El es abandonado por su alfa y encuentra refugio en otro
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Capitulo 23
Pero no todos tienen la misma suerte.
Félix llegó a su hogar arrastrando los pies, con el aliento cargado de alcohol y el traje desaliñado. La noche había sido un desastre. Evan lo había rechazado, lo había humillado, y el olor de ese maldito alfa, Caius, todavía impregnaba su ropa.
Abrió la puerta de la mansión y encontró las luces encendidas. Su esposa, Valentina, estaba en el vestíbulo con los brazos cruzados y el rostro tenso.
Era un Omega de cabello oscuro y ojos cansados, una mujer que había sido vendida por su familia para sellar el acuerdo entre los Rossi y los Delgado. Una pieza en el tablero, igual que Félix.
—¿Por qué llegas a esta hora? —preguntó Valentina, con la voz fría y el ceño fruncido—. Son casi las tres de la tarde
Félix soltó una risa amarga y pasó a su lado sin mirarla.
—Deja de molestar —murmuró, con el tono cansado y borde.
Pero Valentina no se rindió. Lo siguió por el pasillo hasta la sala, con la mirada fija en él, con el olfato entrenado para detectar mentiras.
—Hueles a Omega —dijo, y su voz cortó el silencio como un cuchillo—. Hueles a otro Omega.
Félix se detuvo en seco.
La tensión en sus hombros aumentó. Los dedos se le cerraron en puños. El alcohol en su sangre nublaba su juicio, y la rabia que había estado conteniendo toda la noche explotó.
Se giró con violencia.
—¡Te dije que dejes de molestar! —gritó.
Y sin pensar, sin control, levantó la mano y le asestó una bofetada tan fuerte que Valentina cayó al suelo con un golpe sordo.
El impacto resonó en la sala vacía.
Valentina quedó en el suelo, con la mejilla ardiendo y los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a derramar. Su mano temblorosa se llevó al rostro, sintiendo el calor de la marca que seguramente dejaría.
—No te metas en mis asuntos —dijo Félix, con la voz fría y peligrosa—. No sabes nada de mí.
Valentina lo miró desde el suelo. No había miedo en sus ojos. Solo una tristeza profunda, como si hubiera visto esa versión de él muchas veces antes.
—Sé más de lo que crees —respondió en voz baja, con un susurro cargado de dolor—. Sé que nunca me quisiste. Sé que solo soy un acuerdo. Sé que sigues enamorado de él.
Félix apretó la mandíbula.
—Cállate.
—No voy a callarme —dijo Valentina, levantándose lentamente, con la dignidad intacta a pesar de la humillación—. Soy tu esposa, Félix. Y aunque no me quieras, aunque me desprecies, merezco respeto.
Félix dio un paso adelante, levantando la mano de nuevo.
Pero Valentina no retrocedió.
—Golpéame —dijo, con la voz firme—. Golpéame si quieres. Pero eso no va a cambiar lo que eres. Un cobarde que no supo luchar por lo que amaba y ahora me culpas
La mano de Félix quedó suspendida en el aire.
Valentina sostuvo su mirada sin parpadear.
Y entonces, Félix bajó la mano.
—Vete —dijo, con la voz apagada—. No quiero verte.
Valentina no respondió. Se dio la vuelta y caminó hacia las escaleras con la espalda recta y los pasos firmes.
Cuando desapareció en el piso de arriba, Félix se dejó caer en el sofá, con el rostro entre las manos y el peso de la culpa aplastándolo.
Sabía que Valentina tenía razón.
Era un cobarde.
Y había perdido a la única persona que realmente había amado.
Pero no iba a rendirse.
No iba a dejar que Evan se escapara con otro.
Aunque tuviera que quemar el mundo entero, iba a recuperarlo.
A la mañana siguiente
Valentina con la mejilla aún inflamada y el corazón pesado. La marca de la bofetada de Félix se reflejaba en el espejo como un recordatorio de su realidad. No podía seguir así. No podía seguir viviendo en un matrimonio donde era invisible, donde solo era un objeto, un acuerdo firmado entre familias.
Tomó su bolso y salió de la mansión sin mirar atrás. Llegó a la casa de sus padres con la esperanza de encontrar apoyo, de escuchar que la entenderían, que la ayudarían a salir de esa situación.
Pero la realidad fue muy distinta.
Su padre la recibió con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Su madre, sentada en el sofá, apenas levantó la vista del libro que tenía entre las manos.
—Quiero el divorcio —dijo Valentina, con la voz firme pero temblorosa—. No puedo seguir con Félix. Me golpeó.
El silencio se hizo pesado.
Luego, su padre se levantó de su asiento con una lentitud que solo aumentó la tensión en el ambiente. Caminó hacia ella y, sin mediar palabra, le asestó una bofetada que la hizo tambalearse.
—¡Eres una ingrata! —gritó—. ¡Te casamos con una de las familias más poderosas de la ciudad y vienes aquí a quejarte!
Valentina se llevó la mano a la mejilla, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar.
—Me golpeó —repitió, con la voz quebrada.
—Y tú te lo buscaste —respondió su madre con indiferencia, sin levantar la vista del libro—. Así es la vida de un Omega, Valentina. Debes aprender a callar y obedecer. Si quieres armonía en tu matrimonio, deja de meterte en los asuntos de tu alfa. No preguntes, no reclames, solo acepta.
Valentina sintió que el mundo se le derrumbaba.
—¿Me están diciendo que me calle? —preguntó, incrédula—. ¿Que acepte que me golpee?
—Es tu esposo —dijo su padre, con la voz fría—. Tiene derecho a corregirte cuando te portas mal.
—No me porté mal —insistió Valentina, con la voz temblorosa—. Solo le pregunté por qué llegó tarde y por qué olía a otro Omega.
Su madre finalmente levantó la vista.
—Esa es la razón por la que te golpeó. Por metiche. Por no saber cuándo callar.
Valentina sintió que las lágrimas comenzaban a rodar por sus mejillas.
—Quiero el divorcio —dijo, con la voz apenas un susurro.
Su padre la miró con desprecio.
—Si te divorcias, quedarás en la calle. No volverás a poner un pie en esta casa. No te daremos nada. Ni dinero, ni techo, ni siquiera un plato de comida. Preferimos una hija muerta antes que una divorciada.
Valentina sintió que el suelo se abría bajo sus pies.
—No... ustedes no harían eso...
—Haz la prueba —respondió su madre, con una sonrisa fría—. A ver cuánto duras en la calle antes de volver arrastrándote a tu marido.
Valentina se quedó en silencio, procesando las palabras de sus padres. No tenía adónde ir. No tenía dinero. No tenía amigos. No tenía nada.
Su padre señaló la puerta.
—Vete. Y no vuelvas a mencionar el divorcio. Vuelve con tu esposo y aprende a ser una buena Omega.
Valentina salió de la casa de sus padres con el corazón destrozado y las mejillas marcadas por las lágrimas.
Sabía que no tenía opciones.
Sabía que debía regresar con Félix.
Pero también sabía que, si quería sobrevivir, debía cambiar su estrategia.
Esa noche, en la mansión de Félix
Valentina se arregló con cuidado. Se puso un vestido que sabía que a Félix le gustaba, se maquilló con sutileza y lo esperó en la sala con una botella de vino y una sonrisa forzada.
Cuando Félix llegó, la miró con desconfianza.
—¿Qué es esto? —preguntó, con el ceño fruncido.
—Quería disculparme —dijo Valentina, con la voz dulce, casi sumisa—. Por lo de la tarde Tenías razón. Debo aprender a callar.
Félix la observó un momento, evaluándola.
—¿Ahora sí entiendes?
—Sí —respondió ella, acercándose—. Solo quiero ser una buena esposa para ti.
Félix sonrió, pero era una sonrisa vacía, sin calidez.
—Eso es lo único para lo que sirves —dijo con desprecio, tomándola del brazo—. Para el sexo y nada más.
Valentina sintió que sus palabras le atravesaban el pecho como cuchillos, pero mantuvo la sonrisa.
—Si eso es lo que quieres —susurró—. Solo quiero hacerte feliz.
Félix la llevó a la habitación sin mirarla a los ojos, sin ver el dolor que se ocultaba detrás de su sonrisa.
Y mientras él la usaba como un objeto, Valentina cerró los ojos y se prometió a sí misma que algún día, de alguna manera, encontraría la forma de escapar de esa prisión.
Aunque tuviera que esperar años.
Aunque tuviera que soportarlo todo.
Algún día, sería libre.