Anastasia Valenzuela Herrera huyó de la opulencia y del peso de ser la heredera del imperio de los magnates número uno del mundo, ocultándose bajo la falsa identidad de Anastasia Riquelme. Buscando forjar su propio camino en el extranjero, su vida da un giro devastador la noche en que es brutalmente violada en la oscuridad por un desconocido. Meses después, un desmayo en la universidad revela una verdad inquebrantable: está esperando un hijo de su agresor. En un intento desesperado por proteger a su bebé y evitar la intervención de su poderosa familia, comete el error de aceptar casarse por lo civil con Patricio Zapata, un compañero machista y manipulador.
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LAS REDES DE LA AMBICIÓN Y LA SEMILLA DE LA DISCORDIA
Los meses transcurrieron envueltos en una frágil tregua que amenazaba con romperse a cada segundo. El apartamento se convirtió en un escenario de miradas esquivas y tensiones contenidas. Anastasia, enfocada por completo en la recta final de su embarazo y en los preparativos académicos, dedicaba cada minuto de lucidez a estudiar y redactar sus proyectos de titulación. A pesar de los ataques de ansiedad que la abordaban por las noches y del constante recuerdo del rostro sin forma de su agresor, su intelecto se mantenía intacto, demostrando una capacidad sobresaliente que dejaba atónitos a sus profesores.
Patricio, por su parte, cumplía con precisión su papel de esposo atento frente a los demás, mientras en la intimidad del hogar marcaba una distancia fría hacia el vientre de Anastasia. Cada vez que la joven intentaba guiar la mano de su esposo para que sintiera los movimientos del bebé, él inventaba cualquier excusa banal para retirarse.
—Ahora no, Anastasia, estoy leyendo un informe de la universidad y no me puedo distraer —decía Patricio con indiferencia, acomodándose en el sillón sin mirarla.
—Solo te pedía un segundo, Patricio. Es nuestro hijo el que se está moviendo —respondía ella con un nudo en la garganta.
—Es tu hijo —corregía él en un susurro casi imperceptible, asegurándose de que Petra, desde la cocina, escuchara y sonriera con aprobación—. Sabes a lo que me refiero, Anastasia. Ya bastante hago con estar aquí apoyándote. No me exijas emociones falsas.
Aquellas palabras calaban hondo en el corazón de la joven, pero prefería callar para evitar nuevos enfrentamientos.
Llegó finalmente el día de la graduación. El magna aula de la universidad lucía majestuosa, repleta de estudiantes, familiares y profesores. Anastasia, luciendo su toga con una elegancia innata que ni la ropa holgada podía ocultar, caminó hacia el pólium para recibir el título de honor como la mejor estudiante de su promoción en Comercio Internacional y Diseño de Moda. En las gradas, Carmen aplaudía con lágrimas de orgullo en los ojos, gritando su nombre con fuerza, mientras Patricio y su madre observaban la escena con expresiones calculadoras.
Al finalizar la ceremonia, en los jardines del campus, los tres graduados se reunieron cerca de la fuente principal.
—¡Lo lograste, amiga! La mejor de toda la facultad, no esperaba menos de ti —exclamó Carmen, dándole un abrazo apretado a Anastasia, con cuidado de no presionar su abdomen.
—Gracias, Carmencita. Sin tu apoyo en los momentos más oscuros jamás habría llegado hasta aquí —contestó Anastasia, sonriendo verdaderamente por primera vez en meses.
Patricio se acercó, abrazando a Anastasia por los hombros con una pose victoriosa ante la mirada de los graduandos que pasaban por el lugar.
—Un gran logro para la familia Zapata —declaró Patricio con arrogancia—. Ahora nos toca salir a conquistar el mundo laboral. He estado revisando algunas vacantes en empresas medianas de la ciudad.
Anastasia lo miró de reojo y, guardando el secreto de sus verdaderas acciones, tomó aire antes de hablar.
—En realidad, Patricio, yo ya envié nuestros currículums a una de las corporaciones más importantes del país. Una multinacional con sede aquí.
Patricio la miró con sorpresa y cierto escepticismo, arrugando la frente.
—¿A cuál multinacional? Anastasia, ahí no contratan a cualquiera. Se necesitan palancas, influencias de alto nivel. Nosotros somos recién graduados sin experiencia en este país.
—Tú confía en mí —respondió Anastasia con voz firme—. Sé que nos van a llamar. Envié la postulación para el área de administración, marketing y comercio exterior.
Lo que ni Patricio ni Carmen sabían era que Anastasia había utilizado su verdadero talento y la red corporativa indirecta del imperio de su familia, los Valenzuela, introduciendo sus expedientes en una de las filiales del conglomerado. Sabía que con sus calificaciones sobresalientes su perfil llamaría la atención de inmediato, pero puso como condición implícita en la solicitud que su contratación debía incluir la incorporación de su esposo y de su mejor amiga en áreas afines.
Tres semanas después, la llamada llegó. Anastasia fue citada a una entrevista ejecutiva donde, tras demostrar un dominio impecable de los mercados internacionales y del diseño estratégico, fue aceptada de inmediato. Tal como lo había planificado en silencio, logró que la empresa contratara también a Patricio en el departamento de Recursos Humanos y a Carmen en la división de Marketing.
La noticia cayó como una bomba de emociones encontradas en el apartamento.
—¡Nos contrataron a los tres! —anunció Anastasia al entrar a la sala, mostrando las cartas de oferta laboral.
Carmen, que estaba de visita, saltó de la emoción y abrazó a su amiga.
—¡No lo puedo creer! ¡En esa empresa tan prestigiosa! Anastasia, eres una genia, ¡gracias!
Patricio tomó los papeles, leyendo detenidamente los cargos y las condiciones. Aunque disimulaba, una punzada de envidia le corroía el pecho al notar que el sueldo inicial de Anastasia y su proyección de ascenso eran superiores a las suyas.
—Bueno... parece que el entrevistador vio potencial en mi perfil para Recursos Humanos —comentó Patricio con petulancia, intentando adjudicarse el mérito—. Es lo mínimo que esperaba para un profesional de mi nivel.
—Patricio, a los tres nos dieron la oportunidad por el currículum de Anastasia, ella fue la que presentó la propuesta grupal —intervino Carmen con tono sarcástico.
—A ti nadie te preguntó, Carmen —espetó Patricio con frialdad—. Aquí lo importante es que yo voy a ser el hombre que traiga el sustento principal a la casa a largo plazo, porque Anastasia pronto tendrá que darse de baja por el parto.
Petra salía de la cocina con los brazos cruzados, apoyando a su hijo con la mirada.
—Así se habla, hijo. Una mujer a punto de parir debe estar en su casa atendiendo a su marido, no metida en oficinas creyéndose ejecutiva.
Anastasia prefirió no entrar en discusiones. Sabía que el trabajo era su única vía de independencia a futuro y la garantía de que a su hijo no le faltaría absolutamente nada.
Pocos días antes de empezar sus labores en la compañía, la fecha del parto se adelantó. Una madrugada, Anastasia comenzó con contracciones intensas y dolorosas. Sola en su habitación, apretaba las sábanas para no gritar, mientras escuchaba los roncados de Patricio desde el sillón de la sala, donde prefería dormir para "no ser molestado por sus pesadillas".
Como pudo, Anastasia caminó hacia la sala, apoyándose en las paredes, con el rostro bañado en sudor.
—Patricio... despierta... ya viene... el bebé ya va a nacer —logró decir, tocándole el hombro con desesperación.
Patricio abrió los ojos con fastidio, mirando el reloj de la pared.
—¿A esta hora? Maldita sea, Anastasia, mañana tengo que ir a firmar el contrato de la empresa. ¿No puedes aguantar un poco?
—¡Es un parto, Patricio! ¡No puedo aguantarlo! —gritó Anastasia, rompiendo fuente en ese mismo instante.
A regañadientes, Patricio se levantó y llamó a un taxi. Sin embargo, al llegar al hospital, la verdadera cara de su desprecio quedó al descubierto. Tan pronto como ingresaron a Anastasia en la sala de maternidad, Patricio caminó hacia la salida.
—Voy a buscar a mi mamá y me voy al departamento a descansar. Tengo reuniones importantes hoy —le dijo a la enfermera de guardia.
—Señor, su esposa está a punto de dar a luz, necesita que usted esté a su lado —le recriminó la enfermera con asombro.
—A mí no me diga qué hacer. Avísenme cuando nazca —respondió Patricio cortantemente, saliendo por la puerta principal sin mirar atrás.
Fue Carmen quien, tras ser avisada por mensaje por la propia Anastasia en medio de las contracciones, llegó corriendo al hospital. Entró a la sala de partos, tomó la mano de su amiga y permaneció a su lado durante cada pujo, cada lágrima y cada grito de dolor.
Tras horas de intenso esfuerzo, el llanto fuerte y claro de un recién nacido llenó la sala de operaciones. El médico limpió al pequeño y lo colocó con delicadeza sobre el pecho de Anastasia.
Al mirar el rostro de su hijo, el mundo de Anastasia se detuvo. El bebé era una criatura hermosísima: una piel extremadamente blanca, finos rasgos y una pequeña cabeza cubierta de suave cabello rubio rizado. Cuando el niño abrió por primera vez sus pequeños ojos de un azul intenso y cristalino, el corazón de Anastasia se encogió en una mezcla de amor incondicional y dolor profundo.
—Bienvenido al mundo, mi pequeño Ariel... —susurró Anastasia llorando de emoción, besando la frente suave de su bebé.
Carmen, a su lado, contemplaba al niño con fascinación pero también con una sombra de asombro. Los rasgos del pequeño Ariel —su cabello rubio rizado y sus ojos azules— no guardaban ningún parecido con la piel canela de Anastasia ni con el cabello negro y ojos claros de Patricio. Eran la copia fiel y viva del hombre que aquella noche oscura había destruido la vida de Anastasia.
—Es hermoso, Anastasia... es un ángel —murmuró Carmen, acariciando la manita del recién nacido.
Ni Patricio ni Petra aparecieron por el hospital durante los dos días que duró la internación. Cuando Anastasia regresó al apartamento cargando al pequeño Ariel en sus brazos, acompañada por Carmen, se encontró a Patricio y a su madre sentados en el comedor almorzando tranquilamente.
Patricio ni siquiera se levantó de la silla. Echó una mirada fría hacia el bebé envuelto en la manta azul y soltó una risa amarga.
—Míralo bien mamá... Rubio de ojos azules. Ni a ti ni a mí se parece en nada este bastardo —dijo Patricio con asco, volviendo a su plato de comida.
—Un recordatorio vivo de tu deshonra, muchachita —añadió Petra sin ningún tipo de piedad—. Agradece que mi hijo les da un techo, porque ese niño no lleva ni una gota de la sangre de los Zapata.
Anastasia estrechó al pequeño Ariel contra su pecho, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos, pero apretó la mandíbula con una determinación renovada. Miró a Patricio y a su madre con una frialdad que jamás había mostrado.
—No vuelvan a dirigirse a mi hijo de esa manera —dijo Anastasia con voz firme y helada—. Este niño es mi vida entera y si alguno de los dos se atreve a hacerle daño, les juro que no me va a importar nada con tal de destruirlos.
Se giró sobre sus talones y se encerró en su habitación con el pequeño Ariel, dejando a Patricio y a Petra en un silencio incómodo, mientras afuera las sombras del pasado comenzaban a tejer el destino que muy pronto reuniría las vidas de los Valenzuela y los Victorino.