Para asegurar su presidencia de la prestigiosa compañía de chocolates familiar, el arrogante Gerson accedió a unir su vida legalmente a la de Hellen. Ella era una heredera millonaria a quien él y su madre despreciaban profundamente por considerarla ingenua, pero cuyo capital era indispensable para sus ambiciones. Sin embargo, el destino cambió de rumbo aquella mañana, cuando Hellen se desplomó inexplicablemente tras beber un té que su propia suegra le había preparado...
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Capítulo 14
El trayecto de regreso a la mansión fue una absoluta tortura. La noche devoraba el paisaje del otro lado de las ventanillas, pero dentro del carruaje el aire quemaba. Me senté justo frente a Hellen, incapaz de apartar los ojos de su rostro ni un solo segundo. Tenía la mandíbula tan apretada que sentía los músculos de la cara rígidos, y los puños se me cerraban solos sobre las rodillas. Estaba furioso. Me carcomía la rabia por las malditas flores que ese imbécil de Christian Dumont le había mandado a la fábrica, y me hervía la sangre al recordar cómo los directivos la miraban en la cena, como si fuera una maldita presa. Pero lo que más me estaba volviendo loco no eran ellos. Era ella.
Hellen ni siquiera se inmutó por mi cercanía. Cruzó las piernas con una elegancia y soberbia, Dios, esa mirada. Ya no quedaba nada de la mujer sumisa con la que me había casado. Me barrió con unos ojos gélidos, felinos, cargados de una sensualidad tan implacable y altiva que sentí cómo el aire se me atoraba en la garganta. Me estaba retando. Me estaba quemando vivo sin tocarme, devolviéndome el golpe de cada una de mis pasadas humillaciones con el puro peso de su presencia.
Sentí una desesperación salvaje, una frustración carnal que me exigía saltar sobre ella, acorralarla contra el asiento y recordarle que era mi esposa. Pero su postura real, esa distancia majestuosa que manejaba ahora, me congelaba en el sitio. Había perdido el control sobre ella, y lo peor es que lo sabía.
El carruaje finalmente se detuvo frente a la mansión. Bajamos en un silencio sepulcral que hacía eco en el gran vestíbulo. Al llegar al pie de las escaleras, no pude más. Me planté frente a ella, bloqueándole el paso. Mi pecho subía y baja con violencia, y mis manos amagaron con tomarla de los hombros, desesperado por romper esa maldita armadura de hielo, por exigirle que me mirara como antes. Estaba completamente expuesto ante ella, desarmado por mis propios celos.
Entonces, Hellen dio un paso hacia mí. Invadió mi espacio con una lentitud descarada. Su perfume floral se mezcló con el olor a madera de la estancia y me nubló el juicio. Me tensé, conteniendo la respiración, esperando el estallido de la guerra, el desprecio o el reclamo. Pero lo que hizo me destrozó la cordura. Se inclinó despacio y depositó un beso en mi mejilla.
Fue un roce sutil, pausado, dolorosamente romántico. Sus labios, tibios y suaves, se demoraron en mi piel, justo en el borde de mi mandíbula. Sentí el calor de su aliento y mi pulso se desbocó en un segundo; el corazón me dio un vuelco violento. Ese maldito beso actuó como gasolina pura sobre las brasas que me quemaban el pecho. Me encendió por completo, dejándome full de una excitación y un deseo incontenible que me nubló la vista. La quería ahí mismo. Quería estampar mis labios contra los suyos.
Pero antes de que mis brazos pudieran reaccionar para atraparla, se apartó con una sonrisa ladina, fría, perfectamente calculada.
—Buenas noches, Gerson
susurró. Su voz de seda cortó el aire.
Me dio la espalda sin mirar atrás. Subió las escaleras con el paso firme de un monarca que acaba de ganar una batalla, dejándome completamente caliente, paralizado en medio del vestíbulo y lidiando con una frustración carnal tan jodida que supe, en ese mismo instante, que no lograría pegar el ojo en toda la noche. Ella tenía el control del juego, y me estaba dejando sangrando por orgullo.
Pasé la noche dando vueltas en la cama, devorado por la silueta de mi propia esposa, hasta que el sueño me reclamó solo para terminar de destrozar mi cordura.
No fue un descanso, fue una fantasía vívida y abrumadora que me hizo despertar empapado en sudor frío a mitad de la madrugada. En mi mente, las oficinas de nuestra fábrica de chocolates Evans desaparecían. Me encontraba en un salón ancestral, inmenso, de piedra negra y antorchas flotantes que proyectaban sombras violentas. Al fondo, sobre un trono elevado, estaba Hellen. No vestía sus trajes sastre ejecutivos; llevaba una túnica de seda oscura que se desparramaba por los escalones y una corona de oro macizo sobre la frente.
En el sueño, la rabia y el deseo me impulsaban a avanzar. Quería subir, reclamarla, gritarle que era mía, pero su mirada desde las alturas me clavó al suelo con el peso de un dios. Hellen se puso de pie. Bajó los escalones con una lentitud aterradora, sosteniendo una daga de plata en la mano. Se plantó frente a mí y, con la misma risa limpia y despectiva que me había lanzado en el vestíbulo, me obligó a arrodillarme ante ella. Mi fantasía mezclaba la necesidad más pura de poseer su cuerpo con el terror absoluto de ver que su espíritu era superior al mío. Desperté con la respiración entrecortada, pronunciando su nombre en la oscuridad, completamente obsesionado, maldiciendo el día en que esa mujer decidió despertar.
A la mañana siguiente, intenté concentrarme en el rugido de las máquinas de templado de la planta, pero el aroma a cacao amargo solo me recordaba a ella. Me pasé las primeras horas en mi despacho, vigilando de reojo el cristal esmerilado que conectaba con la oficina de Hellen. Ella llegó vistiendo un traje color crema, imponente, arrastrando las miradas de todos los supervisores.
Estaba sumido en mis pensamientos cuando la puerta trasera de mi oficina se abrió. Mi madre entró con pasos firmes, interrumpiendo mi jornada. Tenía esa mirada calculadora que usaba cuando estaba a punto de aplastar a alguien.
—¿Qué haces aquí, mamá?
le dije, intentando mantener la voz fría, aunque por dentro seguía alterado.
—Vine a asegurarme de que mantengas la cabeza fría, Gerson
siseó, acercándose a mi escritorio con una sonrisa venenosa
— Ayer arruinaste las cosas en la cena defendiéndola de esa manera. Pero no importa. Esta tarde se acaba el jueguito de la reina.
Me tensé en el asiento, mirándola fijamente.
—¿De qué estás hablando?
—Hellen cree que tiene el control de la fábrica de chocolates Evans solo por haber deslumbrado a unos viejos directivos
Soltó mi madre, con los ojos inyectados de malicia
— Pero ya me encargué de todo. Hablé con el jefe de control de calidad de la planta. Esta tarde, van a alterar secretamente los termómetros de las máquinas de templado. El lote premium de chocolate amargo, ese que va para los clientes internacionales de Christian Dumont, se va a quemar por completo en la línea de producción.
Sentí un vuelco en el estómago. Sabotaje. Mi madre estaba jugando sucio, arriesgando el prestigio de la empresa con tal de destruir a mi esposa.
—Mamá, eso causará pérdidas millonarias...
intenté replicar, pero ella me cortó con un gesto despectivo de su mano enjoyada.
—Es un precio menor con tal de recuperar el control absoluto, hijo. Presentaré la denuncia formal ante la junta directiva en cuanto el lote se eche a perder. Acusaremos a Hellen de incompetencia y negligencia grave. La junta no tendrá otra opción que revocarle sus acciones y sacarla de la dirección de una vez por todas. La vamos a bajar de ese pedestal. Así que tranquilízate, no hagas ninguna locura y confía en mi plan. Esta noche, tu esposita volverá a ser la insignificante niñita que siempre debió ser.
Se dio la vuelta y salió de mi despacho, dejándome solo con el eco de sus palabras. Miré hacia el cristal que daba a la oficina de Hellen. Una parte de mí, el orgullo herido de hombre, quería dejar que cayera para que volviera a depender de mí. Pero la otra parte, la que se estaba quemando por ella desde la noche anterior, se retorcía ante la idea de verla destruida por las trampas de mi madre. No sabía qué hacer, atrapado entre la lealtad a mi apellido y la maldita obsesión que Hellen había sembrado en mi pecho. La tormenta estaba a punto de estallar en la planta de producción, y el imperio del chocolate iba a convertirse en un campo de sangre.