Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: La mujer que escuchó demasiado
La lluvia comenzó a caer poco antes del amanecer.
Pequeñas gotas golpeaban los ventanales de la mansión mientras la mayoría de sus habitantes seguían dormidos.
Débora no.
Había pasado gran parte de la noche pensando.
Pensando en la cena.
Pensando en las conversaciones.
Pensando en la sonrisa de Fabián.
Y aquello era precisamente lo que más le molestaba.
Porque se suponía que debía desconfiar de él.
No esperar verlo.
No sonreír cuando estaba cerca.
No sentir aquel extraño vacío cuando pasaban varias horas sin cruzarse.
Sin embargo, su corazón parecía decidido a ignorar toda lógica.
—Esto es una locura —murmuró.
Y quizás lo era.
Aquella mañana encontró a Fabián en la biblioteca.
Él revisaba algunos documentos mientras tomaba café.
Como siempre, parecía completamente concentrado.
Como siempre, parecía inalcanzable.
Débora se acercó lentamente.
—Buenos días.
—Buenos días.
—¿Siempre trabajas?
—Casi siempre.
—Qué vida tan aburrida.
Fabián levantó una ceja.
—Dice la mujer que lleva veinte minutos observándome sin hablar.
Débora sintió calor en las mejillas.
—No te estaba observando.
—Claro que no.
Ella entrecerró los ojos.
—¿Sabías que eres insoportable?
—Tú empezaste.
Y por primera vez, ambos sonrieron al mismo tiempo.
El sonido de un teléfono interrumpió el momento.
Era el móvil de Débora.
Frunció el ceño.
Pocas personas tenían aquel número.
Cuando vio la pantalla, su sonrisa desapareció.
Luis.
Su hermano.
Se alejó unos pasos antes de responder.
—¿Qué quieres?
La voz al otro lado sonó nerviosa.
Muy nerviosa.
—Necesito verte.
—¿Verme a mí? — soltó una risita burlona
—Débora, escúchame.
—Ya te escuché suficiente la última vez.
Luis guardó silencio unos segundos.
—Las cosas están complicándose.
Ella cerró los ojos.
—Eso ya no es mi problema.
—Sí lo es.
Aquellas palabras hicieron que una sensación incómoda recorriera su espalda.
—¿Qué significa eso?
—No puedo hablar por teléfono.
—Entonces no hables.
—Débora...
—Adiós, Luis.
Y colgó.
Cuando se giró, encontró a Fabián observándola.
No parecía curioso.
Ni invasivo.
Simplemente atento.
—¿Todo bien?
Débora dudó.
—Era mi hermano.
La expresión de Fabián se endureció de inmediato.
—¿Qué quería?
—No lo sé, dice que algo estaba complicado.
Y aquello era precisamente lo que la inquietaba.
Durante los días siguientes, Luis llamó varias veces más.
Siempre nervioso.
Siempre insistente.
Siempre evitando explicar qué ocurría.
Y cuanto más insistía, más crecía la inquietud de Débora.
Porque conocía a su hermano.
Y sabía reconocer el miedo cuando lo escuchaba.
Tres noches después, ocurrió algo inesperado.
Débora no podía dormir.
Decidió bajar a la cocina por un vaso de agua.
Los pasillos estaban silenciosos.
La mansión parecía dormida.
Hasta que escuchó voces.
Voces masculinas.
Procedentes del despacho de Fabián.
La puerta estaba entreabierta.
Y aunque no tenía intención de espiar...
Una frase la hizo detenerse.
—Han vuelto a preguntar por los movimientos del señor De Castro.
Débora se quedó inmóvil.
La voz pertenecía a uno de los hombres de seguridad.
—¿Quiénes? —preguntó Fabián.
—Las mismas personas de las últimas semanas.
El silencio se hizo pesado.
—¿Descubrieron algo? —preguntó Fabián.
—Todavía no.
—Sigan investigando.
—Creemos que alguien está vendiendo información.
Débora sintió un escalofrío.
Información.
¿Sobre Fabián?
¿Sobre la mansión?
¿Sobre sus movimientos?
Intentó alejarse.
De verdad lo intentó.
Pero entonces escuchó algo más.
Algo que hizo que la sangre abandonara su rostro.
—Uno de los nombres que apareció fue Luis Salazar.
El mundo pareció detenerse.
Su hermano.
Débora se cubrió la boca para evitar emitir algún sonido.
Dentro del despacho continuaron hablando.
—¿Están seguros? —preguntó Fabián.
—No completamente.
—No me sirven las sospechas.
—Lo sabemos, señor.
—Entonces averigüen la verdad.
La conversación continuó.
Pero Débora ya no escuchaba.
Su mente estaba atrapada en una única idea.
Luis.
Su hermano.
Otra vez.
Retrocedió lentamente por el pasillo.
Con el corazón golpeando sus costillas.
Con el miedo creciendo dentro de ella.
Porque conocía demasiado bien a Luis.
Conocía su ambición.
Su desesperación.
Su facilidad para tomar malas decisiones.
Y una voz dentro de ella le decía que aquello no era una coincidencia.
A la mañana siguiente, intentó actuar con normalidad.
Pero fue inútil.
Fabián lo notó de inmediato.
Durante el desayuno, dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Mientes muy mal.
Débora bajó la mirada.
—No pasa nada.
—Débora.
Su nombre sonó diferente en labios de Fabián.
Más suave.
Más preocupado.
Y aquello casi la hizo hablar.
Casi.
Pero no podía acusar a su hermano sin pruebas.
No todavía.
—Solo estoy cansada.
Fabián la observó durante varios segundos.
Claramente no le creyó.
Pero tampoco insistió.
Aquella misma tarde, el destino decidió intervenir.
Débora caminaba por uno de los jardines laterales cuando escuchó una voz conocida.
Una voz que no debería estar allí.
Se acercó con cautela.
Y entonces lo vio.
Luis.
Hablaba con uno de los empleados externos de mantenimiento cerca de la reja trasera.
La conversación parecía apresurada.
Secreta.
Nerviosa.
Débora se escondió detrás de un árbol.
Y escuchó.
—Necesito saber cuándo sale De Castro —decía Luis.
—Eso no es asunto mío.
—Solo dime los horarios.
—No.
Luis sacó dinero del bolsillo.
—Te pagaré.
El hombre dudó.
Y entonces aceptó el sobre.
Débora sintió que el corazón se le detenía.
No podía creerlo.
¡No quería creerlo!
Pero lo estaba viendo con sus propios ojos.
Cuando Luis se marchó, ella permaneció inmóvil.
Temblando.
Confundida.
Dolida.
Porque la traición ya no era una sospecha.
Era una realidad.
Y lo peor de todo...
Era que Fabián estaba en peligro.
Aquella noche, sentada junto a la ventana de su habitación, Débora observó la oscuridad del jardín.
Pensando.
Luchando.
Intentando decidir qué hacer.
Porque denunciar a Luis significaba destruir lo poco que quedaba de su familia.
Pero guardar silencio...
Podría costarle la vida al hombre que, poco a poco, se había ganado un lugar en su corazón.
Y por primera vez desde que llegó a la mansión...
Comprendió algo aterrador.
Ya no le preocupaba únicamente la seguridad de Fabián.
Le preocupaba perderlo.