Tras despertar en el cuerpo de la villana condenada a muerte de su novela favorita, una mujer de la época moderna tiene una sola misión: ¡Sobrevivir! Para lograrlo, debe alejarse del imponente Héroe, el hombre destinado a matarla por amor a la protagonista original. Sin embargo, el destino tiene otros planes. Cada intento de huida termina en un encuentro desastroso que ella interpreta como una sentencia de muerte, mientras que él... empieza a ver en la "villana" algo que nunca esperó: un corazón que lo cautiva. Ella corre por su vida, pero él ya ha empezado la cacería... por su amor.
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Capitulo 16: Máscara Rota
La mansión de los Monfort, con sus techos altos y sus candelabros de cristal que cuestan más que las granjas de un condado entero, se sienten esta noche más pequeña que nunca. Para Isabella, el lugar se ha transformado en un museo de hipocresía. Mientras camina por el gran vestíbulo, el eco de sus pasos resuena con una frialdad que coincide con el estado de su espíritu. Apenas un par de horas antes, ella temblaba ante la sola presencia del hombre más peligroso del imperio; ahora, tiene que lidiar con la ansias de poder de quienes han traído al mundo el cuerpo que ahora habita.
Sus padres, el Duque y la Duquesa, apenas pueden contener su euforia. Caminan a su alrededor como si ella fuera una reliquia recién descubierta.
__¡Es un milagro!__. Exclamó la Duquesa, con una sonrisa tan tensa que parece a punto de agrietarse.
__A tus diecinueve años, después de aquel desastre con el Duque de Castilla, temíamos que terminaras como una solterona, consumida por el amargor y el aislamiento. Estábamos a punto de perder toda esperanza de un matrimonio ventajoso para ti__.
El Duque Monfort asintió vigorosamente, frotándose las manos__Es increíble, Isabella. No solo has conseguido un compromiso, sino que es con el Emperador. ¿Tienes idea de lo que esto significa? Nuestra influencia, el nombre de los Monfort… todo va a estar en la cima. Es una estrategia maestra, hija mía. ¡Qué gran jugada hiciste al atraer su atención!__.
Isabella se detuvo en seco. La risa histérica que burbujea en su garganta fue reemplazada por una frialdad gélida que le caló hasta los huesos. Se giró lentamente, mirando a sus padres no con el respeto que una hija debe a sus progenitores, sino con la observación clínica de alguien que está analizando una plaga.
__¿Una jugada?__. Repitió ella. Su voz, aunque baja, tiene un filo que hizo que el Duque perdiera la sonrisa.
__¿Creen de verdad que esto fue una decisión mía? ¿Que calculé cada movimiento para "seducir" al emperador?__.
__Bueno, no importa cómo haya sido, el resultado es lo que cuenta__. Replicó el Duque, restándole importancia con un gesto despreocupado.
__El Emperador es un hombre complicado, pero si lograste que pusiera sus ojos en ti, significa que tienes valor. Mañana mismo enviaremos las cartas a todos los nobles__.
__Escúchenme bien__. Interrumpió Isabella, dando un paso hacia ellos. Sus ojos brillan con una intensidad sombría.
__Me casaré con el Emperador porque su palabra es ley en este imperio y no hay juez ni tribunal que pueda contradecirlo. Seré una excelente emperatriz, eso se los aseguro. Pero el respeto que sentía por ustedes ha muerto esta noche__. Un silencio sepulcral cayó sobre el vestíbulo. La Duquesa abrió la boca, pero no salió sonido alguno.
__Ustedes no están preocupados por mi bienestar__. Continuó Isabella, su voz cargada de un desdén amargo.
__En cuanto el Emperador pronunció esas palabras, vi en sus ojos lo único que les importa: el estatus, el poder, el hecho de ser los suegros del soberano. Ni siquiera me preguntaron si estaba bien, si tenía miedo, o qué pensaba yo de todo esto. Solo vieron un trozo de carne pesado siendo entregado al carnicero porque es el "mejor partido". Poner en alto a la familia es algo que haré, sí, pero no lo haré por ustedes. Lo haré por mí__. (Y por la mujer que habitaba este cuerpo antes que yo, a quien ustedes nunca supieron valorar), pensó isabella.
El shock en los rostros de los Duques fue absoluto. Estan acostumbrados a una Isabella sumisa, a una hija que buscaba desesperadamente su aprobación después de haber perdido a su anterior prometido por culpa de su hermana. Verla ahora, con una postura tan erguida y una mirada tan carente de afecto, les hizo tambalearse.
Antes de que el Duque pudiera intentar recuperar su autoridad, las grandes puertas de la mansión se abrieron de golpe. El sonido fue como un cañonazo.
Elena, la "dulce y delicada" Elena, entró como una furia, caminando a zancadas seguidas por un Duque de Castilla que se ve visiblemente incómodo. Elena no trae la compostura de una dama; trae el rostro desencajado y los ojos inyectados en una rabia que no intenta ocultar.
__¡Es mentira!__. Gritó Elena, ignorando cualquier etiqueta social.
__¡No puede ser cierto! ¡Isabella no puede tener un mejor matrimonio que yo! ¡Ese lugar me corresponde a mí!__. La estridencia de sus gritos rebotó contra las paredes. Isabella soltó un suspiro pesado, sintiendo que un dolor de cabeza punzante comienza a formarse detrás de sus ojos. Ha tenido suficiente de la locura de los hombres por un día; ahora tiene que lidiar con la histeria de la protagonista.
__Elena, querida__. Dijo Isabella, con una calma que parece diseñada para enfurecerla aún más.
__Deberías cuidar tu garganta. El grito no favorece a una dama__.
__¡Cállate!__. Elena corrió hacia ella, con los dedos gesticulando salvajemente.
__¡Sé que hiciste algo! ¡Seduciste al Emperador con tus artes baratas! ¡Él no te quiere a ti, él no sabe lo que hace! ¡Ese título, ese trono, el amor del Emperador... todo eso tiene que ser para mí!__. El Duque de Castilla, que observa la escena desde unos pasos atrás, se quedó inmóvil. Sus ojos, que normalmente brillan con adoración al mirar a Elena, ahora muestran una chispa de confusión, casi de repulsión. Nunca antes había visto a la dulce Elena perder los estribos de esa manera. Aquella no es la joven angelical que le había hecho cambiar de prometida; es una mujer pequeña, egoísta y llena de una envidia que desfigura sus hermosas facciones.
Isabella, al ver la expresión del Duque de Castilla, sintió un retorcido placer.
__¿Quieres saber qué pasó, hermanita?__. Habló Isabella, avanzando un paso hacia Elena, obligándola a retroceder.
__No busqué al Emperador. No lo seduje. Me acorraló, me hizo una propiedad suya y ha impuesto este compromiso. No tuve elección. Si tanto deseas su atención, ve y díselo a él. Es el único que puede romperlo. Quizás tengas suerte y, así como te quedaste con el hombre que originalmente iba a casarse conmigo, logres "seducir" al Emperador también__. Elena se quedó paralizada, con los ojos abiertos de par en par.
__Ya estoy harta__. Continuó Isabella, su voz subiendo de tono, fría como el hielo.
__Harta de la hipocresía de esta nobleza. Harta de ver cómo los padres venden a sus hijas bajo el disfraz de "alianzas estratégicas", donde ustedes se benefician y nosotras perdemos nuestra libertad. Y estoy harta de tu rostro, Elena. Si quieres al Emperador, es todo tuyo. Pero no esperes que siga siendo el tapete sobre el que caminas__. Isabella lanzó una última mirada de desprecio tanto a sus padres como a su hermana, y sin esperar una respuesta, comenzó a subir las escaleras principales.
__¡Isabella! ¡Vuelve aquí ahora mismo!__. Grito su padre, el Duque.
__¡No te he dado permiso para retirarte! ¡Serás castigada por este desplante, joven insolente!__. Isabella se detuvo un segundo en la escalera, sin voltear la cabeza.
__Pueden intentar castigarme si quieren__. Respondió, con una indiferencia absoluta que dolió más que cualquier insulto.
__Pero no esperen que eso cambie cómo me siento hacia ustedes. Pueden encerrarme, pueden gritarme, pueden intentar controlarme, pero la grieta que han abierto hoy ya es irreparable. No les pertenezco__. Con paso firme y sin mirar atrás, Isabella continuó su ascenso hacia su habitación.
Dejó tras de sí un vestíbulo sumido en un silencio tenso. Elena sigue con la boca abierta, incapaz de procesar que la Isabella que ella conoce ha desaparecido. El Duque de Castilla, por su parte, se pasó una mano por el rostro, mirando a Elena con una extrañeza que parece el inicio de una duda profunda. Ha cambiado a una mujer que, a pesar de sus errores, tiene una dignidad inquebrantable, por una que ahora le resulta desconocida y peligrosa.
Isabella entró en su habitación y cerró la puerta con llave. Se apoyó contra la madera, dejando escapar un suspiro largo y tembloroso. Las paredes le parecen claustrofóbicas, pero al menos esta a salvo de los gritos y las miradas.
"Ya está hecho", pensó, apretando los puños. "He quemado los puentes. Ahora no hay vuelta atrás".
Su mente viajó hacia Einar. Él es un monstruo, un peligro, un hombre que juega con las sombras, pero en este momento, extrañamente, él se siente como la única persona en todo el imperio que no esta tratando de manipularla bajo el falso pretexto de la decencia. Él, al menos, es honesto sobre su intención de poseerla.
Isabella se sentó en su cama, observando cómo la luz de la luna entra por la ventana. Mañana será un día difícil. Sus padres intentarán imponer su voluntad, y Elena probablemente intentará alguna estupidez para sabotearla. Pero no le importa. Por primera vez desde que despertó en este mundo, Isabella no esta jugando el papel de la villana destinada a morir. Esta jugando su propia partida. Y si el Emperador quiere su corazón, tendrá que esforzarse mucho para conseguirlo, porque ella no va a ponérselo fácil.
Afuera, en el jardín de la mansión, una sombra se alargó más de lo que la luz de la luna permite, extendiéndose hasta la ventana de Isabella, observándola con una posesividad que ella, encerrada en sus pensamientos, aún no es capaz de percibir. La partida ha comenzado, y las piezas ya estan en movimiento.