Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
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La traición de Sofía
Punto de vista de Sofía
Me quedé pegada a la pesada puerta de madera del despacho, con el corazón martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado. Había seguido a Julián en silencio, ocultando mi rastro entre las sombras del pasillo, solo para confirmar lo que mi instinto me venía gritando desde que Rosa se esfumó: Julián Ferrara estaba perdiendo la cordura, y en su caída, planeaba arrastrarnos a todos al abismo.
Escuchar su voz, esa voz que alguna vez me susurró promesas de lujo y poder, ordenando "asegurarse de que Rosa no vuelva a hablar", me heló la sangre. No era solo una amenaza; era una sentencia. Y si era capaz de hacerle eso a la mujer que lo sirvió estos años, ¿qué me esperaba a mí cuando los Valenzuela terminaran de desmantelar su imperio?
Esperé a que el sonido del cristal chocando contra la mesa me indicara que se estaba sirviendo otro trago. Sabía que el alcohol y la paranoia lo mantendrían pegado a esa silla por un rato, o al menos hasta que el sueño lo venciera.
Regresé a nuestra habitación con las piernas temblando. Me miré al espejo y, por primera vez, no vi las joyas ni el maquillaje caro. Vi a una mujer que estaba a un paso de quedar en la calle o, peor aún, en una zanja. Julián me llamaba "vulgar", me comparaba con el fantasma de Elena y me despreciaba en cada cena. Yo no era su esposa; era su coartada, su trofeo de consolación.
—No voy a ser la siguiente, Julián —susurré, limpiándome una lágrima de rabia que amenazaba con arruinar mi máscara facial—. Si este barco se hunde, yo tendré el único bote salvavidas.
Esperé tres horas. Tres horas de absoluto silencio, interrumpidas solo por el rugido lejano de un trueno sobre el Lago. Cuando estuve segura de que la casa dormía, me puse una bata oscura y bajé las escaleras descalza, evitando cada tabla que pudiera crujir bajo mi peso.
La puerta del despacho estaba entornada. Un hilo de luz amarillenta escapaba de la lámpara del escritorio. Me asomé con cautela. Julián estaba desplomado sobre el sillón orejero, con la cabeza hacia atrás y una botella de whisky casi vacía a sus pies. Su respiración era pesada, ruidosa.
Entré conteniendo el aliento. El olor a tabaco rancio y alcohol era asfixiante. Me acerqué al escritorio de caoba, ese mueble que él protegía como si fuera un altar. Mis manos temblaban mientras buscaba el tercer cajón del lado derecho.
"Debajo del tercer cajón... un listón que se desliza", recordé haberle oído mascullar en sus delirios de borracho meses atrás.
Saqué el cajón con una lentitud agónica. Mis dedos tantearon la madera fría del fondo hasta que sentí una pequeña muesca. Presioné. El listón cedió con un chasquido que, en el silencio de la noche, sonó como un disparo. Me quedé petrificada, mirando a Julián. Él se movió ligeramente, soltando un gruñido, pero no despertó.
Allí estaba. Un sobre de manila amarillento, gastado por los años.
Lo saqué con cuidado y lo abrí apenas lo suficiente para ver el contenido. Mis ojos recorrieron términos médicos que apenas comprendía, pero el logo de la "Clínica del Norte" y el nombre de Elena San Román resaltaban como brasas encendidas. Había notas manuscritas, recetas de medicamentos que no coincidían con elnestado de salud de ella y una carta firmada por un médico que mencionaba "dosis elevadas de sedantes no autorizados".
—Hijo de puta... —mascullé. No era solo un fraude financiero; Julián había estado matando a Elena mucho antes del accidente en el lago.
Guardé el sobre entre mi bata y cerré el compartimento secreto. Estaba a punto de salir cuando un brillo en el tarjetero de Julián me llamó la atención. Era la tarjeta personal de Alix Thorne. La tomé también. Si quería salvar mi pellejo, necesitaba hablar con la mujer que estaba moviendo los hilos de esta tragedia.
Salí del despacho con el corazón en la garganta y subí a mi habitación. Me encerré con llave y me senté en el suelo, abrazando el sobre. Ya no sentía miedo, sentía una adrenalina helada. Julián pensaba que yo era estúpida, que solo servía para gastar su dinero. Pero se le olvidó que las hienas son las que mejor saben cuándo el león está herido.
Mañana, antes de que él despertara y notara la ausencia del sobre, yo haría mi jugada. No buscaría a la policía; ellos se venden al mejor postor. Buscaría a Alix. Le entregaría la cabeza de Julián en una bandeja de plata a cambio de mi libertad y una cuenta bancaria que él no pudiera tocar.
Miré por la ventana hacia la oscuridad de la noche. La tormenta finalmente había estallado sobre la ciudad. Los relámpagos iluminaban la habitación por fracciones de segundo.
—Elena murió por ser una santa —dije, mirando el sobre—. Yo voy a vivir por ser una perra.
Me acosté en la cama, pero no dormí. Me quedé escuchando la lluvia, esperando el amanecer, planeando cada palabra que le diría a la misteriosa señora Thorne. Julián Ferrara me había enseñado a ser ambiciosa, y ahora, yo usaría esa ambición para enterrarlo vivo.