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Cámara Encendida

Cámara Encendida

Status: Terminada
Genre:Romance / Malentendidos / Yaoi / Completas
Popularitas:892
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.

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EPÍLOGO EL TIEMPO DE LA CALMA

Un año y medio.

No parecía mucho tiempo dicho así, en números. Pero para Damián y Gael, esos dieciocho meses habían sido más largos, más profundos y más reales que todos los años anteriores de sus vidas juntos. Porque antes, cada día era una lucha por sobrevivir: por esconderse, por huir, por decir la verdad sin que nadie quisiera escucharla. Ahora, por primera vez, cada día era simplemente vivir.

La casa que habían construido con sus propias manos estaba en lo alto de una colina, lejos de la ciudad, lejos de las calles donde los habían perseguido, lejos de los muros altos que Damián había conocido toda su vida. Era pequeña: una sala, dos habitaciones, una cocina estrecha y un porche amplio que daba hacia el valle entero. Las paredes eran de madera clara que habían lijado y pintado juntos, el techo tenía una ventana de vidrio desde donde se veían las estrellas por las noches, y alrededor habían plantado de todo: rosas, lavanda, árboles jóvenes que crecían despacio, tal como ellos. No era una mansión. No tenía lujos ni grandes espacios vacíos. Pero cada rincón llevaba la marca de sus manos, de su esfuerzo, de su tiempo. Y eso la hacía más suya que cualquier lugar donde Damián hubiera vivido jamás.

Esa tarde, Damián estaba sentado en el borde del porche, con las piernas cruzadas sobre una manta tejida, leyendo un libro que había empezado tres veces antes de poder concentrarse de verdad. A su lado, sobre una mesa rústica que Gael había armado con ramas viejas y tablas recuperadas, descansaba una taza de té que ya se había enfriado un poco. Levantó la vista y miró alrededor: el jardín, el camino de tierra que subía hasta la casa, el cielo que se teñía de naranja y violeta al atardecer. Y por un instante, como le ocurría casi todos los días, sintió que el pecho se le llenaba de una sensación tan suave y grande que casi le dolía. Estaba tranquilo. De verdad tranquilo. No había alguien vigilando desde la esquina. No había un coche oscuro siguiéndolo. No había mensajes amenazantes ni puertas que se cerraban con cerrojo pesado. Solo había viento, pájaros y silencio.

—Te se enfrió el té —dijo una voz a su espalda.

Damián sonrió sin girarse. Reconocía ese tono, ese paso, esa calidez que se acercaba siempre de la misma forma: despacio, sin prisa, sin hacer ruido. Gael se sentó a su lado, le puso en la mano una taza nueva y caliente, y se recostó un poco mirándolo. Había dejado crecer un poco más el cabello, y a veces tenía polvo o tierra en las manos por el trabajo del día, pero para Damián no había nadie que le pareciera tan bien como él.

—Estaba pensando —dijo Damián, sosteniendo la taza entre sus manos— que hace poco más de un año dormíamos en un sótano oscuro, sin saber si saldríamos de ahí. Y ahora… ahora estamos aquí. Tenemos techo. Tenemos comida. Nadie nos persigue. A veces me da miedo creerlo. Siento que en cualquier momento voy a despertar y todo habrá sido un sueño.

Gael le tomó una mano entre las suyas y la apretó con firmeza, pero sin lastimarlo. Era el mismo gesto de siempre: el que significaba *estoy aquí, no te voy a soltar*.

—Yo también lo pienso a veces —admitió—. Pero no es un sueño, Damián. Aquí estamos. Y si te da miedo, apriétame la mano. Aquí estaré.

Damián se inclinó hacia él y apoyó la cabeza en su hombro. Respiró hondo: el aroma de Gael, que antes había sido su refugio en medio del peligro, ahora era su hogar. Estaba estable, sereno, sin rastro de esa tensión constante que antes los había acompañado a todas partes. Pero sabía que ninguno de los dos había olvidado lo que vivieron. Las cicatrices no se borran, solo dejan de doler tanto.

En los primeros meses después de que todo terminara, las pesadillas eran frecuentes. Damián se despertaba de golpe, sudando frío, con el corazón golpeándole desbocado, creyendo que todavía estaba encerrado en esa habitación de la mansión, escuchando el cerrojo cerrarse. A veces soñaba que Gael se iba, que le decía que ya no quería estar con él, que todo había sido una mentira. Y cada vez que eso pasaba, Gael lo abrazaba en la oscuridad y le hablaba suavemente hasta que volvía a reconocer su voz. Nunca se quejó de los despertares, nunca le dijo que eran tonterías. Solo estaba ahí.

—¿Te acuerdas del bosque? —preguntó Damián de pronto—. De la cabaña donde nos escondimos. De cómo teníamos miedo hasta de respirar fuerte.

—Me acuerdo —respondió Gael—. Pero también me acuerdo de que ahí, en medio de todo ese miedo, decidimos no separarnos. Eso es lo que no voy a olvidar nunca.

La vida que habían construido era sencilla, casi humilde para los estándares que Damián había conocido de pequeño. No tenían dinero de sobra, ni lujos, ni sirvientes. Pero tenían lo necesario y mucho más. Gael trabajaba como fotógrafo independiente, recorriendo los pueblos y los bosques cercanos capturando imágenes de la naturaleza y de la gente que vivía en ella. Sus fotografías no eran famosas ni aparecían en revistas grandes, pero la gente que las veía sentía algo al mirarlas. Eso le bastaba. Damián, por su parte, había empezado a estudiar: historia, literatura, todo aquello que su padre nunca le permitió aprender porque decía que “no servía para los negocios”. Iba despacio, sin exigencias, sin que nadie le presionara para ser alguien que no era. Por primera vez en su vida, sus días eran suyos para decidir qué hacer con ellos.

De su familia casi no quedaba nada. Su padre cumplía condena por fraude, abuso de poder y daño al patrimonio público. Había perdido todo: la empresa, la mansión, la influencia, los amigos que solo estaban con él por interés. Damián no lo había ido a visitar. No sentía odio, pero tampoco sentía el deseo de verlo. Sabía que su padre no entendía por qué su propio hijo lo había destruido. Nunca lo entendería. Porque para él todo era propiedad, poder, control. Y lo que Damián y Gael tenían no era algo que se pudiera comprar ni poseer. Era algo que se elegía cada día.

Su madre vivía en una ciudad pequeña a cientos de kilómetros de distancia. Trabajaba en una biblioteca, lejos de todos los que la conocían. Cada dos o tres meses le escribía una carta corta, sin pedir perdón en exceso, sin exigir respuestas. Solo le contaba cómo estaba: que había empezado a leer libros que nunca tenía tiempo, que había hecho una amiga, que por fin dormía tranquila por las noches. Damián leía cada carta con calma, la guardaba en una caja de madera sobre su mesa, y a veces escribía una respuesta breve contándole que estaba bien. No la perdonaba del todo todavía. No olvidaba que ella había estado al lado de su padre mientras él sufría. Pero tampoco la odiaba. Había aprendido que el mundo no se divide solo en buenos y malos. Hay personas que cometen errores enormes por miedo, y hay quienes deciden no dejarse consumir por ellos para siempre. Su madre había elegido hacer lo correcto al final. Y eso, aunque no borraba el daño, contaba.

—¿Alguna vez piensas en ella? —preguntó Damián esa tarde, sin nombrarla—. En tu abuelo, quiero decir.

—Todos los días —respondió Gael suavemente—. Me pregunto qué pensaría si viera este lugar. Si aprobaría que construyamos algo en paz después de todo lo que pasó.

—Seguro que sí —dijo Damián—. Porque él fue quien guardó la verdad para que alguien la encontrara. Y la encontramos nosotros. Eso significa que confió en que vendría alguien que la cuidaría.

El bosque que había sido el centro de todo el conflicto seguía de pie, verde y silencioso. Los vecinos del pueblo cercano lo cuidaban como algo sagrado. Nadie había construido nada allí. Nadie había talado los árboles. Las tierras que dos familias habían peleado por dinero ahora pertenecían a todos quienes vivían cerca. Damián y Gael iban de vez en cuando, caminaban por los senderos, subían hasta la piedra tallada donde habían encontrado la última prueba. No con tristeza, sino con respeto. Era como visitar el lugar donde habían dejado de ser dos personas separadas y se habían convertido en algo más fuerte juntos.

Una tarde, mientras bajaban del bosque, Damián se detuvo y miró a su alrededor.

—A veces me da pena pensar en todo lo que perdí —confesó—. Mi familia, mi casa, la vida que creí que tendría.

—Yo también lo siento por ti —dijo Gael—. Pero mira lo que ganaste: tu libertad. Tu voz. Tu vida. Y yo. No es poco, Damián. No es poco en absoluto.

Con el tiempo, las heridas internas también fueron cerrando. Damián aprendió a confiar poco a poco. Al principio, cuando alguien llamaba a la puerta, se ponía tenso y se quedaba de pie cerca de Gael. Con los meses, empezó a abrir la puerta sin miedo. Cuando alguien le hablaba en la calle, no miraba al suelo esperando insultos. Levantaba la vista y respondía con calma. Porque sabía quién era. No era el hijo de nadie. No era la propiedad de nadie. Era Damián. Y era suficiente.

Gael también sanó. Había cargado con la culpa de su abuelo, con la responsabilidad de proteger a Damián, con el peso de toda la verdad que nadie quería escuchar. Ahora soltaba la cámara cuando quería descansar. Se reía sin que la risa se le cortara por miedo. Dormía profundamente toda la noche, sin vigilar la puerta. Damián lo veía relajarse cada día un poco más, y eso le daba más felicidad que cualquier otra cosa.

Un sábado por la tarde, llegaron visitas del pueblo: una familia que les había ayudado cuando estaban escondidos, con comida y noticias. Se sentaron todos en el porche, comieron pan recién horneado, hablaron de las cosechas, del clima, de las cosas normales de la vida. Nadie les preguntó por su pasado. Nadie mencionó los apellidos Vera ni el conflicto de las tierras. Solo los trataban como a dos jóvenes que vivían arriba en la colina, buenos y tranquilos. Y para Damián, eso fue el mayor regalo del mundo: ser tratado como una persona normal, sin etiquetas, sin historia que cargar.

Cuando se fueron, ya era de noche. Damián y Gael se quedaron mirando las estrellas desde la ventana del techo.

—¿Te imaginas así siempre? —preguntó Damián en voz baja—. Sin grandes aventuras, sin peligros. Solo… nosotros.

—Así —confirmó Gael—. Y si llega algo difícil, lo enfrentamos. Pero ahora sabemos que podemos. Porque ya hicimos lo más difícil: no separarnos cuando todo parecía perdido.

No todo era perfecto, claro. A veces Damián se ponía triste sin saber por qué, y entonces Gael simplemente se quedaba a su lado sin presionarlo para que estuviera bien. A veces Gael se preocupaba demasiado por el dinero o por el trabajo, y era Damián quien le recordaba que tenían todo lo que necesitaban. Tenían discusiones pequeñas, silencios breves, días en que no se sentían felices ni especiales. Pero nunca se iban. Nunca se dieron la espalda. Aprendieron que el amor no es solo los momentos bonitos: es también esperar cuando el otro está cansado, escuchar cuando está triste, y decir lo que duele sin miedo a romper todo.

Un día, encontraron una caja vieja que habían guardado y olvidado en un rincón del ático. Dentro estaban las copias de los documentos, las hojas escritas a mano, el mapa dibujado con marcas rojas. Se sentaron en el suelo y lo miraron todo en silencio.

—¿Lo guardamos o lo quemamos? —preguntó Damián.

—Lo guardamos —dijo Gael—. No para recordar el miedo, sino para recordar lo que logramos. Para que nunca olvidemos que incluso cuando todo parece perdido, hay que seguir adelante.

Ese mismo año, en el aniversario del día en que se conocieron, subieron al bosque al atardecer. Se sentaron bajo los árboles donde se habían escondido por primera vez. No trajeron regalos caros ni fiestas. Solo estaban juntos. Gael le tomó la mano y le dijo:

—No te prometo que todo será fácil. No sé qué nos depará el futuro. Pero te prometo que te escucharé. Que te respetaré. Que si te caes, te ayudo a levantar. Y que nunca, jamás, te haré sentir que eres una carga. Eso te lo prometo siempre.

—Y yo te prometo —respondió Damián con los ojos brillantes— que no me callaré lo que siento. Que confiaré en ti. Que cuando tengas miedo, yo te sostengo a ti también.

No hubo grandes discursos ni promesas eternas imposibles de cumplir. Solo esas palabras sencillas, dichas con el corazón lleno y la mirada clara. Y eso valía más que cualquier juramento solemne.

Meses después, Damián recibió una carta de su madre diciéndole que había encontrado un trabajo que le gustaba, que estaba bien, y que no esperaba que le respondiera si no quería. Damián la leyó tres veces, respiró hondo, y escribió una respuesta corta pero amable: *Me alegra que estés bien. Yo también estoy bien*. No le dijo más. No estaba listo para más. Pero por primera vez, escribir esas palabras no le dolió como antes.

La vida seguía, tranquila y constante. Los árboles que plantaron crecían. Los libros que leía Damián se acumulaban en estantes que él mismo armó. Las fotografías de Gael llenaban las paredes de la casa. No eran ricos. No eran famosos. Pero eran libres. Y estaban juntos.

Una noche, Damián se despertó y vio que Gael estaba despierto mirándolo a la luz tenue de la luna que entraba por la ventana.

—¿Qué pasa? —preguntó Damián suavemente.

—Nada —respondió Gael sonriendo—. Solo estoy feliz de que estés aquí. Conmigo. En nuestra casa.

Damián se acercó más y lo abrazó.

—Yo también —susurró—. Gracias por no rendirte.

—Nunca lo hice —dijo Gael, y lo besó despacio, con calma, sin prisa, como si tuvieran toda la vida por delante.

Y así era. Tenían tiempo. Tenían paz. Tenían al otro. No era un final de cuento de hadas. Era mejor: era un final real. Con cicatrices, con aprendizajes, con heridas que sanaron y otros que todavía recordaban. Pero era suyo. Completamente suyo.

Caminaron juntos desde la oscuridad hasta la luz. Y ahora, ya en paz, siguieron caminando juntos, hacia el mañana que habían ganado con valor, verdad y amor.

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FIN DEL EPÍLOGO —

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