El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.
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Capítulo 24
Capítulo 24 — El mordisco
Volví a la casa un jueves, con la lluvia cayendo finita sobre los cristales.
No volví a vivir; eso todavía no. Volví a cenar. Max me lo había pedido por teléfono con esa voz suya que se ponía dócil solo conmigo, y yo le había dicho que sí después de hacerme la difícil dos días enteros, como me instruyó Xime. Doña Reme me recibió en la puerta con los ojos llorosos y un "ay, mija, gracias a Dios" que me apretó la garganta, me dio de merendar con la mirada aunque yo dijera que no tenía hambre, y como a las nueve se retiró a su cuarto con su rosario, no sin antes echarme una mirada de complicidad que fingí no entender.
Nos quedamos solos en la cocina.
Max se había arremangado la camisa y estaba en la estufa, y olía a lo de siempre, a esa comida que me hacía desde que yo tenía dieciséis años y no sabía lo que era una casa. El caldo, el arroz rojo, las tortillas que él mismo calentaba en el comal porque decía que la máquina las echaba a perder. Lo miré de espaldas, ancho, serio, concentrado en no quemar nada, y sentí que algo se me destapaba en el pecho. Como si esos meses de infierno hubieran sido un mal sueño y esta fuera la única realidad verdadera: él cocinándome, yo sentada en el banco de la barra, la lluvia afuera.
—Sigues echándole demasiado epazote —dije, por decir algo, por no llorar.
—Y tú sigues sin saber de epazote —contestó, sin voltear. Pero le vi el borde de la sonrisa en la mejilla.
Me bajé del banco. Fui a asomarme a la olla, metí la cuchara para probar antes de tiempo como hacía de niña, y él me la quitó de la mano.
—Espérate. Todavía no.
—Es mi caldo.
—Es mi cocina.
—Antes me dejabas probar.
—Antes eras chica y no me robabas la mitad de la olla.
Le quise quitar la cuchara de vuelta y empezó un forcejeo tonto, de esos que no van en serio, él levantando el brazo para que yo no alcanzara, yo colgándome de su antebrazo muerta de risa por primera vez en meses. Y de repente ya no estábamos jugando. Lo sentí en el segundo exacto en que dejó de reírse. Yo tenía la mano cerrada sobre su antebrazo desnudo, tibio, y él se había quedado muy quieto, mirándome desde arriba con una cara que no le conocía, y la cocina entera se llenó de una cosa espesa que no era el vapor de la olla.
Estábamos demasiado cerca. Su camisa abierta en el cuello. Su hombro ahí, a la altura de mi boca.
Y entonces me subió, desde muy abajo, todo junto: la mujer de los tacones, los meses de creerlo perdido, el miedo a que me lo quitaran otra vez, las ganas guardadas por años de que fuera mío y de nadie más. No lo pensé. No me dio tiempo de pensarlo.
Le mordí el hombro.
Fuerte. Ahí donde la camisa dejaba la piel, junto al cuello. No fue un beso, no fue una caricia; fue un reclamo, un "eres mío" con los dientes, la única manera que encontró mi cuerpo de decir lo que mi boca no se atrevía. Sentí su piel entre mis dientes y lo sentí a él tensarse entero, respirar hondo, cerrar la mano contra la barra.
Y no me apartó.
Eso fue lo que me desarmó. Un hombre así, que controlaba cada músculo, cada palabra, cada distancia entre nosotros como quien vigila una frontera. Se quedó quieto. Me dejó marcarlo. Aguantó el mordisco con los ojos cerrados y la mandíbula apretada, como quien recibe algo que llevaba mucho tiempo esperando y ha decidido no defenderse.
Cuando lo solté, di un paso atrás, con la cara ardiendo, asustada de mí misma.
—Perdón —murmuré—. No sé por qué…
—No —dijo él, con la voz ronca, sin abrir del todo los ojos—. Está bien.
Nos quedamos así, a un palmo, respirando fuerte, con la olla hirviendo sola atrás y la lluvia repiqueteando en los vidrios. No hubo más. Ni un beso, ni una mano de más. Solo eso: la marca roja de mis dientes subiéndole en el hombro y los dos temblando por lo que no hicimos. Él fue el que rompió la distancia, retrocediendo, agarrándose otra vez de su disciplina de acero como quien se agarra de un barandal.
—La cena —dijo—. Se va a quemar.
Servimos los platos. Nos sentamos uno frente al otro en la barra de la cocina, como tantas veces, solo que ya nada era como tantas veces. Yo no podía verle el hombro sin ponerme roja. Él no podía verme la boca sin apartar la mirada. Comimos casi sin hablar, mirándonos de reojo, como dos adolescentes, pasándonos la salsa con una formalidad ridícula, cuidándonos de que no se rozaran los dedos porque los dos sabíamos lo que iba a pasar si se rozaban.
—Está bueno el caldo —dije, por fin, para romper algo.
—Le puse el epazote justo —contestó él, y las dos cosas eran verdad y ninguna era de lo que estábamos hablando.
Fue la cena más feliz que recuerdo.
Me fui a mi cuarto de siempre a dormir —el que doña Reme había mantenido intacto todos esos meses, con mis cosas donde las dejé—, y ya tarde, cuando bajé por un vaso de agua, lo vi por la puerta entreabierta de su recámara.
Estaba frente al espejo, con la camisa a medio quitar. Se miraba el hombro. La marca. La tocó con dos dedos, despacio, esa media luna de dientes que yo le había dejado, y algo en su cara no era enojo ni reproche. Era otra cosa. Se abrochó la camisa muy despacio, cubriéndola, guardándola, como quien no piensa borrar una prueba, y murmuró, más para sí que para nadie, tan bajo que casi no lo oí:
—Vas a ser mi perdición, niña.
Subí a mi cuarto sin que me viera, con el corazón golpeándome las costillas, y no supe entonces —no lo supe hasta mucho después, cuando ya era demasiado tarde para tantas cosas— que esa marca que le dejé aquella noche de lluvia iba a ser, meses adelante, el hilo del que otros iban a jalar para dar conmigo.