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Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Las Vueltas Del Destino Entre Sombras Y Verdades

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Amor prohibido
Popularitas:833
Nilai: 5
nombre de autor: Jszkina

¿Qué harías si la persona que te salvó de la tormenta fuera el verdadero peligro?
Para Leyla, el mundo siempre ha tenido reglas claras y predecibles. Sin embargo, bastan unos minutos en los pasillos de una exclusiva gala para que toda su seguridad se desmorone bajo la presión de un depredador al acecho. De la nada, una mano firme y una voz cortante la rescatan del abismo. Su nombre es Lorenzo.
Tras esa noche, una atracción inevitable y cargada de preguntas sin respuesta empieza a cercar a Leyla. Mientras intenta mantener a flote su cotidianidad en la universidad, una inquietante sensación de paranoia la persigue a cada paso. Hay secretos flotando en su entorno que se niegan a permanecer enterrados, y la figura de Lorenzo se vuelve un enigma cada vez más oscuro.
Las vueltas del destino es un thriller adictivo sobre las líneas invisibles que cruzamos sin saberlo y el peligroso despertar de una mujer que se niega a seguir siendo la pieza de un juego que no comprende.

NovelToon tiene autorización de Jszkina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 10

CAPÍTULO 10 — Beto

Leyla

Tres días después del ataque:

La cocina de casa solía ser un espacio de tranquilidad, pero esa mañana, el aire se sentía cargado.

Mi madre estaba sentada frente a la mesa, con el rostro pálido, escuchando el reporte que Beto nos entregaba. Él estaba de pie, cerca de la puerta, con esa postura impecable que mantenía incluso cuando solo vestía una chaqueta sencilla.

—La policía lo encontró al amanecer —dijo Beto, con voz firme y sin rastro de duda—. Santaella estaba escondido en una propiedad periférica. Intentó huir al ver a los agentes, pero sufrió una caída aparatosa por unas escaleras metálicas. Tiene las piernas destrozadas y múltiples fracturas. Ahora está bajo custodia en el hospital; cuando su estado se estabilice, será trasladado directamente a una instalación penitenciaria preventiva mientras se arma el caso por los cargos de acoso y agresión.

Mi madre soltó un suspiro profundo, un sonido que cargaba meses de tensión acumulada. Yo, por mi parte, sentí una ola de alivio recorrer mi cuerpo.

José Miguel Santaella ya no era un fantasma que pudiera aparecer en cualquier pasillo.

—Gracias, Beto —dijo mi madre, mirándolo con una confianza que iba mucho más allá de una relación laboral—. No sé qué habríamos hecho sin ti estos días.

—Es mi deber, señora —respondió él, con un asentimiento breve.

Esperé a que mi madre subiera a su habitación para descansar. Entonces, caminé hacia el garaje. Beto estaba allí, revisando el mantenimiento de la camioneta.

No era solo un chofer, y todos lo sabíamos; era el jefe de seguridad, el hombre que nos había protegido desde que tengo memoria. Era evidente que sabía cómo manejar una situación violenta, pero hasta ahora, yo no me había atrevido a pedirle que me mostrara esa parte de su mundo.

—Beto —dije, captando su atención de inmediato. Dejó la herramienta en el banco y se giró, observándome con calma profesional.

—¿Estás más tranquila tras la noticia?

—preguntó.

—Lo estoy. Pero eso no cambia lo que necesito. —Crucé los brazos sobre el pecho—. Ya no soy una niña, Beto. Sé quién eres y sé de lo que eres capaz. Santaella estará tras las rejas, sí, pero el mundo ahí fuera es igual de peligroso.

Él arqueó una ceja, sin perder su serenidad.

—Leyla, tu madre te quiere a salvo. Yo te quiero a salvo. Eso no se consigue peleando.

—No quiero pelear por capricho. Quiero aprender a no ser una víctima cuando tú no estés cerca. —Di un paso hacia él, manteniendo mi voz firme—. Enséñame. Quiero que me entrenes.

Beto se quedó en silencio un largo momento. Me miró como si estuviera evaluando no solo mi determinación, sino mi capacidad para aguantar lo que venía. Su mirada cambió; ya no era el guardaespaldas servicial, sino el mentor que decide tomar a un aprendiz bajo su ala.

—Si empezamos, no habrá vuelta atrás, todavía puedes arrepentirte.— dijo con una voz más baja, casi un susurro—. Es un entrenamiento duro, Leyla. Habrá dolor, habrá disciplina y, sobre todo, aprenderás a ver cosas que la gente normal prefiere ignorar. ¿Estás segura de que quieres cargar con eso?

—Estoy segura no vine hasta aquí para arrepentirme.—dije finalmente,

—Bien. Mañana antes del amanecer. No llegues tarde o no hay entrenamiento.

Asentí, sintiendo que por primera vez, el peso en mis hombros no era de miedo, sino de propósito.

Al día siguiente me desperté a las cuatro de la mañana, mi madre ya había salido a una reunión en otra ciudad que se extendería hasta la noche, Beto la llevó al aeropuerto y volvió a casa antes de que me despertara del todo. La casa estaba en ese silencio particular que tiene cuando Yessica no está, más quieta de lo normal, como si los objetos también supieran que ella es la que los mantiene en movimiento. Beto estaba en la cocina con un café que no había tocado, mirando algo en el teléfono con la concentración de quien no está mirando realmente el teléfono sino pensando en otra cosa.

Entré. Me senté frente a él.

Él levantó la vista.

Beto dejó el teléfono sobre la mesa. Juntó las manos. Me miró con esa expresión suya que no era exactamente seria sino algo más parecido a la concentración de alguien que está pesando algo que no se pesa con las manos.

—¿Lista? —dijo al verme. No era una pregunta de protocolo. Beto llevaba suficiente tiempo conociéndome para saber que cuando me sentaba frente a él sin decir nada primero era porque lo que venía era una fuerte convicción de hacer algo.

—Si —dije con una fuerte convicción

Silencio.

—Leyla...—dijo el al fin.

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