Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
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Capítulo 21
021. Vale será mi esposa y tu cuñada
El rostro de Alejandro se enfrió.
—Terminaron hace tiempo. Ahora es su exnovio.
—¿Y no te importa? —preguntó Julián.
—Todos tenemos un pasado.
Alejandro jugó otra carta y le lanzó una mirada fría.
—¿Tú nunca has tenido novia?
Julián se tocó la nariz.
—Sí, pero tú no. Ella es tu primer amor y tú no eres el suyo. ¿De verdad no te importa?
—No.
La ternura le llenó los ojos oscuros.
—Con poder estar con ella, ya me siento afortunado.
—Vaya enamorado —comentó Adrián, riéndose.
Cuando acabaron la partida, Alejandro miró el reloj y se levantó.
—Ya es hora. Vamos.
Aquella noche había organizado una cena para darle la bienvenida a Valentina.
***
Bajo las luces deslumbrantes de neón, un Bentley azul se detuvo despacio frente al hotel de cinco estrellas más lujoso de Santa Lucía. La brisa nocturna traía un ligero frío. Valentina abrió la puerta y bajó.
—¡Vale, aquí!
Natalia la saludaba desde la entrada con una sonrisa. Se apresuró a acercarse, seguida de Mariana, su otra mejor amiga. Valentina fue a su encuentro sobre sus tacones de piel de cordero.
—Nati, Mariana. Ya llegaron.
—¿Por fin te dignaste a volver? —Mariana hizo un puchero y la miró de reojo, fingiendo enojo—. Pensé que te habías olvidado de nosotras.
Valentina sonrió hasta curvar los ojos.
—Volví porque las extrañaba. ¿O no soy bienvenida?
—Ya. Tú y tus palabras bonitas.
Natalia se enlazó con cariño a su brazo, también sonriente.
—Mariana habla de ti todos los días. Es la primera que está feliz de que hayas vuelto.
Una de sus amigas era tranquila, dulce y educada; la otra, ingeniosa, inquieta y extrovertida. Natalia continuó:
—Qué bueno que vas a comprometerte con Alejandro.
Mariana la miró con cierta preocupación.
—Vale, ¿tú… de verdad quieres?
Valentina le dio un golpecito con el dedo en la frente, sonriendo.
—¿Qué estás pensando? Si yo no quisiera, ¿quién iba a obligarme?
Las dos sabían que había tenido un novio en Puerto Azul, aunque nunca se los había presentado. En aquellos tres años les había contado de vez en cuando cosas de su relación, pero no les había hablado de la ruptura.
—¿Entonces ya le dijiste a Gabriel que terminaron? —preguntó Natalia.
—Sí. Lo bloqueé por todas partes. Debería entender lo que significa.
Mariana ladeó la cabeza.
—¿Qué te hizo cambiar de idea tan de repente?
Un destello de burla cruzó los ojos de Valentina.
—Me tenía de sustituta.
—¿Qué? —Mariana se quedó pasmada—. ¡Ese perro! ¿Con quién se cree que está tratando? ¡Con lo que vale nuestra Vale! ¡Está ciego!
Natalia también se enfureció.
—¡Bien hecho! ¡Ese hombre no está a tu altura!
En los ojos de Valentina, suaves como el agua de otoño, no había emoción alguna.
—Ya quedó atrás. No hablemos de eso. Vamos arriba. Alejandro y los demás ya están esperando.
Entraron al hotel. La persona a cargo salió a recibirlas y guiarlas personalmente.
—Señorita Robles, señorita Cruz, señorita Salazar, síganme, por favor.
Las llevó a un salón privado del restaurante de cocina local, en el cuarto piso. Les abrió la puerta con una inclinación.
—Adelante.
Era principios de octubre y en Santa Lucía empezaba a bajar la temperatura. Hacía algo de frío. Valentina llevaba una gabardina ligera color marfil sobre una blusa clara y botas de tacón de caña media, de piel de cordero. Los rizos ondulados le caían sueltos sobre los hombros. Se veía serena, intelectual, con un aire más maduro.
Julián fue el primero en acercarse.
—Vale, por fin llegas. Tres años sin verte y estás mucho más bonita.
Mariana puso los ojos en blanco.
—Julián, ¿puedes dejar de ser tan empalagoso?
Él chasqueó la lengua, fingiendo disgusto.
—¿Así se habla? ¿Cómo que empalagoso? Eso se llama tener habilidades sociales y saber qué decir.
—Qué aburrido eres.
Mariana tomó a Valentina y la llevó hacia dentro.
—Vamos, Vale. No le hagas caso.
Natalia se sentó obedientemente al lado de Adrián.
—Hermano.
Él respondió con un «sí» y una leve inclinación de cabeza. Valentina se sentó junto a Alejandro.
—Perdón por hacerte esperar.
—No. También acabamos de llegar —respondió él con dulzura.
Luego dirigió la vista a una joven que estaba a un lado.
—¿No vas a saludar?
Había un ligero reproche en su voz. La joven hizo una mueca y habló de mala gana.
—Hola, señorita Robles.
Alejandro la miró con frialdad y frunció el ceño. Valentina inclinó un poco la cabeza, con una duda en sus ojos almendrados.
—¿Quién es?
—Mi hermana, Daniela Ibarra.
El tono de Alejandro era frío. Así que aquella era Daniela, la hija adoptiva de los Ferrer. Valentina había oído hablar de ella, pero nunca la había visto. No había crecido en la casa familiar y unos años atrás la habían enviado a estudiar al extranjero. No sabía cuándo había vuelto.
—Daniela, Vale será mi esposa. Es tu futura cuñada. ¿Así la saludas?
Un brillo helado apareció en los ojos de Alejandro. Su voz grave imponía autoridad.
—¿Quién te enseñó a comportarte así?
—Perdón, hermano —se disculpó ella enseguida.
—¿A quién tienes que pedirle perdón?
Él entornó los ojos. La tensión a su alrededor pareció enfriar el ambiente. Daniela se volvió hacia Valentina.
—Cuñada, perdón.
La disculpa sonó bastante sincera. Valentina agitó las manos. Un destello de incomodidad le cruzó el rostro.
—No pasa nada. Somos familia. No hace falta tanta formalidad.
Qué mal empezaba aquel primer encuentro. Después de todo, iban a ser cuñadas. Miró a Alejandro con sus ojos claros y suaves.
—No seas tan duro con ella.
La frialdad desapareció de la mirada de él casi al instante. Le dedicó una pequeña sonrisa.
—Está bien.
Daniela lo vio todo. Bajo la mesa, apretó la mano en un puño.
—Señorita Ibarra, tiene muy mala cara —comentó Mariana con exagerada seriedad—. ¿Quiere que mande a alguien para llevarla al hospital?
Daniela recompuso su expresión.
—No hace falta —respondió, fría.
Mariana puso los ojos en blanco, soltó una risita desdeñosa y masculló entre dientes:
—Qué falsa.
Nunca había tratado con ella, pero su sexto sentido le decía que Daniela no era alguien con quien se pudiera bajar la guardia. Su hostilidad hacia Valentina era evidente.
Los demás no oyeron sus murmullos. Julián, sentado justo a su lado, sí los escuchó perfectamente. Debajo de la mesa le dio un leve pellizco en el brazo.
—No hagas eso. Al fin y al cabo, es la hermana de Alejandro. Guarda un poco las formas.
Mariana sintió el dolor, giró bruscamente la cabeza y lo fulminó con la mirada. A la vez, le agarró con fuerza la carne del brazo y la pellizcó. Si alguien se la hacía, ella se la devolvía en el acto.
—Vuélveme a pellizcar, a ver si te atreves —dijo entre dientes, con los ojos feroces.
Julián se puso a gritar de dolor.
—¡Ya, ya! ¡Me equivoqué! ¡Mi reina, suelta! ¡Estás matando a tu hermano!
En ese momento, alguien abrió la puerta y entró.
—Perdón. Había tráfico y se me hizo tarde.