...Ella no."
Parpadeé varias veces convencida de que mis ojos me estaban engañando. Acerqué la fotografía, luego la alejé un poco y volví a mirarla. Busqué desesperadamente cualquier detalle que demostrara que estaba equivocada: un gesto diferente, un lunar inexistente, cualquier cosa que me permitiera convencerme de que no era ella. Pero no la había.
Era Alessa, su primer amor. La mujer de la que Lucan me había hablado una sola vez con una serenidad que jamás despertó mis inseguridades, me mostró una fotografía suya y me dijo.
"Terminó hace mucho. Le deseo lo mejor, pero eso pertenece al pasado."
Recordaba aquellas palabras con absoluta claridad. Las había creído porque nunca tuve razones para hacer otra cosa. Seguí observando las fotografías. En una caminaban juntos por la acera, completamente ajenos al resto del mundo. En otra, Lucan apartaba con delicadeza un mechón de cabello del rostro de Alessa.
Mi respiración se cortó, ese gesto, lo había hecho conmigo cientos de veces. Una tarde, mientras preparábamos la cena, le pregunté por qué siempre acomodaba mi cabello detrás de la oreja. Él había sonreído antes de responder.
"Es una manía. Siempre termino haciéndolo con la persona que amo."
Las palabras regresaron a mi memoria con una claridad insoportable. Sentí que el aire abandonaba lentamente mis pulmones, pasé la última fotografía, no quería verla, pero aun así lo hice.
Lucan la estaba besando, no era un beso impulsivo, no era un error, no era una despedida, era el beso de un hombre que conocía perfectamente a la mujer que tenía delante y que llevaba demasiado tiempo deseando volver a besarla.
El despacho quedó completamente en silencio, no lloré, ni siquiera fui capaz de hacerlo. Solo permanecí inmóvil, sosteniendo aquellas fotografías mientras sentía que alguien arrancaba, una por una, todas las ilusiones sobre las que había construido mi matrimonio.
El señor Álvarez habló con cautela.
—¿La conoce?
Tardé varios segundos en responder.
—Sí...—Mi voz apenas era un susurro. — Es Alessa.—Hice una breve pausa antes de continuar. —Su exnovia.—Volví a bajar la mirada hacia las fotografías. —La mujer de la que me aseguró que nunca volvería a formar parte de su vida.
El investigador no añadió nada, no hacía falta, la verdad ya estaba completamente expuesta sobre aquella mesa. Guardé lentamente las fotografías dentro del sobre y me puse de pie. Durante un instante pensé que mis piernas dejarían de responder, pero conseguí mantenerme firme.
—Gracias por su trabajo.
Él también se levantó.
—Lamento sinceramente que el resultado haya sido este.
Asentí con una pequeña inclinación de cabeza antes de abandonar el despacho, me acerque a su secretaria, pague lo acordado y luego salí de aquel lugar sintiéndome con un peso encima, como si cada paso costará más que el anterior.
La ciudad seguía exactamente igual que el día anterior. Los automóviles continuaban avanzando, la gente caminaba deprisa por las aceras y el mundo parecía ignorar que el mío acababa de derrumbarse. Me senté dentro del automóvil y apoyé ambas manos sobre el volante. No podía conducir. No todavía.
Tomé el teléfono, solo marqué un nombre.. Karol, me contestó al segundo tono.
—¿Nae?
No tuve fuerzas para decir nada más que dos palabras.
—¿Puedes venir?
No hizo preguntas, nunca las hacía cuando sabía que yo necesitaba algo.
—Voy para allá.
Media hora después estaba sentada en un pequeño salón privado de una cafetería cercana. Sabía que era incapaz de regresar a la oficina fingiendo que todo seguía igual. Karol llegó casi corriendo. Apenas me vio, comprendió que la respuesta había llegado. Se sentó frente a mí y sus ojos descendieron inmediatamente hacia el sobre que descansaba sobre la mesa. No preguntó qué había ocurrido. Solo esperó, simplemente lo empujé lentamente hacia ella.
—Míralo.
Lo abrió en silencio. Fue pasando las fotografías una por una. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo la indignación iba reemplazando poco a poco la preocupación con la que había llegado. Cuando alcanzó la última imagen, cerró el sobre con un movimiento lento y respiró profundamente.
Permanecimos varios segundos sin hablar, finalmente levantó la vista.
—Es ella...
Asentí despacio.
—Alessa.
Pronunciar su nombre dejó un vacío inmenso dentro de mí.
—Nunca fue una desconocida. Siempre supe que había existido. Lo que jamás imaginé... fue que volvería.
Karol permaneció callada unos instantes, después habló con una tristeza que me conmovió.
—Siempre pensé que, si algún día alguien te rompía el corazón, ibas a llorar, gritar... o romper algo.
Una sonrisa cansada apareció en mis labios.
—Yo también lo pensé.—Bajé la mirada hacia mis manos.—Pero ahora... solo estoy cansada. No cansada físicamente. Sino de intentar sostener un matrimonio que llevaba demasiado tiempo cayéndose a pedazos mientras yo seguía fingiendo que todavía podía salvarse.
Karol estiró la mano y tomó la mía con suavidad.
—¿Qué vas a hacer?
Por primera vez desde que había salido del despacho del señor Álvarez tuve completamente clara la respuesta, no levanté la voz, no lloré, no sentí deseos de vengarme, solo comprendí que ya no quería seguir viviendo una mentira, la miré directamente a los ojos.
—Quiero que redactes los papeles de divorcio lo antes posible.
Karol sostuvo mi mirada durante unos segundos, entonces, para mi sorpresa, una pequeña sonrisa apareció en su rostro, metió la mano dentro de su bolso, sacó un sobre color crema, lo dejó cuidadosamente frente a mí.
—Esperaba que me pidieras eso.
Fruncí ligeramente el ceño, ella sonrió con esa mezcla de ternura y orgullo que solo una verdadera amiga puede tener.
—Ayer, después de salir de tu oficina... llamé a un abogado de confianza.
Empujó el sobre hacia mí.
—Conociéndote, sabía que, si la verdad era esta, no ibas a pedir una segunda oportunidad.—Hizo una breve pausa.—Ibas a pedir tu libertad.
Bajé lentamente la mirada hacia aquel sobre. Por primera vez desde que había descubierto la verdad, comprendí que todavía había alguien que seguía creyendo en mí. Y, curiosamente, esa persona no era el hombre con el que había compartido mi vida, sino la mujer que jamás permitió que olvidara quién era.
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