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BAJO LA PIEL DEL DESEO

BAJO LA PIEL DEL DESEO

Status: En proceso
Genre:CEO / Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa

Lidia Ashcroft es una mujer hermosa e inteligente, el tipo de mujer que despierta miradas donde vaya. Está comprometida con Adrián Calloway, dueño de una pequeña agencia de viajes que lucha por abrirse camino en el mercado. A pocos meses de la boda, Lidia cree que por fin está construyendo el futuro que siempre soñó.

Sin embargo, su mundo se derrumba cuando descubre que Adrián le ha sido infiel. Traicionada y con el corazón hecho pedazos, comienza a cuestionarse si el amor que defendió durante años fue solo una mentira.

En medio de su dolor aparece Damián Blackwood, un poderoso y enigmático CEO de tecnología, fundador de NovaCore Technologies, una de las empresas más innovadoras del país.

NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 2

Lidia apenas había bajado tres escalones cuando escuchó los pasos de Adrián detrás de ella, rápidos y pesados. La alcanzó en la entrada del edificio y la tomó del brazo con firmeza, obligándola a detenerse.

—¿Te crees que vas a salir así nada más? —le dijo, con la voz cargada de irritación—. No puedes marcharte de mi vida como si nada hubiera pasado, después de años juntos.

Lidia se soltó de su agarre con un movimiento seco, mirándolo a los ojos con el pecho agitado.

—¿Como si nada hubiera pasado? —repitió, con un hilo de voz que temblaba—. Tú me mentiste durante meses, Adrián. Me engañaste con otra mientras yo planeaba nuestra boda. ¿Y me dices que soy yo la que actúa como si nada pasara?

—Mira, no voy a estar pidiendo perdón eternamente —soltó él, encogiéndose de hombros, con una frialdad que le heló la sangre—. Las cosas no son tan blancas y negras como tú las ves. A veces uno necesita algo más, algo que no recibe en casa.

Lidia abrió los ojos con asombro, sin poder creer lo que estaba escuchando.

—¿Algo más? —la voz se le quebró—. ¿Y por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no fuiste sincero en lugar de traicionarme?

Adrián dio un paso hacia ella, con la mandíbula tensa, y su tono se volvió acusador.

—Porque sabía que ibas a reaccionar así. Siempre fuiste demasiado… intensa. Exigente. Nunca supiste entenderme, Lidia. Siempre querías que yo fuera el hombre que tú imaginabas, no el que de verdad soy.

—¿Que no te entendía? —preguntó ella, con lágrimas empezando a brotarle de nuevo—. Yo te apoyé en todo. Cuando tu agencia no tenía clientes, cuando pasabas noches enteras trabajando, cuando decías que necesitabas espacio… yo te di todo. ¿Y ahora me dices que yo era el problema?

—No digo que seas el problema —respondió él, evasivo y cortante—. Digo que lo nuestro se había vuelto… una carga. Todo tenía que ser a tu manera, con tus planes, tu boda, tu futuro. Yo ya no me sentía parte de nada de eso.

—¿Mi futuro? —repitió ella, con una tristeza profunda sustituyendo la rabia—. Eran nuestros planes, Adrián. Yo quería todo eso contigo. Pensaba que tú también.

—Yo no pedí que organizaras mi vida por mí —le espetó él—. Si hubieras sido más relajada, si hubieras dejado de presionarme con fechas y anillos, quizá las cosas habrían sido distintas. Quizá no habría tenido que buscar en otro lado lo que aquí no encontraba.

Lidia sintió como si le hubieran dado un golpe en el estómago. Respiró hondo, intentando mantener la dignidad aunque por dentro se estuviera desmoronando.

—Así que ahora soy yo la culpable de que tú me fueras infiel —dijo, despacio, con cada palabra pesada y clara—. Yo era demasiado exigente, demasiado enamorada, demasiado comprometida con la vida que creía que compartíamos. Qué conveniente para ti, Adrián. Culparme a mí de tu propia cobardía.

—No te estoy culpando —replicó él, con tono defensivo—. Solo te digo la verdad. Una verdad que nunca quisiste ver. Nos estábamos asfixiando el uno al otro. Yo me sentía atrapado. Y tú… tú ni siquiera te dabas cuenta de que yo ya no estaba ahí de corazón.

—Pues ahora lo estoy viendo —respondió ella, recogiendo con fuerza el asa de su bolso—. Y veo también que no eres el hombre que yo creí. No eres capaz de asumir tu error, prefieres destrozar todo lo que vivimos para no sentirte mal tú mismo.

—Solo quiero que seas razonable —insistió él—. Podemos recomenzar. Deja de pensar tanto en lo que pasó y pensemos en lo que podemos construir. Sin tantas exigencias, sin tanta presión.

Lidia negó con la cabeza, lentamente, sintiendo cómo cada palabra suya rompía definitivamente el vínculo que los unía.

—No hay nada que construir sobre mentiras, Adrián. Y menos con alguien que me echa la culpa de su propia traición. Este compromiso se acabó desde el momento en que decidiste besar a otra persona. Y ahora me voy.

—¿De verdad vas a tirar años de relación por algo que se puede arreglar? —preguntó él, con tono de reproche, como si ella estuviera cometiendo la peor locura.

—No lo estoy tirando —le corrigió ella, con la voz firme aunque el corazón le dolía con fuerza—. Tú ya lo habías tirado mucho antes. Yo solo estoy recogiendo mis pedazos y marchándome.

—Lidia, no seas tonta —dio un paso hacia ella—. Nadie te va a querer como yo… incluso con mis defectos. Piensa bien lo que haces.

—Ya lo pensé —respondió ella, retrocediendo hacia la puerta de salida—. Y lo que hago es lo único que me queda: respetarme a mí misma. Algo que tú no hiciste. Adiós, Adrián. No me busques.

Sin darle tiempo a responder, salió a la calle. El aire frío de la tarde la golpeó en el rostro, mezclándose con las lágrimas que ya no podía contener. Caminó sin rumbo, sin mirar atrás, escuchando todavía en sus oídos las palabras de él: nunca supiste entenderme, se había vuelto una carga, era demasiado exigente. Cada frase era un puñetazo. Y mientras avanzaba entre la gente, sola y con el corazón hecho pedazos, no sabía hacia dónde iba, pero tenía una certeza dolorosa: ya no había vuelta atrás.

—¿Y si te digo que lo siento? —dijo él, con voz que no sonaba a arrepentimiento, sino a impaciencia—. ¿Cambiaría algo?

Lidia se detuvo en la acera y se giró hacia él, con los ojos brillantes de lágrimas pero la mirada clara.

—Lo siento no borra los mensajes. No borra los meses de mentiras.

—Siempre tan perfecta, siempre tan recta —soltó él con amargura—. Nunca cometes errores, ¿verdad?

—No el de engañar a la persona que amo —respondió ella con firmeza—. Y tampoco el de culparla de mis faltas.

—Pues te equivocas al irte así —replicó él, cruzándose de brazos—. Vas a arrepentirte. Volverás.

—No volveré —dijo ella, negando con la cabeza—. Y si vuelvo, será a buscarme a mí misma, que es lo que dejé perdida contigo.

Sin añadir una palabra más, se giró y siguió caminando. Adrián se quedó allí, inmóvil, sin siquiera dar un paso para detenerla.

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