La Diosa del Veneno : Madrastra Fatal.
Una asesina letal del siglo XXV, Expertas en venenos y curaciones, muere perseguida y despierta en la época antigua, en un mundo antiguo lleno de prejuicios y abusos. Decidida a sobrevivir, rehacerse y proteger a los cuatro hijos que la otra vida dejó a su cargo, rompe todas las reglas: castiga la crueldad con su propia medicina, se gana el respeto con hechos y construye su propio destino. Una historia de fuerza, justicia y transformación, donde la "mujer débil" se convierte en la ley que nadie se atreve a desafiar.
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Capítulo 23:Un Velo Rojo
Me volví hacia Lucas, poniendo ambas manos sobre sus hombros. Lo miré a los ojos y vi en ellos algo que siempre había intuido: nobleza, bondad, un sentido de justicia que superaba su edad.
— Eres es el verdadero Príncipe Heredero —le dije con gravedad—. Hijo del Príncipe legítimo; el usurpador ocupa su lugar. Te he preparado para gobernar con justicia y sabiduría. Cuando llegue el momento, el trono será suyo. ¿Entendido?
—Entendido, madre —respondió él con firmeza—. Seré un gran monarca. La protegeré a usted y a todos.
Luego di las órdenes finales:
—Diez irán con mi madre a la mansión del General Protector para protegerla. Otras diez se infiltrarán en el palacio como sirvientas y vigilarán cada movimiento. Las diez restantes se quedarán conmigo en la residencia del Príncipe Regente. Ninguna se confiará. Ninguna bajará la guardia.
Víctor envió su decreto por encima de la voluntad del Emperador: que anunciaba nuestra boda ante todo el pueblo. Mandó el vestido —de un rojo intenso como la sangre—, el velo del mismo color y un palanquín escoltado por sus hombres más leales. La noticia recorrió la ciudad como fuego: el Príncipe Regente se casaría. La gente se reunió en la entrada principal, miles de almas esperando ver quién era la mujer que caminaría a su lado.
El Emperador apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Su poder, que creía absoluto, se resquebrajaba ante sus ojos.
—¿Cómo se atreve? —rugió—. Nadie está por encima de mí.
Pero nadie se atrevió a responderle.
Horas después, el palanquín apareció al final del camino. Avanzaba con solemnidad, y cuando se detuvo, descendí vestida de rojo, el velo cubriéndome parte del rostro. Víctor salió a mi encuentro, me tomó la mano y la besó suavemente.
—Isabella —dijo con voz que todos pudieron escuchar—, la acepto como mi Princesa Consorte. Juro amarla y respetarla.
Lo miré a los ojos, consciente de la verdad que solo nosotros compartíamos:
—Víctor —respondí con claridad—, acepto ser su Princesa Consorte. Aunque sé que nuestro matrimonio es, en esencia, un contrato.
En ese instante, una flecha surcó el aire dirigida hacia mí. Sin pensarlo, me elevé en un salto que pareció desafiar la gravedad, esquivándola por milímetros. Al mismo tiempo, una banda de asesinos salió de entre la multitud, armados y decididos a acabar con nosotros.
Víctor desenvainó su espada y se interpuso entre ellos y yo, bloqueando un golpe que venía por la espalda y derribando a un hombre con un movimiento rápido y preciso. Yo saqué mis agujas. Juntos nos abalanzamos sobre ellos: dos máquinas de combate perfectamente sincronizadas, él el muro de acero, yo la sombra letal. Cayeron uno tras otro, antes de que pudieran acercarse. La sangre manchó nuestras ropas, pero no flaqueamos. Cuando el último asesino cayó, nos miramos, y sin decir palabra, continuamos caminando entre los cuerpos, hacia la puerta de la ciudad, mientras el pueblo guardaba silencio, asombrado y aterrorizado a la vez.
En la habitación más alta del palacio, la Emperatriz Viuda escuchó lo ocurrido y arrojó un vaso de cristal contra el muro, haciéndolo añicos.
—Maldición —escupió—. Esa mujer es experta en artes marciales… y según me informan, es la hija del General Protector. Tiene incluso mayor destreza que su padre. Si se unen, mi fin está cerca. El trono será de mio … y de nadie más.
Se giró hacia la sombra junto a la ventana, donde una figura encapuchada permanecía inmóvil. La postura era rígida, las manos apretadas y soltadas rítmicamente a los costados; bajo la capucha, unos ojos oscuros e inquietantes la observaban sin pestañear.
—Dime —ordenó con voz cortante—, ¿Tienes listo el siguiente paso?
La figura dio un paso adelante, pero no respondió de inmediato.
—Todo está en su lugar, Majestad —dijo la voz, suave y peligrosa—. Sin embargo… hay algo que debe saber. Alguien más ha estado moviendo las fichas desde mucho antes que nosotras. Y esa persona… no desea que el trono sea de nadie.
La Emperatriz Viuda palideció, pero antes de poder preguntar quién era, la puerta se abrió de golpe. Un mensajero entró sin aliento, con un pergamino en la mano y el rostro desencajado por el terror.
—Majestad… —tartamudeó—. Acaban de encontrar algo en la cámara secreta del sótano. Algo que ha estado allí desde antes de que el Príncipe Regente desapareciera.
Extendió el pergamino. La Emperatriz lo tomó con manos temblorosas. Al leer la primera línea, sus piernas flaquearon. Firmado con la misma flor negra que habían hallado sobre cada una de las víctimas del palacio, dibujada con tinta que parecía húmeda a pesar de los años, decía:
«El trono ha estado vacío demasiado tiempo. Y ninguno de ustedes es el verdadero dueño. Pronto sabrán quién ha venido a reclamar lo suyo».