¿Cuánto tiempo toma borrar a una persona que nunca fue realmente tuya?
Alba tiene cuarenta y dos canciones guardadas en una playlist titulada simplemente "Nuestra". Cuarenta y dos fragmentos de una historia que siempre vivió en el "tal vez", en las miradas a escondidas y en las promesas que se quedaron a mitad de camino.
Mateo no fue su novio. No fue un error. Fue su "casi algo": ese espacio gris donde los sentimientos son más intensos porque nunca llegan a ser oficiales. Pero ahora que el silencio entre ellos es más fuerte que la música, Alba ha tomado una decisión: cada noche borrará una canción. Y con cada canción, intentará borrar un recuerdo.
Desde el primer acorde bajo la lluvia hasta el último mensaje sin responder, Alba recorrerá el mapa de su corazón roto para entender en qué momento el "nosotros" se convirtió en un "casi".
A veces, el desamor más difícil de superar es aquel que nunca tuvo un nombre.
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El enemigo de mi enemigo.
Capítulo 23: El enemigo de mi enemigo. Presente. Tengo la oreja ardiendo de tanto apretar el móvil. Cuando Sergio cuelga, el silencio que se instala en la cocina no es el mismo de antes: ya no siento que las paredes se me echan encima, ahora parecen abrirse como un pasillo hacia algo inevitable. He quedado con él en un bar mugriento cerca de la estación. Es el sitio perfecto. Hay tanto ruido, tanta gente de paso y tanto humo que los perros de presa de Mateo pasarían de largo. Nadie busca a una Sterling entre el olor a fritura y cerveza barata.Me tiemblan las manos mientras busco la chaqueta, pero es una vibración distinta. No es el pánico de la gacela, es la descarga de adrenalina de quien acaba de saltar al vacío y reza porque el paracaídas se abra. Antes de cruzar la puerta, necesito mi dosis de veneno. Busco la siguiente pista en la lista, como si cada canción fuera un ritual de purga. La melodía arranca y me atraviesa como un cuchillo lento. No importa el título, lo que importa es que me recuerda que ya no soy la misma. Pasado. Sergio es un cáncer, Alba. Y a los cánceres se los extirpa antes de que te pudran el resto del cuerpo.Mateo no gritaba. Esa era la peor parte. Firmaba los papeles que iban a dejar a su contable en la calle, sin un euro y con una denuncia por fraude que le iba a arruinar la vida, con la misma calma con la que alguien pide un café. Estábamos en su despacho, ese santuario que apestaba a cuero caro y a una soberbia que se te pega a la piel.—Pero lleva diez años contigo —logré decir. Tenía los puños tan apretados detrás de la espalda que las uñas se me estaban clavando en las palmas—. Tiene familia, Mateo. Hijos.Él levantó la vista. Me dedicó esa mirada de hielo, la que usa para diseccionarte y ver de qué color tienes el miedo.—Lleva diez años robándome el aire, que es peor. No te equivoques de bando, Alba. En este mundo solo hay dos tipos de personas: los que empuñan el cuchillo y los que ponen el cuello. ¿Cuál de las dos quieres ser tú?Esa tarde vi a Sergio salir del edificio. Llevaba una caja de cartón y los ojos rojos, desencajado por la humillación. Yo me quedé ahí, pegada al cristal, odiándome por mi cobardía mientras la música ambiental de la oficina —siempre clásica, siempre perfecta— parecía burlarse de él. Era como si cada nota dijera: “Aquí no hay lugar para los débiles”.PresenteLas palabras de aquella melodía aún me retumban en el cráneo mientras bajo las escaleras de dos en dos. Sí, fui imbécil. Fui estúpida. Pero la estupidez se cura a golpes de realidad. Empujo la puerta de la cafetería. El golpe de olor a café quemado y aceite viejo es asqueroso, pero me reconforta; sé que Mateo nunca pondría un pie aquí. Al fondo, en una mesa llena de migas y cercos de humedad, está Sergio. Ha envejecido una década en apenas dos años. Está flaco, con el pelo ralo y esa mirada de perro apaleado que siempre espera la siguiente patada.Cuando me ve, se pone rígido, como si fuera a salir corriendo. Me desplomo en la silla frente a él. Sin hola, sin protocolos.—Tengo los registros de la cuenta de las Caimán —le suelto, así, en frío—. Y los contratos de las empresas pantalla que fabricó para hundirte la vida.Sergio abre mucho los ojos. Por un segundo, en el fondo de sus pupilas, brilla algo que Mateo creía haber matado: esperanza. O sed de venganza.—Si me das eso, Alba, nos vamos todos a la mierda. Si la policía mete las narices, nadie sale limpio —susurra, y la voz se le quiebra de puro miedo.—Yo ya estoy en el fondo, Sergio. Solo estoy eligiendo quién me va a hacer compañía ahí abajo.Saco el móvil por debajo del mantel de hule. Entro en la playlist. Ya no me tiembla el pulso al borrar los rastros. Cada canción que elimino es un clavo más en el ataúd de los Sterling.Click.
“¿Deseas eliminar esta canción?”
Confirmar.El alivio es físico, como si me arrancaran una astilla clavada en el pecho desde hace meses. Sonrío de lado, con una amargura que me quema los labios.Quedan 19 canciones.Me inclino hacia él, acercando la silla hasta que nuestras rodillas se rozan.—Dime qué te hace falta para validar estos archivos —le digo, bajando la voz hasta convertirla en un cuchillo—. Porque mañana es la fiesta de compromiso y quiero que Mateo reciba el regalo que se ha ganado a pulso.Sergio traga saliva. Sus manos tiemblan sobre la mesa, pero no aparta la mirada. Por primera vez en mucho tiempo, parece recordar que aún tiene dientes.