Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.
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Capítulo 3: El precio del desprecio
El bajo retumbaba contra las paredes de terciopelo y hormigón de Vértigo, haciendo vibrar las copas de cristal en las mesas reservadas.
Para quien la cruzara en los pasillos tenuemente iluminados del club más exclusivo de la ciudad, la mujer que avanzaba con paso firme no tenía nada que ver con los pasillos asépticos de un hospital ni con el olor a reactivos químicos. Elena llevaba un vestido de seda en tono esmeralda oscuro, ceñido a una cintura diminuta y con una espalda descubierta que dejaba a la vista una piel de porcelana impecable. Los años de encierro académico y las largas noches de guardia no habían marchitado su figura; la habían esculpido en una silueta estilizada, elegante y de proporciones letales. Sin las gafas gruesas, sus ojos verdes rasgados destacaban bajo pestañas oscuras, y su melena dorada caía en ondas sueltas y sedosas que rozaban sus hombros.
—Te dije que los libros te estaban robando el brillo —le gritó Lucía al oído, sonriendo con orgullo de abogada y amiga mientras se abrían paso hacia la barra privada—. Tienes a medio salón babeando, doctora.
Elena sonrió con cierta timidez, todavía desacostumbrada a los tacones altos y a las miradas masculinas que la devoraban sin disimulo. En su mente no había vanidad; solo una ilusión latiendo con fuerza. Había ido al departamento matrimonial esa misma tarde con la intención de instalarse, pero las sábanas cubiertas de plástico y el polvo acumulado le confirmaron lo que el mayordomo de la torre le confesó con lástima: Alexander jamás dormía allí. Residía en su ático privado en el distrito financiero.
Había decidido que el lunes se presentaría en su corporativo. Sin intermediarios, sin lutos agobiantes. Le mostraría quién era ahora, hablarían de la droguería y, con el tiempo y la paciencia que siempre le tuvo, derribaría ese muro de hielo.
—Voy al tocador a retocarme el lápiz labial —le dijo Elena a su amiga—. Pide dos copas de champaña.
Elena caminó por el corredor que conectaba la zona VIP con las terrazas privadas. El aire allí era más fresco y la música quedaba amortiguada tras gruesos paneles acústicos. Estaba a punto de cruzar el arco de acceso cuando una risa conocida, grave y cargada de una seguridad casi insolente, la detuvo en seco.
El corazón se le desbocó contra las costillas. Reconocería esa voz en medio de un bombardeo.
Alexander estaba de pie junto a la barandilla de cristal de un reservado privado, sosteniendo un vaso de whisky en la mano. Vestía un traje a medida sin corbata, la camisa entreabierta en el cuello y esa aura de poder intocable que siempre lo acompañaba. A su alrededor, tres ejecutivos de su círculo más íntimo y un par de modelos de pasarela reían con complicidad.
—Vamos, Alexander, no te hagas el misterioso —decía uno de los hombres, dándole un codazo burlón—. En el club de golf todos dicen que tu padre te obligó a pasar por el registro civil hace unos meses. ¿Es verdad que el gran tiburón del aire ahora está atado?
Alexander dio un trago lento a su vaso, con una sonrisa ladeada cargada de desdén.
—¿Atado yo? Por favor, Julián. Sabes perfectamente cómo funciona mi familia con los códigos de honor rancios. Mi padre tenía una deuda moral que saldar y la forma más rápida de blindar los activos de esa pequeña droguería contra las adquisiciones hostiles era poner mi apellido en un papel.
—¿Y la afortunada? —preguntó una de las mujeres con voz melosa, acariciándole la solapa del saco a Alexander—. Debe ser una mujer fascinante para que hayas aceptado.
Alexander soltó una carcajada seca, genuinamente divertida.
—¿Fascinante? Es la hija de los botánicos. Un palo de escoba desgarbado, con anteojos de fondo de botella y la gracia de una piedra. Pasó de hablarme de raíces podridas en una isla a pasarse el día entre tubos de ensayo. Es un ratón de laboratorio, flaca, sin cuerpo y sin una gota de encanto.
Las risas estallaron en el grupo.
—¿O sea que no hubo noche de bodas? —bromeó otro de los amigos entre carcajadas.
—Ni ebrio tocaría a esa niña —sentenció Alexander, sacudiendo el hielo de su copa con frialdad implacable—. Le dejé un departamento vacío para que juegue a ser rica mientras termina su carrera. En cuanto se gradúe y tome posesión formal de su empresa, le tiro el divorcio en la cara y me saco de encima esa molestia. Solo firmé para cumplir con mi padre; para mí, no existe.
En la penumbra del pasillo, oculta tras una columna decorativa, Elena no se movió.
No derramó una sola lágrima. El aire no le faltó. Fue algo mucho más profundo y definitivo: un chasquido frío y silencioso en el centro de su pecho. Diez años de recuerdos, de miradas guardadas en la memoria, de esperanzas infantiles y del amor ciego que había sobrevivido a la selva y a la soledad, se pulverizaron en un segundo bajo el peso de esas palabras crueles.
El muchacho arrogante que ella creía haber salvado en la cueva no existía. Solo había un hombre vanidoso, despiadado y hueco.
Elena dio media vuelta con una calma aterradora. Sus tacones resonaron firmes sobre el piso pulido mientras regresaba a la barra. Cuando Lucía la vio llegar, notó de inmediato la mutación: los ojos verdes de Elena ya no eran tímidos; eran dos témpanos de hielo ardiendo con un orgullo implacable.
—Lucía —dijo Elena, con una voz tan serena que cortaba la respiración—. Mañana a primera hora vas a preparar una demanda.
—¿Qué? ¿De qué hablas?
—Demanda de divorcio exprés. Causal: no consumación del matrimonio.
Lucía abrió los ojos de par en par, perpleja.
—Elena... ¿estás segura? Dijiste que querías hablar con él el lunes, que lo amabas desde...
—El lunes hablaré con él a través de ti —cortó Elena, tomando la copa de champaña de un solo trago y dejando el cristal sobre la barra con un golpe seco—. Ya no amo a nadie. Prepara los papeles.
El lunes por la mañana, en el piso cincuenta y cuatro de la torre corporativa del conglomerado aeronáutico, Alexander revisaba los balances de adquisición de una nueva ruta transatlántica cuando las puertas de caoba de su despacho se abrieron sin previo aviso.
Su secretaria intentó balbucear una disculpa, pero Lucía Álvarez ya estaba dentro, vestida con un impecable traje gris marengo y un portafolios de cuero bajo el brazo.
—Señor Foster —saludó Lucía con profesionalismo glacial.
Alexander levantó la vista con el ceño fruncido, molesto por la interrupción.
—No tengo ninguna reunión programada con el departamento legal a esta hora.
—No vengo de parte de su departamento legal. Vengo en representación de su esposa, Elena —respondió Lucía, avanzando dos pasos y arrojando una carpeta blanca sobre el impoluto escritorio de cristal.
Alexander arqueó una ceja, incrédulo.
—¿Elena? ¿Le pasó algo a la droguería? Si necesita fondos adicionales, que hable con mi gestor de cuentas, no tengo tiempo para...
—Su esposa no necesita su dinero, señor Foster. Necesita su firma —interrumpió Lucía, abriendo la primera página de la carpeta—. Es una notificación formal de divorcio exprés de mutuo acuerdo. La causal invocada es la no consumación del vínculo conyugal.
Por un segundo, la oficina quedó en un silencio sepulcral. Alexander miró el documento, leyó el encabezado con el membrete judicial y luego miró a la abogada.
Una carcajada sonora, limpia y despectiva brotó de su garganta.
—¿Un divorcio exprés? ¿Alegando no consumación? —se mofó él, recostándose en su sillón de piel italiana mientras negaba con la cabeza—. Vaya, parece que el ratón de laboratorio tiene agallas después de todo. ¿Se cansó de esperar que fuera a visitarla?
—Tiene una audiencia de ratificación fijada para mañana a las diez en el Juzgado de Familia —dijo Lucía sin inmutarse ante la burla—. Si firma, el proceso quedará sellado en veinte minutos. Su libertad intacta, sin división de bienes ni reclamos compensatorios.
Alexander dejó de reír, aunque una sonrisa de triunfo arrogante siguió curvando sus labios. Esto era incluso mejor de lo que esperaba: ella misma le estaba entregando la salida sin que él tuviera que discutir con su padre ni lidiar con escándalos de prensa.
—Dile a tu clienta que estaré allí a las diez en punto. Con gusto le firmo la libertad. No veo la hora de sacarme este estorbo de encima.
El martes por la mañana, los pasillos del Juzgado de Familia estaban abarrotados de murmullos y el eco de expedientes arrastrados.
Alexander llegó impecable: traje azul marino hecho a medida, reloj de platino y dos abogados corporativos custodiándolo como escoltas. Estaba impaciente. Para él, aquello era un trámite menor, una molestia administrativa que resolvería antes de su almuerzo con el ministro de transporte.
Al entrar a la sala de audiencias, vio la figura sentada en el extremo opuesto de la mesa.
Allí estaba ella.
Llevaba un suéter de lana marrón tres tallas más grande, unos pantalones holgados y descoloridos que ocultaban por completo cualquier rastro de cintura y unos pesados zapatos de suela plana. Su cabello rubio estaba atado en un rodete mal hecho del que escapaban mechones sin forma, y sobre su nariz descansaban los mismos anteojos oscuros y gruesos de marco tosco. Mantenía la cabeza baja, hojeando una copia del acta con los dedos quietos.
Alexander soltó un bufido despectivo por lo bajo, sentándose en su lado de la mesa sin siquiera molestarse en saludarla.
Sigue siendo exactamente el mismo desastre sin gracia, pensó con autosuficiencia.
El juez ingresó, revisó los términos con rapidez burocrática y constató que no existían bienes conyugales en litigio ni hijos en común, y que ambas partes renunciaban expresamente a cualquier pensión alimentaria o resarcimiento económico.
—Habiéndose ratificado la causal de no cohabitación y falta de consumación, solo resta la firma definitiva de ambas partes —anunció el magistrado, deslizando los dos tantos del documento hacia el centro de la mesa.
Alexander tomó su estilográfica de oro. Firmó con un trazo rápido, agresivo y seguro. Empujó el papel hacia ella con una mirada cargada de condescendencia.
—Espero que sepas lo que haces, Elena —murmuró con voz baja, lo bastante cerca para que solo ella lo escuchara—. Afuera del paraguas de mi apellido, el mundo empresarial no tiene piedad con los débiles.
Elena no respondió. No levantó la mirada ni dejó que sus ojos se cruzaran con los de él. Tomó la pluma y firmó con una caligrafía limpia, firme y perfecta.
—Queda disuelto el vínculo conyugal —declaró el juez, estampando el sello oficial—. Que tengan buen día.
Alexander se puso de pie de inmediato, abotonándose el saco con gesto triunfal.
—Señor Foster, debemos revisar las actas notariales en la secretaría para registrar la desvinculación comercial —le indicó su abogado principal.
—Hazlo tú. Yo te espero en el vestíbulo principal, no soporto el olor a humedad de este edificio —respondió Alexander, saliendo de la sala a paso ligero.
Elena, en cambio, se levantó con calma, recogió su bolso y caminó en dirección opuesta hacia el baño de damas.
Diez minutos más tarde, Alexander esperaba impaciente en el vestíbulo de mármol del palacio de justicia, consultando la pantalla de su teléfono. A pocos metros, vio a Lucía Álvarez parada junto a las puertas de cristal de la salida, esperando a alguien con una carpeta bajo el brazo.
El sonido rítmico y afilado de unos tacones resonó contra el piso de mármol, acallando el murmullo de la sala.
Por instinto, Alexander levantó la vista. Y por primera vez en su vida, el aire se le quedó atorado en la garganta.
Una mujer acababa de salir del pasillo lateral. Llevaba una blusa de seda blanca sin mangas que dejaba al descubierto unos hombros delicados y un cuello largo y sensual, combinada con una falda tubo de tiro alto en color tabaco que abrazaba unas caderas perfectas y unas piernas interminables. Su melena rubia, completamente suelta, brillaba como oro líquido bajo las luces del techo, cayendo con un volumen majestuoso sobre su espalda. Los labios, pintados de un carmín intenso, dibujaban una calma absoluta; y sus ojos verdes, ahora completamente descubiertos y delineados con precisión, tenían el magnetismo salvaje de un felino.
Era una visión deslumbrante, de una sofisticación aplastante, una mujer que detenía el tráfico con el simple balanceo de su paso.
Varios abogados y empleados judiciales se quedaron congelados mirándola pasar. Alexander, con la boca ligeramente entreabierta y el pulso disparado sin previo aviso, la siguió con la mirada, cautivado por una belleza que jamás había visto en los círculos de la alta sociedad.
¿Quién demonios es esa mujer?, pensó, sintiendo un calor inexplicable subirle por el cuello.
La mujer caminó directamente hacia donde estaba la abogada Lucía.
Al llegar a su lado, Lucía le dedicó una sonrisa radiante, le entregó una copia sellada del expediente judicial y exclamó con una alegría deliberada que resonó en todo el vestíbulo:
—Aquí tienes, Elena. Al fin legalmente soltera.
El tiempo pareció detenerse de golpe.
El suelo bajo los pies de Alexander se abrió en un abismo negro.
¿Elena?
La mujer de seda blanca se giró levemente hacia la salida. Al hacerlo, su perfil quedó expuesto bajo la luz dorada de la mañana. Sus ojos verdes cruzaron la mirada de Alexander por una milésima de segundo. No había rencor en ellos, ni furia, ni el menor rastro de la adoración que una vez le tuvo. Había una indiferencia absoluta, gélida y letal; la mirada de quien contempla a un insecto insignificante aplastado en el asfalto.
Luego, le dedicó una levísima sonrisa de labios cerrados, cargada de una burla tan fina que le quemó la piel como ácido.
—Vámonos, Lucía —dijo Elena, con esa voz suave y melodiosa que él recordaba vagamente de la infancia, pero que ahora tenía la profundidad y la seguridad de una mujer en la cima del mundo—. Tengo una junta directiva en mi droguería en media hora y no pienso perder el tiempo con fantasmas del pasado.
Alexander se quedó petrificado, incapaz de mover un solo músculo. Sus dedos dejaron caer el teléfono móvil, que se estrelló contra el mármol con un golpe seco. La sangre le rugía en los oídos como una turbina en llamas.
La niña flaca. El ratón de laboratorio. Su esposa.
Para cuando su cerebro logró procesar la brutalidad del engaño y el eco de su propio desprecio le devolvió el golpe, las puertas de cristal ya se habían abierto. Elena cruzó el umbral, subió al asiento del conductor de un Porsche descapotable estacionado en la acera y encendió el motor.
Alexander reaccionó de pronto, abalanzándose hacia la salida como un demente, atropellando a dos personas en el camino.
—¡Elena! —gritó con la voz rota, empujando la puerta giratoria.
El rugido del motor alemán fue su única respuesta. El auto arrancó, dejando una estela de humo y perfume caro en el aire de la mañana, mientras el heredero del imperio de los cielos se quedaba solo en la acera, asfixiado por el peso atroz y demoledor del arrepentimiento.