Nahela soñaba con ser dueña de su propio destino, pero su familia decidió su futuro por ella. Obligada a casarse con un hombre al que no ama, comprende que la libertad tiene un precio demasiado alto.
Gabriele Di Matteo llegó a Colombia para cerrar un importante negocio y regresar a Nueva York. El amor nunca estuvo en sus planes, mucho menos involucrarse en los problemas de una desconocida.
Pero una noche basta para cambiarlo todo.
Lo que comienza como una promesa de ayuda se convierte en una huida desesperada, un peligroso desafío a hombres poderosos y un amor capaz de romper todas las reglas.
Porque cuando el destino une a dos almas perdidas, ni la distancia, ni el poder, ni el miedo son suficientes para separarlas.
NovelToon tiene autorización de Rosa Verbel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
A salvo.
Gabriele 🖤
Nunca imaginé que agradecería tanto la inutilidad de unos putos perros y ahora no hago porque por más que olfatearon y buscaron no hayaron nada.
El domingo amanece envuelto en un caos que comenzó el día anterior, cuando José Joaquín descubrió que su hija había desaparecido y que nadie podía decirle cómo, cuándo o por dónde había escapado. Después de tantas horas fingiendo sorpresa, preocupación y disposición para ayudar, incluso yo comienzo a sentir el cansancio clavándose en mis huesos.
No he dormido, Alessandro tampoco. Pero ninguno se atreve a bajar la guardia porque aunque Nahela ya no está aquí, un solo error bastaría para condenarnos a todos.
La hacienda Santacruz parece un campo de guerra. Hombres armados entrando y saliendo, empleados corriendo, guardias vigilando cada acceso, vehículos levantando polvo por los caminos José Joaquín Santacruz es un hombre completamente fuera de sí.
—¡Inútiles! —grita una vez más, golpeando la mesa del comedor principal—. ¿Cómo demonios desaparece una mujer junto con una anciana sin que nadie vea nada?
Nadie responde porque todos saben lo que ocurre cuando José Joaquín pierde el control. Dos empleados reciben un par de disparos por no tener respuestas. Uno de los jardineros es empujado violentamente contra una pared mientras le destrozan la cara.
Una cocinera rompe en llanto después de ser humillada frente a todos.
Yadira permanece callada, José Luis evita levantar demasiado la mirada y José Carlos tiene el rostro amoratado por la golpiza del día anterior y al caminar se nota que me duele todo, José Joaquín es un tirano.
Aun así, ninguno habla porque nadie tiene nada que decir y porque la verdad está a cientos de kilómetros de aquí.
Alessandro se acerca a mí mientras observamos el espectáculo.
—Ese hombre está completamente loco —murmura en italiano.
Asiento discretamente.
—Lo sé.
—¿Cuánto más crees que aguante antes de matar a alguien?
—No lo sé.
—¿Y nosotros?
Lo miro brevemente.
—Seguiremos actuando.
Alessandro suspira.
—Maldita sea, primo... espero que todo esto haya valido la pena.
Mi mente viaja inevitablemente hacia unos ojos color café hinchados por el llanto, una soga, un árbol y una hermosa muchacha temblando mientras decía que prefería morir antes que casarse con un hombre que podría ser su abuelo.
—Sí —respondo finalmente—. Lo vale.
Los perros continúan buscando, recorren playas, senderos y bodegas. Los alrededores de la hacienda, los bosques cercanos, pero no encuentran absolutamente nada y cada vez que los veo regresar sin resultados, doy gracias al cielo.
No sé si se trata de un milagro, no sé si esos animales simplemente no sirven para nada. O si el destino decidió ponerse del lado de Nahela.
Pero, sea cual sea la razón estoy agradecido porque significa que hicimos un excelente trabajo y que ella continúa alejándose del infierno del que escapó.
Y porque demuestra que incluso revisando cada rincón de la propiedad, José Joaquín no podrá encontrar lo que ya no está allí.
La tensión empeora cuando Ovidio Velandia aparece entrada la tarde del domingo. Su llegada es tan explosiva como predecible.
—¡¿Dónde está?! —ruge apenas pone un pie en la hacienda.
José Joaquín aprieta la mandíbula.
—La estamos buscando.
—¡Eso no me sirve!
—No estoy de humor para tus reclamos.
—¡Tu hija desapareció el día de mi boda!
El rostro de Ovidio adquiere un tono rojizo.
—¡Me has dejado como un idiota frente a todos mis invitados!
—¡No me hables así en mi propia casa! —gruñe José Joaquín.
Los dos hombres se enfrentan como depredadores, la discusión deja claro algo que ya sospechaba.
Aquello nunca fue un matrimonio, era un negocio, un acuerdo lleno dinero, influencia y poder.
—Estoy perdiendo una fortuna por culpa de esa muchacha —escupe Ovidio.
Y entonces entiendo por qué Nahela prefirió una soga. Ninguno de los dos hombres parece preocupado por ella, solo por lo que representa y por lo que pierde cada uno.
Nadie duerme esa noche. José Joaquín mandó ayer mismo a hombres a cada terminal de autobuses, acada aeropuerto, cada puerto, cada carretera importante.
Envía vehículos a recorrer la ciudad, reparte fotografías, ofrece recompensas.
Amenaza.
Presiona.
Grita.
Exige resultados.
La hacienda entera permanece despierta nosotros seguimos fingiendo.
Buscamos, preguntamos, revisamos, disparamos órdenes. Interpretamos el papel que nos corresponde hasta que el amanecer del lunes finalmente llega.
El sonido de mi teléfono vibrando dentro del bolsillo casi detiene mi corazón. Disimulo antes de revisar el mensaje.
Es de mi hombre de confianza.
"Están a salvo."
"Esperando a la señora Nelly."
Cierro brevemente los ojos, una exhalación silenciosa abandona mis pulmones.
Gracias a Dios.
Alessandro nota inmediatamente el cambio en mi expresión.
—¿Noticias?
Le muestro discretamente la pantalla y una sonrisa cansada aparece en su rostro.
—Lo lograron.
Asiento.
Y, por primera vez desde que vi a Nahela al borde del suicidio, siento que puedo volver a respirar.
Horas después llega otro mensaje, esta vez es de mi madre.
"Las tengo conmigo."
Permanezco inmóvil observando aquellas palabras.
Nahela está fuera del alcance de José Joaquín Santacruz, mi madre jamás permitirá que alguien le haga daño bajo su protección y eso significa que la parte más peligrosa ha terminado.
—¿Todo bien? —pregunta Alessandro.
Guardo el teléfono y sonrío.
—Ya está a salvo.
Mi primo me observa durante varios segundos, luego me da una palmada en el hombro.
—Entonces hicimos lo correcto.
—Sí.
Miro hacia el exterior de la hacienda.
—Hicimos lo correcto.
A media mañana busco a José Joaquín, el hombre parece diez años más viejo. Tiene ojeras pronunciadas, el cabello desordenado y los ojos inyectados de sangre.
—Señor Santacruz.
Levanta la mirada hacia mí.
—¿Qué ocurre?
—Nuestro tiempo aquí ha terminado.
Frunce ligeramente el ceño.
—¿Ya se van?
—Los negocios deben continuar. Alessandro y yo debemos regresar a Nueva York.
Permanece en silencio unos segundos y luego asiente lentamente.
—Entiendo.
Lo observo apesar de todo no sospecha absolutamente nada. Ni siquiera ha notado que llegamos con seis hombres y ahora solo quedan cinco, no ha relacionado ninguna pieza del rompecabezas.
—Espero sinceramente que encuentren a su hija —digo con honestidad cuidadosamente calculada—. Y deseo de corazón que no le haya ocurrido nada malo.
José Joaquín aprieta la mandíbula.
—La encontraré.
Asiento.
—Ojalá sea así.
Y aunque mi expresión permanece neutral, por dentro pienso algo completamente distinto.
Espero que nunca la encuentre, que Nahela jamás vuelva a pisar este lugar y que pueda descubrir quién es lejos de todo esto.
Antes de marcharnos, mi mirada encuentra brevemente a Yadira. El peor castigo por la desaparición de Nahela cayó sobre ella y sus hijos.
José Carlos continúa lastimado, José Luis ha soportado la ira constante de su padre y Yadira ha pagado con insultos, golpes y humillaciones. Sin embargo, mantiene la cabeza en alto, tal vez porque sabe algo que José Joaquín ignora.
Alessandro aparece a mi lado.
—¿Listo?
Lanzo una última mirada a la hacienda Santacruz. Al lugar donde encontré a una muchacha rota intentando morir bajo un árbol, donde sin proponérmelo, terminé cambiando el destino de una desconocida y quizás también el mío.
—Sí —respondo finalmente—. Vámonos a casa.
Porque Nueva York nos espera y mientras el avión nos aleja de Colombia, una única certeza permanece conmigo.
A veces, las guerras más importantes no se libran con armas. A veces, la mayor victoria consiste simplemente en salvar una vida y yo volvería a hacerlo una y otra vez por Nahela Santacruz.