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CUANDO EL AMOR VUELVE A LLAMAR

CUANDO EL AMOR VUELVE A LLAMAR

Status: Terminada
Genre:Amor eterno / Completas
Popularitas:5.8k
Nilai: 5
nombre de autor: mailyn rodriguez

Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.

NovelToon tiene autorización de mailyn rodriguez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: Bajo la lluvia

El día de la actividad amaneció despejado.

Valentina eligió ropa deportiva casual, fresca y cómoda para pasar la mañana en la plaza bajo el sol: una camiseta ligera, pantalones deportivos azul marino y zapatillas blancas. Se recogió el cabello en una cola alta y llevó gafas de sol, lista para trabajar al aire libre sin perder su elegancia sencilla.

Valentina llegó a la plaza antes de las ocho de la mañana, con una carpeta bajo el brazo y una lista de tareas que había revisado tantas veces que casi podía repetirla de memoria. Las mesas estaban en su sitio; los carteles señalaban el camino hacia los negocios participantes y los comerciantes preparaban sus productos.

Todo parecía listo.

—¿Dormiste algo? —preguntó Mariana mientras conectaba una extensión eléctrica.

—Un poco.

—Eso significa que no.

—Estoy empezando a odiar que todos me conozcan tan bien.

Mariana sonrió.

—No estás obligada a hacerlo todo tú.

—Lo sé. Solo quiero asegurarme de que salga bien.

Los comerciantes fueron llegando con cajas, bandejas y pequeños letreros. Esteban había llevado panes para compartir. Lucía instaló un perchero con algunas prendas de su tienda. Darío preparó una demostración sencilla de reparación de radios, con un aparato antiguo que había pertenecido a su abuelo.

Valentina recorrió la plaza, comprobando cada detalle. Había acordado con el equipo de Devereaux Group que la actividad sería pequeña y cercana. No habría discursos extensos ni una tarima enorme. Los visitantes podrían conversar con los dueños, conocer sus productos y escuchar sus historias.

—¿Ya revisaron el paso peatonal? —preguntó al encargado de la instalación.

—Sí. Está libre y señalizado.

—¿Y la salida de emergencia del local de la panadería?

—También.

Valentina apuntó la respuesta en su lista y miró el cielo. A lo lejos, unas nubes grises avanzaban sobre los edificios.

—¿Crees que va a llover? —preguntó Mariana.

—El pronóstico decía que no.

—Eso no responde mi pregunta.

—Creo que podría llover.

Mariana soltó una risa y ayudó a cubrir parte de las cajas.

A las diez comenzaron a llegar los primeros visitantes. Algunos se acercaban porque conocían a los comerciantes; otros habían visto las publicaciones de la campaña. Valentina se ocupaba de presentarlos, señalaba los negocios y explicaba las actividades. Cuando una persona preguntaba por el proyecto, ella hablaba de la importancia de conocer a quienes mantenían vivos los comercios del barrio.

La campaña no estaba atrayendo a cientos de personas, pero sí a un grupo constante. Los comerciantes conversaban con los visitantes y contaban cómo habían comenzado sus negocios. Valentina vio a Esteban explicar la receta del pan que su padre le había enseñado. Lucía mostraba una prenda confeccionada por una costurera local. Darío dejó que varios niños observaran cómo desmontaba una radio vieja.

A media mañana, Clara llegó acompañada por Maximiliano.

Él llevaba un traje oscuro, aunque se había quitado la chaqueta y la sostenía sobre un brazo. Aun en medio de la plaza, junto a cajas y mesas, mantenía esa presencia que parecía exigir espacio alrededor.

—¿Cómo va todo? —preguntó Clara.

—Bien —respondió Valentina—. La participación está aumentando. Los negocios han tenido oportunidad de hablar directamente con los visitantes.

Maximiliano recorrió el lugar con la mirada.

—¿Cuántas personas han llegado?

—Alrededor de cuarenta, hasta ahora. Estamos registrando la asistencia, pero algunos pasan por los puestos sin anotarse.

—Entonces el número es incompleto.

—Sí. El informe lo indicará.

Él pareció satisfecho con la respuesta.

—¿Qué tal la señalización?

Valentina le mostró los carteles instalados en las esquinas. Uno de los avisos estaba parcialmente tapado por un vehículo estacionado.

—Ese hay que moverlo —dijo ella.

—¿Por qué no lo hicieron antes de abrir?

—Porque el vehículo llegó después.

Maximiliano miró a uno de sus asistentes.

—Muévanlo al otro lado. Asegúrense de que no obstruya el paso.

El asistente se alejó para cumplir la instrucción.

Valentina no dijo nada. Solo anotó el cambio.

A las once y media, el cielo se oscureció. Un viento fuerte movió los carteles y levantó algunas servilletas de una de las mesas.

—Hay que cubrir los productos —dijo Valentina.

Mariana ayudó a Lucía a meter las prendas bajo el toldo. Esteban cubrió las bandejas de pan y Darío guardó sus herramientas. Los primeros visitantes comenzaron a retirarse.

Una gota cayó sobre la carpeta de Valentina.

Luego otra.

En cuestión de minutos, la lluvia se volvió intensa.

—Traslademos todo al patio de la panadería —gritó Mariana por encima del agua.

—El cableado tiene que desconectarse primero —respondió Valentina—. No quiero que nadie cruce por allí mientras siga conectado.

Maximiliano se acercó.

—¿Cuánto tiempo necesitan para moverlo todo?

—Diez minutos, si nadie se apresura y dejamos libre el acceso.

—El equipo puede ayudar.

—Sí, pero primero desconecten la electricidad.

Maximiliano llamó al encargado de montaje y le indicó que cortara la corriente. Después, tomó una de las cajas que estaba cerca del suelo y la llevó bajo el toldo. No pidió que alguien lo hiciera por él. Se quitó el saco y empezó a ayudar a mover las cosas.

Valentina lo observó un instante, sorprendida. Luego tomó una caja de folletos y siguió organizando el traslado.

La lluvia hizo que todos trabajaran más rápido, pero nadie corrió. Mariana condujo a los visitantes hacia el patio de la panadería, mientras Valentina se aseguró de que los negocios pudieran llevar sus productos sin bloquear la puerta del local.

Una ráfaga de viento tumbó uno de los carteles. Valentina intentó sujetarlo, pero el soporte se inclinó hacia ella. Maximiliano llegó a tiempo para sostenerlo desde el otro lado.

—Suéltelo —dijo él.

—Si lo suelto, cae sobre la mesa.

—Yo lo sostengo.

—Necesitamos apartar las cajas primero.

—Valentina, suéltelo.

El tono mandón le hizo apretar los labios.

—No me dé órdenes como si no supiera lo que estoy haciendo.

—No es el momento de discutir.

—Tiene razón. Entonces sostenga el cartel mientras muevo las cajas.

Por un instante, él pareció a punto de contestar. Después ajustó las manos alrededor del soporte.

—Hágalo.

Valentina apartó las cajas y el encargado aseguró el cartel contra una pared. Al darse vuelta, encontró a Maximiliano empapado de la lluvia.

—Gracias —dijo ella.

—No hay de qué.

—Podría haber empezado por decirme que me cuidara, no por ordenarme.

—Podría haber empezado por soltar el cartel cuando se lo pedí.

—Estaba tratando de evitar que cayera.

—Yo también.

La mirada de ambos se cruzó. Por primera vez, Valentina alcanzó a ver algo más que impaciencia en sus ojos: preocupación, quizá, aunque él no parecía dispuesto a reconocerla.

Mariana apareció junto a ellos.

—Ya podemos continuar en el patio. Los comerciantes están listos.

Valentina asintió y fue a comprobar que los cables estuvieran desconectados. La actividad se reanudó bajo techo, con menos espacio y sin la distribución original. Aun así, los visitantes permanecieron. Algunos se sentaron a escuchar las historias. Otros probaron el pan o conversaron con Lucía.

La lluvia, que al principio parecía haber arruinado el evento, terminó obligando a todos a acercarse. El patio se llenó de conversaciones más personales. Los comerciantes dejaron de hablar desde detrás de sus mesas y se sentaron junto a los visitantes.

Valentina vio a Maximiliano escuchando a Esteban contar cómo había abierto la panadería con su esposa. Él no hizo preguntas al principio, pero cuando el hombre terminó, comentó que el espacio del futuro complejo podría incluir una sección temporal para productores locales.

—No quiero prometer algo que todavía no está aprobado —añadió—. Pero puedo pedir que lo estudien.

—Eso sería de mucha ayuda —dijo Esteban.

Maximiliano asintió y tomó nota.

La actividad terminó más tarde de lo previsto. Antes de despedirse, Clara felicitó a Valentina por cómo había manejado los cambios.

—El informe va a tener mejores comentarios de los que esperábamos —dijo.

—La gente respondió bien cuando la reunión se volvió más pequeña.

—Quizá podamos pensar en otros encuentros similares.

Mariana se acercó con una hoja llena de números y comentarios.

—Tenemos las encuestas, el registro de visitas y las observaciones de los comerciantes.

—Perfecto —dijo Clara—. Envíennos el resumen el lunes.

Cuando casi todos se habían ido, Valentina recogió los últimos documentos. Maximiliano se acercó con la chaqueta doblada sobre el brazo.

—No perdió el control cuando empezó a llover —dijo.

—Tenía un plan alternativo.

—No estaba en el plan aprobado.

—Estaba en el plan que preparé por si llovía.

Él inclinó la cabeza, concediéndole el punto.

—La actividad funcionó.

—A pesar de la lluvia.

—Quizá gracias a ella.

Valentina no pudo evitar sonreír un poco.

—No se lo diga a los comerciantes. Pensarán que vamos a organizar otra cuando llueva.

—No sería la peor idea.

La conversación quedó suspendida entre ambos. El cansancio era evidente. Valentina sintió frío por la ropa húmeda y se envolvió con los brazos.

Maximiliano le ofreció su chaqueta.

—No hace falta —dijo ella.

—Está temblando.

—Estoy bien.

—No he preguntado si está bien. Le estoy ofreciendo una chaqueta.

—Y yo le agradezco, pero no la necesito.

Maximiliano no insistió. Se limitó a acomodar la prenda sobre su brazo.

—Como quiera.

Valentina recogió la carpeta y se despidió de Clara. Mariana se había marchado con los comerciantes, así que Valentina pidió un vehículo de transporte desde su teléfono.

—¿La llevo? —preguntó Maximiliano.

—No, gracias. Ya viene por mí.

—Está lloviendo.

—Lo noté.

Él pareció contener una respuesta. Luego asintió.

—Buenas noches, señora Ferrer.

—Buenas noches, señor Devereaux.

Valentina esperó bajo el alero hasta que llegó el vehículo. Antes de subir, miró hacia la panadería. Maximiliano seguía allí, hablando con Clara y revisando unas notas.

El trayecto a casa fue corto. Amalia ya había acostado a los niños, pero Isabella seguía despierta.

—¿Cómo salió todo? —preguntó.

—Se mojó medio barrio, pero la actividad salió bien.

—¿Y el señor mandón?

Valentina dejó la carpeta sobre la mesa.

—Ayudó a mover las cosas cuando comenzó a llover.

—¿Eso significa que no es tan mandón?

—No. Significa que también puede ayudar cuando hace falta.

Isabella pareció considerar esa respuesta.

—¿Te cae mejor ahora?

Valentina se quedó callada un segundo.

—No estoy pensando en eso.

Más tarde, sola en su habitación, se quitó el blazer húmedo y lo dejó sobre una silla. El día había sido largo, y al cerrar los ojos volvió a recordar la plaza, la lluvia y la mano de Maximiliano sosteniendo el cartel para que no cayera.

No era una razón para sentir algo por él. Apenas era un gesto de colaboración.

Aun así, se descubrió pensando en su mirada cuando le pidió que soltara el cartel. Había estado preocupado por ella.

Valentina apartó el pensamiento.

Todavía amaba a Gabriel. Todavía extrañaba su presencia. No estaba buscando a nadie ni quería que los demás esperaran que empezara a hacerlo.

Pero la vida no siempre pedía permiso antes de acercar a dos personas.

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Zulema Neme
Buenísima la Novela Autora Maravillosa Historia Me Encanto Muchas Felicidades ❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️❤️
Mildred Álvarez
😭es demasiado doloroso estos capítulos
Mildred Álvarez
😭😭😭😭😭😭😭😉
Mildred Álvarez
muy triste
Mildred Álvarez
triste
Zulema Neme
Que Bellos Personajes has Puesto Autora 💕💕💕💕💕💕💕🥰🥰🥰🥰🥰
Zulema Neme
Que Horrible por Dios .El no debe morir
Dilia De Freitas Teixeira
muy bonita
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