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Renací y me casé con el bombero que me salvó

Renací y me casé con el bombero que me salvó

Status: Terminada
Genre:Reencarnación(época moderna) / Multi-reencarnación / Mujer despreciada / Venganza / La mimada del jefe / Completas
Popularitas:3.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

En su primera vida, Valentina Solares lo entregó todo por Diego Estrada. A cambio, él la traicionó con Camila, permitió que usaran su cuerpo para gestar el hijo de ambos y la abandonó cuando más lo necesitaba. Valentina murió frente a un hospital creyendo que nunca podría recuperar lo que le habían quitado.
Entonces despierta cinco años en el pasado, en medio del secuestro que marcó el comienzo de su desgracia.
Esta vez no va a suplicar. Romperá su compromiso, recuperará la investigación que le robaron y hará caer, uno por uno, a quienes construyeron su felicidad sobre el sufrimiento de ella. Pero Diego también recuerda la vida anterior y está decidido a volver a controlarla.
Para escapar de su familia adoptiva y cambiar un destino que parece escrito, Valentina toma la decisión más arriesgada de todas: casarse de inmediato con Sebastián Montero, un reservado capitán de bomberos que siempre aparece cuando todo arde.
Valentina cree que ha firmado un matrimonio de conveniencia. Lo que ignora es que Sebastián ya le salvó la vida una vez, que lleva diecisiete años buscándola y que, detrás del uniforme, oculta la identidad del heredero de una de las familias más poderosas del país.
Mientras sus enemigos intentan destruirla y su esposo convierte un contrato en el único hogar que ha conocido, Valentina deberá decidir qué desea más: cobrar cada deuda del pasado o atreverse a vivir el amor que nunca creyó merecer.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15

Capítulo 15 — Lo que dejó el incendio

Los días que siguen al matrimonio son extraños, como un paréntesis entre dos tormentas.

Vivo con Sebastián en una domesticidad silenciosa que se siente como caminar sobre una capa de hielo transparente: debajo hay algo profundo, algo que se mueve, pero la superficie aguanta si no hago movimientos bruscos. Él sale a sus turnos de veinticuatro horas. Yo leo los artículos que el doctor Navarro me envía por correo, estudio las notas de investigación que dejé abandonadas hace un año, recupero fuerzas. Cuando Sebastián vuelve, cocina. Comemos juntos sin hablar más de lo necesario. Él lava, yo seco. Luego cada uno se retira a su habitación y la pared entre nosotros se convierte en una frontera que ninguno cruza.

No le digo lo que sé. No le digo que fue él quien me salvó de la bomba. No le digo que, cuando cierro los ojos, veo sus manos cortando las correas del artefacto en cuanto el especialista dio la señal. No le digo que recuerdo su silueta corriendo hacia mí en el último instante de mi vida anterior, cuando un camión me aplastó contra el asfalto de una calle que ya no existe.

Guardo el secreto como se guarda una brasa entre las palmas: con cuidado, porque quema, pero sin soltarla, porque la luz que da es la única que tengo.

Confirmo los datos con la frialdad de una investigadora. El informe del cuartel que Isabella me consiguió es inequívoco: Sebastián Montero Ríos, capitán de la Estación N.° 7, lideró la operación de rescate durante el secuestro. Entró con un especialista del equipo antiexplosivos, siguió sus indicaciones para liberarme de las correas y me sacó de la zona de riesgo. Me entregó a los paramédicos y se fue sin dar su nombre.

Y la silueta que corría hacia mí antes de morir. Ahora lo recuerdo con claridad. La altura. Los hombros. La forma de correr, con los brazos pegados al cuerpo y las zancadas largas, como alguien entrenado para atravesar escombros.

Era él. Siempre fue él.

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Mientras tanto, en la Casona Solares, el mundo se derrumba. No lo presencio, pero Isabella me mantiene informada con la eficiencia de una corresponsal de guerra y la satisfacción apenas disimulada de alguien que disfruta ver arder una casa que siempre le pareció detestable.

El video de Rodrigo se volvió viral en menos de doce horas. Treinta y cuatro segundos que destruyeron treinta y cuatro años de reputación familiar cuidadosamente construida.

Andrés está al borde del colapso. Ha llamado a tres firmas de abogados, dos agencias de relaciones públicas, un especialista en reputación digital con base en la capital y hasta un consultor de crisis que normalmente trabaja con políticos. Nada funciona. El video fue descargado, compartido, recortado, editado, subtitulado y distribuido en cada rincón de las redes sociales de Puerto del Sol antes de que nadie pudiera reaccionar. Cada intento de borrarlo genera tres copias nuevas.

Rodrigo, fiel a su naturaleza, hizo lo primero que se le ocurrió: cancelar todas mis tarjetas y cuentas bancarias vinculadas al apellido Solares. Como si eso pudiera dolerme ahora. Como si yo siguiera dependiendo de su dinero. La tarjeta que Sebastián vinculó a mi teléfono funciona perfectamente. No necesito nada de ellos.

Luego envió gente a buscarme. Hombres en autos oscuros que recorren las calles de Puerto del Sol preguntando por una mujer joven de pelo castaño con una mochila. Interrogan porteros, taxistas, dependientes de tiendas.

No me encuentran. El apartamento de Sebastián está registrado bajo una empresa de administración inmobiliaria que no tiene relación alguna con la familia Solares. Para ellos, es invisible.

El golpe de gracia llega tres días después del matrimonio.

Rodrigo acude a la comisaría de Puerto del Sol. Fue convocado por una denuncia civil relacionada con los hombres que me golpearon en el callejón de la residencia de la abuela.

Los matones están allí. Sentados en sillas de plástico contra la pared del pasillo, con yesos en los brazos, collarines ortopédicos, vendajes en la cabeza y rostros hinchados hasta la deformidad. Alguien los encontró después de que me atacaron y los golpeó con una eficiencia que los dejó peor que cualquier víctima que hayan tenido antes. Fracturas múltiples. Fisuras de cráneo. Costillas rotas. Uno tiene el brazo en tres piezas.

Los nudillos de Sebastián. Raspados. Ambas manos. Esa primera mañana en su apartamento.

Cuando los matones ven a Rodrigo entrar a la comisaría con su camisa de diseñador y su expresión de superioridad, lo reconocen de inmediato. Es el hombre que los contrató. El que les pagó para que me dieran una lección con garrotes en un callejón oscuro. El que les prometió que nadie los molestaría después.

El más grande, un tipo con la mandíbula cableada y la pierna enyesada, se levanta de la silla con un rugido que hace que los policías levanten la cabeza de sus escritorios. Se abalanza sobre Rodrigo, renqueando, arrastrando el yeso por el linóleo, y lo agarra del cuello de la camisa con la mano que todavía tiene funcional.

—¡Tú nos contrataste! ¡Nos prometiste que nadie nos tocaría! ¡Y mira cómo nos dejaron! ¡Tienes que pagarnos todo, hijo de...!

El caos dura menos de un minuto. Los policías los separan. La camisa de Rodrigo queda desgarrada. Su rostro tiene un rasguño nuevo que se suma a la marca del cenicero que todavía no sana. Pero lo peor sucede mientras dos agentes inmovilizan al matón: otro detenido, sentado en la esquina con un teléfono que nadie le quitó, graba todo el incidente con la cámara frontal.

El video aparece en las redes esa misma noche. Rodrigo Solares Mendoza, heredero de Grupo Solares, agredido en una comisaría por los mismos matones que él contrató para golpear a su hermana adoptiva.

Los comentarios se multiplican. Los memes aparecen antes de la medianoche. Las capturas de pantalla se comparten en cadenas de mensajes que cruzan fronteras.

Las acciones de Grupo Solares caen un once por ciento al abrir la bolsa al día siguiente. Los analistas financieros hablan de «crisis de liderazgo» y «riesgo reputacional sistémico.» Los inversionistas institucionales exigen una reunión extraordinaria de la junta directiva. Dos socios minoritarios venden sus participaciones antes del mediodía.

Isabella me cuenta todo esto por teléfono, desgranando cada detalle con la precisión de quien ha memorizado las cifras y los nombres, alternando entre la indignación genuina y una satisfacción que ya no intenta disimular.

—Valen, Rodrigo está acabado. Su reputación, la empresa, todo. Y Andrés no sabe qué hacer. Está llamando a medio mundo buscando una solución y nadie quiere tocarlo con un palo de tres metros.

—No es mi hermano —digo con voz plana—. Nunca lo fue.

Cuelgo. Miro por la ventana del apartamento. La ciudad se extiende bajo un cielo limpio. Los techos de Puerto del Sol brillan bajo el sol de la tarde como monedas dispersas sobre un mantel azul. El mar se adivina al fondo, una línea plateada donde el horizonte se curva.

Mi teléfono vibra una última vez. Es Isabella otra vez, pero esta vez solo un mensaje de texto.

«Valen, una cosa más. Rodrigo acaba de ver algo en las redes. La publicación de Sebastián. El acta de matrimonio.»

Me la imagino. La cara de Rodrigo, hinchada por los golpes de sus propios matones, con el cenicero marcado en la frente, iluminada por la pantalla del teléfono a las dos de la mañana. La foto de dos actas de matrimonio sobre una mesa de madera. Mi nombre junto al de Sebastián Montero Ríos.

La imagen me produce una satisfacción tan limpia, tan completa, que casi me avergüenza.

Casi.

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