Elena siempre fue la "omisión" de la manada Luna Plateada: huérfana, supuestamente humana y relegada a las tareas de limpieza. Todo cambia la noche del baile de emparejamiento, cuando Derek Blackwood, el despiadado y temido Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, irrumpe en el territorio. El aroma a bosque húmedo y tormenta lo cambia todo. Él es su alma gemela, pero el destino oculta un secreto: Elena no es humana, y su sangre despierta un poder que podría destruir a todos los Alphas del continente.
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Capítulo 1: El Aroma del Rechazo
El dolor punzante en las palmas de las manos de Elena no era una novedad; era el recordatorio diario, áspero y físico, del peldaño más bajo que ocupaba en la implacable jerarquía de los licántropos. A sus veintiún años, poseía una piel curtida por el esfuerzo y el desprecio. Mientras las demás jóvenes de la manada Luna Plateada se envolvían en sedas importadas, encajes finos y perfumes caros con notas de jazmín y sándalo para asistir al Gran Baile de Emparejamiento, ella cargaba pesados baldes de madera astillada llenos de agua helada. Su tarea, impuesta por la crueldad de sus superiores, consistía en limpiar hasta el último rastro de polvo del Salón de los Ancestros, un espacio majestuoso de piedra pulida, techos curvados y vigas de roble negro que esa noche albergaría los destinos de muchos.
—Muévete de mi camino, humana inútil —siseó Tania, la altiva hija del Beta, empujándola con el hombro al pasar. La parte inferior de su ostentoso vestido de satén rosa rozó el suelo húmedo que Elena acababa de limpiar. Ella apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en la lengua, pero se obligó a bajar la mirada hacia los bloques fríos. Sabía que responder equivalía a una paliza.
En una sociedad donde la fuerza bruta, el instinto de caza y la capacidad de transformación lo eran todo, nacer sin lobo era una sentencia de muerte social. Elena había sido encontrada en los límites del territorio cuando apenas era una recién nacida envuelta en mantas desgastadas. El antiguo Alpha de Luna Plateada, guiado por un destello efímero de caridad, permitió que se quedara. Sin embargo, tras su fallecimiento, el nuevo orden la relegó a la servidumbre más absoluta. No poseía fuerza sobrenatural, sus sentidos eran trágicamente limitados en comparación con los de sus opresores y, lo peor de todo para una raza que se comunicaba a través de los aromas, Elena carecía de esencia propia. Para la manada, ella era invisible. Un fantasma insípido de carne y hueso.
Sin embargo, a medida que la noche avanzaba, la atmósfera del gran salón comenzó a mutar, volviéndose densa y pesada. La piel de Elena experimentó un hormigueo eléctrico e inusual. En la base de su pecho, allí donde los lobos albergaban el lazo místico de la manada —un vínculo que ella jamás había poseído—, comenzó a gestarse un calor abrasador, un pulso oculto que amenazaba con expandirse por sus venas.
Cuando el reloj de péndulo de la entrada marcó las nueve, el salón se inundó de música, risas estruendosas y el denso, casi sofocante, olor a feromonas de los lobos jóvenes, ansiosos por encontrar a aquellas compañeras reclamadas por el destino. Elena se retiró discretamente hacia la esquina más oscura del salón, cerca del umbral de las cocinas, observando el festín desde las sombras. Una mezcla agridulce de melancolía y resignación le oprimía la garganta; sabía que nunca experimentaría la chispa divina de la Diosa Luna.
De pronto, las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par, golpeando las paredes de piedra con la fuerza de un trueno. La música de los violines se detuvo en seco. Un silencio sepulcral, cargado de un terror primitivo y ancestral, barrió la habitación, apagando las risas al instante.
Una silueta imponente, que parecía absorber la luz de las antorchas, cruzó el umbral. Era Derek Blackwood, el Alpha Supremo. Su mera mención infundía pavor; su crueldad era leyenda negra y su poder militar mantenía bajo sumisión absoluta a las cinco manadas del norte. Vestía un traje negro de corte impecable que contrastaba con su cabello oscuro, alborotado por el viento nocturno. Sus ojos, de un gris tormentoso y metálico, escanearon el lugar con absoluto desprecio. A su lado, cuatro guerreros de élite, hombres de hombros anchos y miradas asesinas, se posicionaron en una perfecta formación de guardia.
—Alpha Derek —pronunció el líder de Luna Plateada, dando un paso al frente con el pulso tembloroso y la cabeza ligeramente inclinada en señal de sumisión—. No esperábamos su honrosa visita.
Derek no se molestó en responder. Su mandíbula se tensó y sus fosas nasales se dilataron de golpe. El aire en el salón pareció congelarse, perdiendo varios grados en un segundo. Los ojos grises del Alpha Supremo mutaron, tornándose de un dorado brillante y líquido; la señal inequívoca de que su lobo interno, una bestia mítica que duplicaba el tamaño de cualquier lobo común, había tomado el control visual de su cuerpo.
Elena, desde su rincón oscuro, sintió un impacto devastador en el centro del pecho. Fue como un latigazo de electricidad pura que la paralizó. Su corazón comenzó a latir a una velocidad alarmante, golpeando contra sus costillas. Un aroma exquisito, una mezcla embriagadora de madera de pino, tierra mojada tras una tormenta de verano y un sutil toque de chocolate amargo, inundó sus sentidos, anulando cualquier otro olor en el lugar.
"Mío", susurró una voz extraña, profunda y cargada de una vibración antigua en la mente de Elena. Una voz que nunca había escuchado antes en su interior.
Derek giró la cabeza con brusquedad felina hacia la esquina de las cocinas. Sus ojos dorados, ardientes como dos soles, se clavaron directamente en Elena. Los presentes siguieron la dirección de su mirada, sumidos en una confusión colectiva. ¿Por qué el lobo más poderoso y temido del continente miraba fijamente a la sirvienta humana?
Con pasos lentos, calculados y depredadores, Derek comenzó a caminar hacia ella. Cada una de sus pisadas resonaba en el silencio sepulcral del salón como una sentencia de muerte. Elena quiso correr, huir de aquella intensidad, pero sus piernas estaban congeladas, respondiendo a un magnetismo ancestral que escapaba a su comprensión lógica. Cuando Derek quedó a escasos centímetros de ella, la abismal diferencia de altura la obligó a alzar la barbilla. El calor que emanaba del cuerpo del Alpha era sofocante, delicioso, un imán que la atraía sin remedio.
Derek bajó la cabeza, acercando sus labios al cuello expuesto de Elena. Inhaló profundamente, llenando sus pulmones de ella. El cuerpo de Elena tembló violentamente ante la proximidad de su piel. Por un brevísimo segundo, la expresión del Alpha Supremo mostró una vulnerabilidad salvaje y pura. Pero tan rápido como apareció, se desvaneció, reemplazada por una máscara de horror y repugnancia absoluta. Se alejó de ella con brusquedad, como si se hubiera quemado con fuego.
—No —gruñó Derek, y su Voz de Alpha hizo que varios lobos de menor rango cayeran de rodillas por la pura presión de su aura—. Esto es una burla de la Diosa Luna. Una humana. Una insignificante sirvienta no puede ser la Luna de mi manada.
El corazón de Elena se rompió en mil pedazos sangrientos. El rechazo del lazo se manifestó como un dolor físico real, una puñalada incandescente en el esternón que la hizo jadear por aire.
Tania, aprovechando el desconcierto, dio un paso al frente con una sonrisa cruel. —Alpha Supremo, ella es solo una huérfana sin valor. Ni la queremos. Ni siquiera tiene un lobo. Es un error.
Derek miró a Elena una última vez. El dorado de sus ojos luchaba por regresar, pero el orgullo ciego del guerrero ganó la batalla. —Yo, Derek Blackwood, Alpha Supremo de la manada Sangre de Hierro, te rechazo a ti, humana sin nombre, como mi compañera y Luna —sentenció con frialdad de hielo.
Un grito de dolor mudo se ahogó en la garganta de Elena. La conexión mágica se rompió con la violencia de un cristal quebrándose en mil pedazos. Derek se dio la vuelta y, sin mirar atrás, abandonó el salón seguido por sus guerreros de élite.
Elena cayó de rodillas sobre el suelo frío que horas antes había limpiado. Las risas burlonas y los murmullos compasivos comenzaron a resonar a su alrededor, pero ella ya no escuchaba nada. En su interior, algo que había estado dormido durante veintiún años se rompió de forma definitiva. Una furia ardiente y un calor abrasador sustituyeron al dolor del rechazo. Y en la oscuridad más profunda de su mente, unos ojos de un azul eléctrico y brillante se abrieron por primera vez.