Israel Martínez creía que su vida por fin estaba cambiando.
Una beca, una nueva ciudad y un futuro prometedor parecían ser el comienzo perfecto. Pero todo cambia cuando encuentra un viejo diario olvidado que perteneció a Lucía Escalante, una mujer cuya historia está llena de secretos, mentiras y heridas que jamás sanaron.
Mientras avanza entre sus páginas, Israel descubre que algunas historias no se quedan en el pasado.
Y mucho menos cuando aparece Mateo Escalante.
El heredero de un imperio.
El hombre que parece tenerlo todo.
Y la última persona de la que debería enamorarse.
Entre secretos familiares, orgullo, ambición y una constante guerra entre el corazón y la razón, Israel descubrirá que a veces el amor más peligroso nace de las personas que juraste odiar.
Porque algunas historias terminan en un diario. Otras apenas comienzan cuando alguien lo abre.
NovelToon tiene autorización de Daniela escalante Jiménez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 4
La siguiente página estaba escrita con una letra elegante.
Parecía antigua.
Como si hubiera sido escrita por alguien que se tomaba su tiempo para elegir cada palabra.
Antes de comenzar el relato había una frase.
"Hay personas que pasan la vida entera dando amor, comprensión y lealtad, esperando recibir lo mismo algún día. Lo triste es descubrir que algunas personas solo saben recibir."
Debajo había un pequeño poema.
"A veces damos más de lo que tenemos.
Más tiempo.
Más paciencia.
Más cariño.
Más perdones.
Y aun así no es suficiente.
Porque quien no sabe valorar un corazón sincero jamás entenderá el tamaño del sacrificio que hubo detrás de cada gesto.
La vida me enseñó que algunas personas son jardines.
Y otras solamente toman flores."
Me quedé observando las palabras durante varios segundos.
No sabía por qué.
Pero sentía que estaban dirigidas a mí.
Continué leyendo.
Mi nombre es Lucía Escalante.
Y si este diario llegó a tus manos, significa que se perdió.
O tal vez fui yo quien quiso perderlo.
La verdad, ya no lo recuerdo.
Quizás cuando leas esto yo ya sea una anciana.
Quizás ya no exista.
O quizás siga atrapada en la misma jaula de oro en la que he vivido toda mi vida.
Si esperas encontrar una historia feliz, te recomiendo cerrar este diario ahora mismo.
Porque las personas creen que el dinero puede comprar la felicidad.
Y yo soy la prueba viviente de que eso es mentira.
Tengo una casa enorme.
Vestidos costosos.
Joyas.
Automóviles.
Empleados que limpian detrás de mí.
Y aun así llevo años sintiéndome más sola que cualquier persona que haya conocido.
Mi esposo dice que soy afortunada.
La sociedad dice que soy afortunada.
Mi familia dice que soy afortunada.
Entonces...
¿Por qué me siento tan vacía?
Mi nombre es Lucía Escalante.
Tengo treinta y cuatro años.
Estoy casada con uno de los empresarios más importantes de la ciudad.
Y no recuerdo la última vez que tomé una decisión por mí misma.
Mi esposo decide cómo debo vestir.
Qué debo decir.
Con quién debo hablar.
A qué eventos debo asistir.
Incluso decide cuándo debo sonreír.
Para todos somos la pareja perfecta.
La fotografía perfecta.
La familia perfecta.
Pero nadie sabe que llevo años sintiéndome prisionera.
Por eso escribo.
Porque estas páginas son el único lugar donde todavía puedo ser yo.
El único lugar donde mi voz sigue existiendo.
Si algún día encuentras este diario, extraño...
Prométeme algo.
No juzgues mis decisiones hasta conocer toda la historia.
Porque las personas siempre ven el resultado.
Pero nunca las heridas que lo provocaron.
Y mi historia apenas comienza.
Los hijos no necesitan padres perfectos.
Necesitan padres presentes.
Porque los recuerdos de una infancia no se construyen con dinero, sino con momentos."
Continué leyendo.
Tengo un hijo.
Se llama Mateo.
Y es la razón por la que todavía sigo aquí.
Tiene cuatro años.
Ojos verdes tan claros que parecen guardar pedazos de primavera.
Cabello negro como la noche.
Piel blanca.
Y una sonrisa capaz de iluminar cualquier habitación.
A veces me pregunto cómo alguien tan pequeño puede cargar con tanto amor dentro de sí.
Mateo es todo lo bueno que existe en mi vida.
Mi refugio.
Mi paz.
Mi pequeño milagro.
Sin embargo, también es mi mayor preocupación.
Porque cada día veo cómo Armando intenta convertirlo en una copia de sí mismo.
Mi esposo cree que los hombres nacen para dirigir.
Para mandar.
Para controlar.
Para ganar.
Y quiere enseñarle eso desde ahora.
Mateo apenas tiene cuatro años.
Cuatro.
Y ya pasa más tiempo escuchando conversaciones de negocios que jugando con otros niños.
Esta mañana lo encontré sentado en una enorme mesa de reuniones.
Sus pequeñas piernas ni siquiera alcanzaban el suelo.
Armando le mostraba documentos mientras hablaba por teléfono.
—Mira, hijo. Algún día todo esto será tuyo.
Mateo asintió sin entender realmente lo que estaba viendo.
Cuando terminó la llamada me acerqué.
—Armando, tiene cuatro años.
Mi esposo ni siquiera levantó la vista.
—Y algún día dirigirá mis empresas.
—También necesita jugar.
—Ya juega.
—No es suficiente.
Armando cerró una carpeta y finalmente me miró.
—Lucía, los hombres exitosos comienzan desde pequeños.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque yo no veía a un futuro empresario.
Veía a un niño.
Un niño que todavía dormía abrazando un oso de peluche.
Un niño que se emocionaba cuando veía mariposas.
Un niño que corría a mis brazos cada vez que tenía miedo.
Pero Armando parecía incapaz de verlo.
Para él, Mateo era el heredero.
Para mí, era simplemente mi hijo.
Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
Esa misma tarde encontré a Mateo dibujando en el jardín.
Me senté junto a él.
—¿Qué dibujas?
Sonrió.
—Un castillo.
—¿Y quién vive ahí?
—Tú y yo.
No pude evitar reír.
—¿Y papá?
Mateo se quedó pensando unos segundos.
—Papá siempre trabaja.
Aquellas palabras me rompieron el corazón.
Porque eran ciertas.
Y porque venían de alguien demasiado pequeño para comprenderlas.
Lo abracé.
Fuerte.
Como si pudiera protegerlo de todo.
Incluso del futuro.
Porque a veces el miedo más grande de una madre no es perder a su hijo.
Es verlo convertirse en alguien que no quería ser.
Y cada día temo más que Armando termine moldeando su corazón antes de que el mundo tenga la oportunidad de conocer quién es realmente Mateo.
Por eso escribo.
Porque si algún día mi hijo lee estas páginas, quiero que sepa algo.
No importa cuánto dinero tengas.
No importa cuántas empresas poseas.
No importa cuántas personas te admiren.
Si pierdes la capacidad de amar, escuchar y sentir...
Entonces ya lo has perdido todo.