Astrid lo tenía todo: un matrimonio con el exitoso doctor Lucas Morgan, una hija pequeña llamada Ariana y una vida que parecía perfecta. Pero detrás de la fachada, Lucas la traiciona con otra mujer y su propia suegra, Marta, la humilla sin piedad, convencida de que Astrid nunca fue lo suficientemente buena para su hijo.
Cuando la verdad sale a la luz, Astrid pierde mucho más que un esposo. Pierde la dignidad, la seguridad económica y casi la voluntad de seguir adelante. Con Ariana apenas en brazos, se ve obligada a empezar de cero en un mundo que le dio la espalda.
Lo que nadie anticipó fue la transformación de Astrid. Con inteligencia, trabajo implacable y una determinación que nadie le conocía, reconstruye su vida paso a paso. En el camino se cruza con Mateo Romano, un empresario íntegro y reservado que no busca rescatarla sino caminar a su lado. Lo que comienza como respeto mutuo se convierte en un amor profundo que redefine lo que significa ser pareja.
Pero las sombras del pasado no se rinden fácilmente. Lucas enfrenta las consecuencias legales de sus actos y termina en prisión. Marta, consumida por el arrepentimiento, busca a Astrid en sus últimos días para pedirle perdón. La familia que Astrid construyó con Mateo —incluyendo a los pequeños Emiliano y Gael— se ve amenazada cuando Lucas sale libre y reaparece en sus vidas.
La historia da un giro inesperado cuando Ariana, ya adulta y estudiante de medicina, se enamora de Noel, un joven brillante cuyo hermano gemelo murió en una operación fallida realizada por Lucas años atrás. El amor entre Ariana y Noel queda atrapado entre la culpa heredada y un odio que ninguno de los dos eligió cargar.
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Capítulo 3
Habían pasado tres días desde la noche de la humillación. Pero para Astrid, se sentían como tres años.
La casa que alguna vez fue cálida se había transformado en un lugar que la asfixiaba. Cada rincón le recordaba a Lucas. Cada objeto le recordaba una herida. Y lo más doloroso de todo: Lucas actuaba como si nada hubiera pasado. Como si jamás hubiera destrozado el corazón de su esposa unos días atrás.
Esa mañana, Astrid preparaba el desayuno cuando Lucas bajó del segundo piso con su ropa de trabajo impecable. Camisa blanca, pantalón gris oscuro y zapatos relucientes. Lucía perfecto, como siempre.
—Ya me voy —fue todo lo que dijo Lucas.
Astrid estaba de pie frente a la mesa del comedor. Aún sostenía la espátula.
—Quiero preguntarte algo.
Lucas se detuvo. Su mirada se dirigió a Astrid.
—¿Qué?
El corazón de Astrid latió más rápido. En el fondo, le aterraba escuchar la respuesta. Pero le aterraba aún más vivir en la mentira.
—¿Quién es Stella?
El rostro de Lucas cambió por una fracción de segundo. Tan rápido que tal vez otra persona no lo habría notado.
Pero Astrid lo vio. Vio la sorpresa y el pequeño destello de pánico que asomaron antes de que él lograra ocultarlos.
—¿Stella?
—Sí —Astrid se esforzó por mantener la voz serena—. ¿Quién es?
—Solo una conocida —respondió Lucas de forma escueta, mientras tomaba su maletín.
Astrid apretó la espátula con más fuerza.
—¿Una conocida a la que le compras un collar de diamantes?
Lucas se quedó callado, visiblemente sin palabras. Pero solo por un instante.
—Eso es un asunto de trabajo.
Un asunto de trabajo. Astrid casi se echó a reír. ¿Desde cuándo un médico compra collares de diamantes por asuntos de trabajo?
Pero Lucas no le dio oportunidad de seguir preguntando.
—Tengo que irme, ya se me hizo tarde.
Se marchó sin más, dejando a Astrid sola en la cocina.
Por la tarde, Marta llegó a la casa sin tocar la puerta, como era su costumbre. La mujer entró como si fuera la dueña, con su bolso caro al hombro.
En cuanto vio a Astrid en la sala, chasqueó la lengua.
—Lo único que haces es sentarte todo el día. Con razón estás así de gorda.
Astrid cerró los ojos un momento. Estaba verdaderamente agotada.
Marta no dejó de hablar. Se sentó en el sofá.
—¿No te da vergüenza?
Astrid optó por callarse. Pero su silencio solo motivó a Marta a seguir.
—Si yo fuera tú, no me atrevería a aparecer en ningún evento.
Astrid respiró hondo.
—Tal vez usted no vino hasta aquí solo para hablar de mi cuerpo.
—Claro que no —Marta sonrió—. Hoy vienen mis amigas.
Astrid asintió brevemente.
La mujer continuó hablando.
—Resulta que todas quieren ver a Lucas.
Otra vez Lucas. Astrid ya ni se sorprendía. Las amigas de su suegra siempre aprovechaban para consultarle o pedirle consejos de salud cuando lo veían.
Dos horas después, Astrid se arrepentía de haber aceptado recibir a las visitas de Marta en su casa. Se arrepentía profundamente.
En la sala se había reunido el grupo de amigas de Marta: varias mujeres de mediana edad sentadas en círculo, disfrutando de la comida y las bebidas.
En cuanto se mencionó a Lucas, los ojos de Marta se iluminaron.
—Mi hijo ahora es jefe del Departamento de Cirugía —su tono orgulloso sonaba como el de alguien que acaba de ganar la lotería.
—Vaya, impresionante.
—Lucas siempre fue brillante desde niño —Marta rio satisfecha—. Por suerte salió a su padre.
Varias de las mujeres rieron con ella.
Entonces una de ellas preguntó:
—¿Y tu nuera?
Marta miró de reojo a Astrid, que estaba sentada en un rincón jugando con su hija.
—Ah, esa.
—La verdad es que Lucas merece a una mujer mejor.
Las palabras provocaron un silencio instantáneo en la sala. Pero Marta no sintió la menor culpa.
—Si se hubiera casado con una doctora o una empresaria, habrían hecho mejor pareja —prosiguió Marta en voz baja, como si le doliera.
Astrid bajó la cabeza. Las manos le temblaban sobre el regazo. Ya habían sido incontables las veces que esa mujer la había humillado. Pero, por alguna razón, el dolor seguía sintiéndose como una herida fresca.
Fue entonces cuando Astrid decidió salir a pasear con Ariana. Si se quedaba un minuto más, terminaría llorando frente a su hija.
La tarde estaba nublada. El cielo se veía gris cuando Astrid caminó sin rumbo por la acera, llevando de la mano a su pequeña hija, que canturreaba alegremente.
La mente de Astrid estaba tan llena que le pesaba la cabeza. También sentía el pecho oprimido.
Stella. Ese nombre giraba sin cesar en sus pensamientos. ¿Y si Lucas realmente le era infiel? ¿Y si todo este tiempo la habían engañado? ¿Y si todo lo que temía resultaba ser cierto?
Sin darse cuenta, sus pasos la llevaron hasta un café. Fue entonces cuando alguien la llamó por su nombre.
—¿Astrid?
Astrid giró la cabeza y se quedó inmóvil. Un hombre alto estaba de pie a unos metros de ella. Rostro atractivo, mandíbula marcada, complexión atlética.
—¿M-Mateo?
El hombre se rio.
—Vaya, todavía te acuerdas de mí.
—Dios mío. ¿De verdad eres tú, Mateo? —Astrid aún no lo podía creer.
Por supuesto que se acordaba de él. Mateo había sido su compañero en la universidad. Un hombre que en su época era conocido por su inteligencia y su personalidad agradable.
Habían sido amigos cercanos desde el colegio. Pero la vida los llevó por caminos distintos. Mateo tuvo que irse a Inglaterra para encargarse del negocio familiar.
—¿Cuántos años llevábamos sin vernos? —preguntó Astrid.
—Casi diez —respondió Mateo—. ¿Es tu hija? —su mirada se dirigió a Ariana.
—Sí. Se llama Ariana. Acaba de cumplir dos años —contestó Astrid.
Terminaron sentándose juntos dentro del café. Al principio fue solo una conversación ligera. Sobre el trabajo y recuerdos del pasado.
Poco a poco, Mateo notó algo.
—Astrid, ¿estás bien?
La mujer levantó el rostro. Esa pregunta tan simple fue justamente lo que hizo que los ojos se le llenaran de lágrimas. Porque en los últimos días, nadie le había preguntado eso.
Mateo observó su expresión. Luego exhaló con suavidad.
—¿Qué te pasa? Cuéntame, tal vez pueda ayudar.
Astrid dudó. Pero, sin saber por qué, sintió la necesidad de hablar.
Dos horas después, Mateo lo sabía todo. Sobre las humillaciones de Marta, sobre la sospecha de la infidelidad de Lucas con Stella. También sobre el collar de diamantes. Cuanto más escuchaba, más se le ensombrecía el rostro.
—Maldito —fue la primera palabra que salió de la boca de Mateo. Le enfurecía que trataran así a su amiga.
Astrid bajó la mirada.
—Todavía no tengo pruebas.
—¿Y si buscamos esas pruebas?
Astrid lo miró con extrañeza.
Mateo sacó su teléfono. Minutos después, un hombre entró al café. Tendría unos cuarenta años. Mirada penetrante y ademanes serenos.
—Te presento a Julio —dijo Mateo, poniéndose de pie.
El hombre extendió la mano.
—Julio Fernández.
Astrid se la estrechó.
—Astrid.
—Es amigo mío. Antes era policía; ahora es detective privado —Mateo sonrió y Julio soltó una risa breve.
Mateo se inclinó hacia adelante.
—Si Lucas realmente te está engañando, Julio encontrará las pruebas. No voy a permitir que nadie te haga daño, Astrid.
Los ojos de Astrid se abrieron grandes y su corazón latió más rápido. Sintió alegría porque de pronto había aparecido un rayo de esperanza. La esperanza de conocer la verdad. Fuera cual fuera el resultado, Astrid ya estaba cansada de vivir en la incertidumbre.
—Hay algo más —continuó Mateo—. Estoy construyendo una empresa aquí.
Astrid lo miró, desconcertada.
—¿Y?
Mateo esbozó una leve sonrisa.
—Necesito una socia.
Astrid rio suavemente.
—¿Yo?
—Sí —respondió Mateo sin vacilar—. Tú.
Astrid volvió a reír. Creyó que bromeaba.
Pero Mateo lucía completamente serio.
—Te conozco. Y estoy seguro de que puedes.
—Eso fue hace mucho —dijo Astrid en voz baja.
Mateo negó con la cabeza. Su mirada se clavó directamente en ella.
—Sigues siendo la misma Astrid. La mujer inteligente que se graduó con las mejores calificaciones de la carrera de Administración de Empresas.
Astrid se quedó inmóvil. Hacía años que nadie recordaba eso. A nadie le importaba. Todos la veían únicamente como un ama de casa obesa. Pero Mateo recordaba sus logros.
—Llevo mucho tiempo buscando a la persona indicada. Y por fin te encontré —Mateo sonrió.
Los ojos de Astrid comenzaron a humedecerse porque se sentía valorada.
—Me estás sobrevalorando.
—No —respondió Mateo con firmeza, reclinándose en su silla—. Además, no soporto ver que maltraten a una buena persona que ni siquiera conoce su propio valor.
Esas palabras dejaron a Astrid sin habla. Todavía no se daba cuenta de que ese encuentro vespertino cambiaría su vida para siempre.