Cristani por fin tenía una vida normal. O eso creía. Hasta que se dio cuenta de que el poder en su cuerpo empezaba destruirla por dentro.
Al mismo tiempo que los problemas volvieron con sus amigos. Primero fue esa espada. La querían para mantener bajo control a Cristani.
Luego supieron del ser que entró a su mundo, un peligro para su plano. Debían eliminarlo.
Entonces llegó Carl Rowen. Decía conocerla y que podía ayudarla a contener esa energía ancestral.
Y la búsqueda comenzó.
Después, Cristani supo que todas las vidas que trataban de recordarle, no eran suyas. Sino de un fragmento más. Uno que vivía en otro plano.
Y un encuentro con una mujer le hizo darse cuenta que sin ese fragmento podría morir.
Pero eso implicaba que Carl pudiera encontrarse con quien deseaba.
La decisión era suya.
Elegir su vida o elegir la felicidad de Carl.
¿Vivir para verlo desaparecer o morir para verlo encontrarse con ella?
¿Ser el monstruo que tanto temía o ser la heroína que Carl necesitaba?
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Capítulo 23: Buscando a la guardiana o intentando
—Lo siento —repitió el chico a mi lado, en voz baja.
—Estoy bien —dije, secándome las lágrimas con el dorso de la mano después de unos minutos. Ya no había lágrimas, pero el dolor seguía ahí.
—Él intentó ayudarla, pero ella decidió sacrificarse antes —murmuró.
Asentí lentamente.
No hacía falta que explicara más.
Entendía lo que significaba elegir el final por uno mismo cuando el destino te arrastraba hacia otro.
—Si encuentras la tumba donde está guardado el cuerpo de esa guardiana, podría haber una posibilidad de que no mueras.
Mis ojos rojos se posaron en él.
Algo revoloteó dentro de mí, como una frágil mariposa que obtuvo esperanza.
¿Esperanza? ¿Era eso? Hacía semanas que no sentía nada parecido.
—¿Cómo sabes eso? —Pregunté.
—Es lo que pude rescatar de su memoria —explicó, señalándose la cabeza—. Pero solo sé eso. Tendrías que preguntarle directamente a él.
—Una guardiana, una tumba, su cuerpo guardado, y la general Feng —murmuré, como tratando de acomodar el rompecabezas en mi cabeza.
Cada palabra era una pieza que no encajaba del todo.
—Mi espada —dije de repente, abriendo los ojos. Carl me miró confundido—. Escuché que proviene del reino inmortal.
—¿Eso tan siquiera existe? —Carl se acomodó los anteojos, como si eso le diera tiempo para pensar.
—No importa si existe o no —dije negando con la mano—. Lo que importa es que podría mostrar el camino hacia ese ser. Si mi espada vino de ahí, tal vez pueda abrir la puerta.
—Pero no hay más pistas —me miró, con esa expresión cansada que tenía últimamente.
—Con esto ya es suficiente —me levanté del piso, doblé los papeles con cuidado y los guardé en el bolsillo de mi abrigo.
Me di la vuelta esta vez para irme.
—Quiero ayudar —Carl corrió y agarró con duda mi brazo.
Sus dedos temblaban un poco.
—Ya hiciste demasiado —lo miré a los ojos—. Déjame seguir con esto ahora.
—P-pero él quiere ayudar —me miró con ojos expectantes—. No solo yo.
—Te meterás en problemas.
—No importa —negó rápido, sacudiendo la cabeza—. Estamos los dos en esto.
Solté un pequeño suspiro y lo estudié de pies a cabeza.
Estaba hecho un desastre, con ojeras, la camisa arrugada, el cabello sin peinar.
Pero en sus ojos había algo terco.
Después, de alguna manera, me sería útil. No podía hacerlo sola.
—Date un baño y ponte algo decente —dije al final.
Carl sonrió con timidez y asintió.
Parecía aliviado, como si mi aceptación fuera lo único que necesitaba para respirar.
Y comencé con una nueva investigación, aunque no había mucho que buscar.
Mi poder seguía sellado, y sin él no podría recorrer al otro lado del mundo para ir a ese santuario de aquellos monjes taoístas.
Si decidiera viajar, sería un viaje largo, peligroso, y no sabía cuánto tiempo el sello aguantaría para contener la energía espiritual que se desbordaba dentro de mí.
Con un gran esfuerzo logré invocar mi espada.
El aire se calentó cuando apareció en mis manos, y sentí un alivio que me dolió.
Con ella en manos, y con lo que sabía Carl acerca del pasado, buscamos una manera de poder acceder a la tumba de esa “guardiana”.
Pasamos horas revisando los papeles, trazando líneas entre nombres, fechas, lugares.
Nada concreto.
Solo fragmentos.
Por las mañanas yo trabajaba en la veterinaria del centro de la pequeña ciudad.
Vendaba patas rotas, limpiaba jaulas, asentía a los clientes como si mi vida no estuviera desmoronándose.
Y al finalizar salía a pasear junto a Carl mientras conversábamos sobre la búsqueda que aún no daba frutos.
Caminar nos ayudaba a pensar.
—¿Lo has intentado llamar? —Pregunté mirando al chico mientras subíamos la colina.
Esa tarde, como ya varias, íbamos de camino a la colina de arriba solo para tomar aire y charlar lejos de las miradas.
—Sí, pero no responde —respondió, cabizbajo. Pateó una piedra en el camino.
Él me había comentado que aquella presencia que ocupaba su cuerpo no había intentado poseerlo durante las últimas semanas.
Era como si se hubiera esfumado.
Antes solía hablarle desde su mente, susurrarle recuerdos, corregirlo.
Incluso hablar a través de él.
Ahora nada.
Solo silencio.
—Yo… la última vez se enojó conmigo —dijo, jugando con sus manos—. Luego le pedí que abandonara mi cabeza, y desde esa vez ya no hay rastro de él.
—No es tu culpa —lo miré antes de darle pequeñas palmadas a su hombro como una forma de reconfortarlo—. Aparecerá. No puede quedarse callado para siempre.
Carl asintió suavemente, antes de abrazar mi brazo como un niño pequeño.
Últimamente era demasiado pegajoso, y me recordaba a Melanie cuando tenía miedo.
No me molestaba.
Era raro, pero se sentía bien tener a alguien caminando a mi lado.
—Él te quiere —murmuró de repente—. Tal vez está molesto de que yo hable contigo.
Su voz sonó insegura, casi como si realmente creyera que eso fuera posible.
Como si la presencia dentro de él sintiera celos.
—Si realmente le importara, ya estaría aquí ayudándonos a encontrar pistas de esa guardiana —solté con seriedad, mirando el horizonte—. Al final de cuentas no lo necesitamos.
Agregué, y él sonrió nuevamente.
Volvió a asentir, apretando un poco más mi brazo.
El sol empezaba a caer, y por un momento, caminando en esa colina con un chico que no debería estar metido en esto, sentí que tal vez la esperanza no era tan frágil después de todo.
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