Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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Capítulo 1
El sonido seco del sello de hule retumbó en la pequeña oficina como un disparo. Amelia no pestañeó; tenía los ojos fijos en la carta de despido que el gerente acababa de deslizar sobre el escritorio de formica gastada.
—Lo siento, Amelia —dijo el hombre, ajustándose los lentes sin mirarla directamente a la cara
—. La reestructuración del sanatorio exige recortar personal no titulado. Tus tres años de servicio impecable como asistente de enfermería no pesan contra la falta de un cartón universitario. Tienes hasta el final del turno para vaciar tu casillero.
Amelia recogió el papel con dedos temblorosos. No discutió. Sabía que en ese pueblo costero donde el trabajo escaseaba, su voz no tenía valor. Caminó hacia la salida esquivando las miradas lástimas de sus compañeras y sintió la brisa helada del atardecer golpearle el rostro al cruzar el portón de hierro.
El trayecto hacia su pequeño departamento fue un calvario de cálculos mentales. Apenas le quedaban trescientos dólares en la cuenta bancaria. Las facturas del hospital donde atendían la enfermedad degenerativa de su abuela vencían al final de la semana, y los medicamentos no esperaban. Si no pagaba la cuota mensual, trasladarían a la anciana a un asilo estatal, un lugar del que nadie salía con vida. La angustia le oprimía el pecho con la fuerza de un torniquete.
Al llegar a su edificio, un bloque de concreto gris con olor a humedad y pintura vieja, encontró a la Sra. Marta esperándola junto a los escalones del vestíbulo. La casera no esperó a que pisara el primer escalón.
—Amelia, el alquiler lleva diez días de retraso. No puedo darte más prórrogas. O pagas mañana por la mañana, o pongo tus bolsas en la acera.
—Por favor, Sra. Marta, me acaban de despedir... solo deme una semana —suplicó Amelia, apretando los puños dentro de los bolsillos de su abrigo desgastado.
—Todos tienen problemas, niña —respondió la mujer con frialdad, dándole la espalda—. Mañana a las nueve. Sin excepciones.
Amelia subió a su habitación en silencio. Se dejó caer sobre la cama sin encender las luces. La oscuridad de la habitación parecía reflejar el callejón sin salida en el que se encontraba su vida. Tenía veinticuatro años, ninguna familia a excepción de una abuela agonizante, y cero opciones en el horizonte.
Cerca de la medianoche, mientras revisaba desesperada las ofertas de empleo en su teléfono móvil con la pantalla rota, una notificación de correo electrónico iluminó la penumbra del cuarto. El remitente no tenía nombre, solo una dirección codificada y un asunto escueto: Oportunidad de empleo inmediato / Confidencial.
Extrañada, abrió el mensaje. El contenido era directo, casi quirúrgico:
"Se requiere niñera y cuidadora a tiempo completo para un menor de cuatro años en residencia privada ubicada en las colinas de Blackwood.
Requisitos: Conocimientos de primeros auxilios, discreción absoluta, disponibilidad inmediata para régimen de internado.
Sueldo: $15,000 dólares mensuales, pagaderos por adelantado cada inicio de mes.
Pago inmediato del primer mes al firmar el contrato.
Si acepta las condiciones, un vehículo la esperará mañana a las 6:00 a.m. frente a la estación central de autobuses."
Amelia releyó la cifra cuatro veces. Quince mil dólares al mes. Era una cantidad absurda, casi irreal para un empleo de niñera. Salvaría la vida de su abuela, pagaría sus deudas y le daría estabilidad por años. Sin embargo, su instinto de supervivencia le lanzó una alerta inmediata. Nadie pagaba semejante fortuna sin exigir algo peligroso o turbio a cambio. Las colinas de Blackwood eran una zona boscosa y aislada, rodeada de rumores sobre tierras privadas pertenecientes a clanes adinerados y huraños que jamás se mezclaban con los lugareños.
Dudó durante horas. Caminó en círculos por el reducido espacio de su cocina mientras el reloj de pared marcaba el paso inexorable del tiempo. A las cuatro de la mañana, recibió un mensaje de texto del sanatorio: un recordatorio del saldo adeudado y la advertencia de suspensión de tratamiento para su abuela si no abonaba la primera cuota antes del mediodía.
Ese mensaje borró de golpe cualquier duda. Ya no tenía el lujo de tener miedo.
A las cinco y media de la mañana, Amelia bajó los escalones con una sola maleta desgastada donde había empacado toda su vida. Pagó lo poco que le quedaba a la casera por debajo de la puerta y caminó bajo una llovizna fina hacia la estación central.
El lugar estaba desierto. Las farolas amarillentas parpadeaban entre la niebla matutina. A las seis en punto, un sedán negro de vidrios polarizados y sin placas se detuvo frente al bordillo. El cristal del copiloto bajó apenas dos centímetros.
—¿Amelia Vance? —preguntó una voz grave y monocorde desde el interior.
—Sí, soy yo —contestó ella, tragando saliva para aplacar el temblor de su garganta.
El conductor, un hombre alto, de complexión militar y traje impecable, bajó del vehículo sin decir una sola palabra más. Le quitó la maleta de las manos, la colocó en el maletero y le abrió la puerta trasera. Antes de que Amelia pudiera poner un pie dentro, el hombre le extendió una carpeta de cuero negro y una estilográfica de plata.
—Lea y firme antes de subir. Es el acuerdo de confidencialidad y el contrato de servicios. Si firma, el pago de quince mil dólares será transferido a la cuenta bancaria de su elección en los próximos cinco minutos. Si rehúsa, este viaje termina aquí.
Amelia abrió la carpeta. El documento era breve pero drástico: se le prohibía abandonar la propiedad sin autorización, no podía usar dispositivos móviles personales con conexión a internet dentro del perímetro, y debía mantener estricta confidencialidad sobre todo lo que viera, escuchara o presenciara en la mansión del Sr. Lian. Ningún apellido, ningún detalle de la familia.
Con la mano temblorosa pero la vista fija en la clausula del pago, firmó al pie de la última página y anotó los datos bancarios del hospital de su abuela para la transferencia directa.
El hombre tomó la carpeta, revisó la firma y le hizo una señal para que subiera. Apenas se acomodó en el asiento de cuero negro, su teléfono vibró en el bolsillo. Era la notificación de su banco: una transferencia de quince mil dólares había sido acreditada con éxito.
El automóvil arrancó suavemente, dejando atrás las calles grises del pueblo y adentrándose en la carretera que serpenteaba hacia los densos bosques de las colinas. A medida que avanzaban, los árboles se volvían más altos y frondosos, bloqueando la luz del amanecer hasta sumergir la vía en una penumbra verdosa y sofocante.
Amelia miró por la ventana, viendo cómo la civilización desaparecía por completo. No había casas, ni otros vehículos, solo una espesura tupida que parecía cerrarse a su paso. Un frío inexplicable recorrió su espalda, un escalofrío instintivo que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del auto.
La desesperación la había salvado de la ruina, pero mientras el vehículo cruzaba las imponentes rejas de hierro negro que marcaban la entrada a la propiedad de los Blackwood, Amelia comprendió que acababa de vender su libertad a un mundo del que quizás nunca podría regresar.