Esta historia comienza con Daniela y Marcos.
Según la gente, ellos son tío y sobrina. Así los llaman y así los ven desde siempre.
Por eso, cuando empiezan a surgir sentimientos entre ellos, todos creen que es un amor prohibido, porque piensan que Daniela y Marcos son familia y que no pueden estar juntos.
Pero la verdad es otra.
Marcos no es su tío. No existe ningún parentesco familiar entre ellos y no llevan la misma sangre. Él simplemente es amigo de la mamá de Daniela y, como se he criado a Daniela ella comenzo a llamarlo “tío”.
Pero para Daniela y Marcos, la verdad siempre fue diferente: él no es su tío, solo es el amigo de su mamá.
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Capítulo 3 — ¿Y usted me cela, pues?
Estaba en mi habitación, acostado en la cama y mirando el celular. Había terminado unas cosas del trabajo y por fin tenía un rato libre para descansar.
Estaba pasando videos sin mucha importancia cuando me apareció uno donde salían unas mujeres bailando. Lo dejé unos segundos mientras seguía mirando el celular.
En esas, escuché que abrieron la puerta.
—Tío...
Levanté la mirada y vi a Daniela entrando.
—¿Qué pasó, Dani?
Ella dio un par de pasos hacia adentro y luego miró directamente la pantalla de mi celular.
Su cara cambió de una.
Frunció el ceño y me miró con una expresión que decía clarito que no le había gustado nada lo que acababa de ver.
—¿Y usted qué está viendo?
Miré el celular y después a ella.
—Un video.
—Ya sé que es un video, tío. ¿Pero por qué mira eso?
No pude evitar sonreír.
—¿Y a vos qué te importa?
—Me importa.
—¿Por qué?
Daniela se quedó callada.
—Pues... porque sí.
—Ah, bueno. Tremenda explicación.
—No se burle.
—No me estoy burlando.
Ella se cruzó de brazos.
—Esas mujeres están bailando y usted ahí mirándolas.
—¿Y qué tiene?
—Pues no sé... no me gusta.
La miré con curiosidad.
—¿No te gusta?
—No.
—¿Y eso por qué?
—Porque no.
—Daniela...
—¿Qué?
—¿Usted me está celando?
Ella abrió los ojos.
—¡Yo no lo estoy celando!
—¿Entonces por qué estás haciendo ese reclamo?
—Porque usted es mi tío.
La palabra volvió a sonar en mi cabeza.
Tío.
Últimamente cada vez que Daniela decía esa palabra me quedaba pensando.
Ella misma parecía decirla con cierta dificultad, como si ya no le saliera tan natural como antes.
—Si soy tu tío, entonces no tenés por qué preocuparte por lo que veo —le dije.
Daniela bajó la mirada.
—Pues igual no me gusta.
—¿Y qué querés que haga?
—No sé.
—¿Que deje de mirar videos?
—Pues sería bueno.
Solté una carcajada.
—Ve, vos sí sos mucha cosa.
Daniela agarró una almohada de la cama.
—No se ría.
—Es que me da risa la forma en que llegaste a reclamarme.
—Yo no le estoy reclamando.
—¿Ah, no?
—No.
—Entonces llamemos a esto una sugerencia.
Ella puso los ojos en blanco.
—Ay, tío, usted sí es cansón.
—Y vos sos celosa.
—¡No soy celosa!
—Bueno, bueno.
Daniela se quedó mirándome unos segundos.
—¿Y usted tiene novia?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—No.
—¿Nunca ha tenido?
—Claro que sí.
—¿Y ahora?
—Ahora no.
Ella intentó disimular una sonrisa.
—Ah.
—¿Qué significa ese “ah”?
—Nada.
—Vos sí preguntás mucho.
—Es simple curiosidad.
—Claro.
Daniela caminó hasta la puerta, pero antes de salir volvió a mirarme.
—De todas formas, tío, no debería estar viendo esas cosas.
—¿Otra vez con lo mismo?
—Sí.
—Bueno, pues.
Ella sonrió un poquito.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Dani.
Cerró la puerta y se fue.
Me quedé mirando el celular, pero ya ni siquiera tenía interés en seguir viendo videos.
Me quedé pensando en aquella conversación.
Daniela había entrado tranquila y había terminado interrogándome por un video.
Y aunque ella insistiera en que no estaba celosa, su cara la había delatado desde el primer segundo.
Lo que más me llamaba la atención era que últimamente cada vez que decía “tío” parecía hacerlo con una extraña incomodidad.
Yo tampoco sabía por qué esa palabra me pesaba tanto.
Quizás porque los dos sabíamos la verdad.
Yo no era su tío.
Y ella ya no era la niña que conocí hacía tantos años.
Pero había cosas que era mejor no decir en voz alta todavía.