Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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EL LATIDO DEL MIEDO Y LA MEDICINA DEL ALMA
La suite de observación pediátrica del Hospital Valenzuela estaba sumida en una penumbra suave, pensada para transmitir calma, pero el ambiente dentro del recinto era de una angustia sofocante. Sobre la camilla articulada, el pequeño Ariel permanecía sentado, temblando convulsivamente. Su torso y su espalda, de una piel bastante blanca y delicada, lucían expuestos bajo la luz del negatoscopio donde la doctora Elena Rivas, jefa de Pediatría del centro médico, examinaba con rostro grave las marcas violáceas y los moretones antiguos que cruzaban el cuerpo del niño.
A su lado, un monitor multiparamétrico emitía un pitido rápido, estridente y constante que encendía las alarmas de todo el personal médico presente.
—La frecuencia cardíaca está por encima de los ciento sesenta latidos por minuto, señorita Anastasia —explicó la doctora Elena con tono de profunda preocupación, ajustando el estetoscopio sobre el pecho del pequeño—. La taquicardia es severa y el electrograma continuo muestra salvas de extrasístoles. Ariel está experimentando una arritmia cardíaca emotiva de alto riesgo. El shock neurológico por el estrés de las últimas horas le está pasando una factura muy grave a su organismo.
Anastasia, sentada en la orilla de la cama con el rostro bañado en lágrimas, le sostenía las manitas a su hijo, besándoselas una y otra vez para intentar infundirle un consuelo que ella misma no poseía. Doña Natalia permanecía detrás de su hija, acariciándole los hombros con angustia maternal.
—Ariel mi amor... Por favor, escúchame, mi vida —suplicaba Anastasia con la voz entrecortada por el llanto—. Tienes que respirar despacio, mi ángel. La doctora te está revisando para sanarte. Mamá está aquí contigo, ya nadie te va a hacer daño, te lo juro...
El niño, con los ojos azules cristalinos desorbitados por el pánico y el rostro empapado en sudor frío, negaba con la cabeza desesperadamente. Cada respiración agitada hacía que su pequeño pecho se hundiera con dificultad.
—¡No, mamita! ¡No puedo! —gritaba Ariel con un llanto ahogado y desgarrador que hacía que el monitor sonara con mayor velocidad—. ¡Quiero a mi papito! ¡Por favor, mamita, quiero a mi papito ojos azules! ¡Dile a mi abuelo que me lo traiga, por favor! ¡Yo lo quiero a él aquí contigo y conmigo!
El llanto del niño se volvió tan agudo que comenzó a faltarle el aire y los labios de su piel blanca empezaron a tomar un leve tinte azulado por la hiperventilación.
—¡Ariel! ¡Ariel, mírame, por favor! —exclamó Anastasia aterrorizada, rodeándole el rostro con las manos mientras los sensores del monitor comenzaban a sonar en un tono de advertencia crítica.
La doctora Elena retiró el estetoscopio y miró a Anastasia y a doña Natalia con absoluta firmeza y urgencia profesional.
—Señorita Valenzuela, el cuadro de su hijo no va a ceder con sedantes suaves ni con palabras de contención en este estado —sentenció la médica con voz categórica—. El niño está sufriendo un episodio de pánico pediátrico agudo que está descompensando gravemente su sistema cardiovascular. La arritmia está empeorando a cada segundo. Si la frecuencia cardíaca no baja de inmediato, va a entrar en una crisis hemodinámica.
La doctora miró hacia la puerta de la suite y luego fijó sus ojos en Anastasia.
—Tiene que traer a su papá aquí de inmediato —ordenó la doctora Elena sin vacilar—. No importa lo que esté pasando afuera ni los problemas que existan. En este momento, la figura de ese hombre es el único ancla emocional que el niño reconoce para frenar esta descompensación. Si el padre no entra a calmarlo ahora mismo, el corazón del niño no va a resistir el shock.
Anastasia sintió que el mundo le daba vueltas. Miró a su madre Natalia, quien no dudó un solo segundo. Natalia corrió hacia la puerta de la suite, la abrió de par en par y salió al pasillo buscando desesperadamente la figura de su esposo y de Carmelo.
—¡Adriel! ¡Carmelo! —gritó Natalia hacia la oficina de la dirección médica, con la voz quebrada por el pánico—. ¡Vengan rápido! ¡Ariel se está descompensando! ¡El niño necesita a Carmelo ya!
Apenas la voz de Natalia resonó en el pasillo, la puerta de la oficina de la dirección se abrió de golpe. Carmelo Victorino no esperó a Adriel; corrió a pasos agigantados por el pasillo con el rostro desfigurado por el pánico, irrumpiendo en la suite pediátrica justo cuando las alarmas del monitor alcanzaban su punto más crítico.