Alguien ocupo su lugar ¿estara dispuesto a perder todo para recuperarlo?
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La historia se hace presente
Las cámaras no mostraron nada.
Ni una sombra.
Ni una presencia.
Ni una puerta abriéndose.
Simplemente, en un fotograma la mesa estaba vacía.
Y en el siguiente...
El sobre estaba allí.
Como si hubiera aparecido de la nada.
Nadie habló durante varios minutos.
Finalmente regresaron al comedor.
El ambiente era pesado.
Luna caminaba de un lado a otro.
Kael analizaba la carta una vez más.
Adrián revisaba el viejo libro.
Ailén permanecía en silencio.
Y Dorian...
Dorian estaba comiendo.
Como si nada hubiera ocurrido.
—¿Qué?
—No me miren así.
—Si el mundo se va a acabar, por lo menos quiero desayunar.
Luna rodó los ojos.
—Sos imposible.
—Y hermoso.
—Principalmente imposible.
Dorian sonrió orgulloso.
En ese momento apareció Arlen.
Parecía mucho más descansado.
Se estiró mientras caminaba.
—Buen día.
Nadie respondió.
Arlen observó las caras de todos.
—¿Por qué parecen que alguien murió?
Dorian levantó una mano.
—Todavía nadie.
—Dorian.
—¿Qué?
—No ayudas.
Arlen tomó asiento.
—Ahora sí me preocupé.
Kael suspiró.
—Pasaron algunas cosas mientras dormías.
—¿Algunas cosas?
—Sí.
Y entonces comenzaron a contarle todo.
Las palabras que había pronunciado.
El idioma extraño.
La energía azul.
La carta escrita con sangre.
Y el mensaje.
A medida que escuchaba, la expresión de Arlen se volvía cada vez más seria.
Cuando terminaron, permaneció en silencio.
Pensando.
—Yo también tuve un sueño.
Todos levantaron la mirada.
—¿Qué viste?
Arlen apoyó los brazos sobre la mesa.
—Una ciudad.
—¿Qué clase de ciudad?
—En ruinas.
El comedor quedó en silencio.
—Yo estaba parado en una especie de torre.
—¿Solo?
—No.
Arlen frunció el ceño.
—Había cinco personas conmigo.
—¿Quiénes eran? —preguntó Luna.
—No lo sé.
—¿Los conocías?
—Sentía que sí.
Arlen cerró los ojos intentando recordar.
—Eran generales.
—¿Generales? —preguntó Kael.
—Eso creo.
—¿Y qué más?
—Había guerra.
Su voz se volvió más baja.
—Por todos lados.
Fuego.
Ejércitos.
Ciudades destruidas.
Y aun así...
Arlen tragó saliva.
—Yo no tenía miedo.
—¿Por qué?
—Porque sentía que tenía más poder que todos ellos juntos.
El silencio regresó.
Adrián bajó lentamente el libro.
—Ahora entiendo.
Todos lo miraron.
—¿Qué entendés?
—Por qué repetía esas palabras mientras dormía.
Adrián abrió el viejo libro.
Lo colocó frente a Arlen.
—Mirá.
Arlen comenzó a leer.
Pasó una página.
Luego otra.
Y otra más.
Finalmente negó con la cabeza.
—No entiendo nada.
—¿No reconocés los símbolos?
—Nunca los vi.
—¿Las palabras?
—Tampoco.
—¿Nada?
—Nada.
Aquello desconcertó a todos.
Porque si realmente estaba relacionado con el libro...
¿Cómo era posible que no reconociera nada?
El silencio volvió a instalarse.
Hasta que Dorian levantó una mano.
—Creo que tengo una idea.
Todos giraron la cabeza.
—Eso me preocupa.
—Gracias Luna.
—Era un cumplido.
—Mentira.
Kael suspiró.
—Habla.
—Hay alguien que podría ayudarnos.
—¿Quién?
—Le dicen Señor Historia.
Adrián levantó una ceja.
—¿Ese viejo sigue vivo?
—Eso espero.
—¿Quién es? —preguntó Arlen.
Dorian sonrió.
—Un anciano que vio más guerras que cualquier persona que conozca.
—¿Y dónde está?
—En el Subterráneo.
Arlen parpadeó.
—¿El qué?
—El Subterráneo.
—¿Existe algo así?
—Sí.
—¿Debajo de esta ciudad?
—Sí.
Arlen abrió los ojos.
—Quiero verlo.
—Sabía que dirías eso.
Kael cruzó los brazos.
—No.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien acaba de dejar una carta de sangre dentro de nuestro refugio.
—Buen punto.
—Gracias, Luna.
—No era para vos.
Arlen observó a todos.
—Si ya saben dónde estoy...
Todos guardaron silencio.
—Podrían encontrarme incluso si me quedo aquí.
Nadie tuvo una respuesta.
Porque tenía razón.
Finalmente Kael suspiró.
—Lo odio.
—¿Eso significa sí?
—Sí.
Dorian sonrió.
—Perfecto.
Se puso de pie.
—Prepárate.
—¿Para qué?
—Hoy te llevo de excursión.
Los ojos de Arlen se iluminaron inmediatamente.
Ailén soltó una carcajada.
—Son iguales.
—¿Quiénes?
—Ustedes dos.
—No somos iguales.
—Tienen el mismo cerebro.
—Eso explica muchas cosas —dijo Luna.
Todos terminaron riéndose.
Por primera vez desde que apareció la carta.
Y durante unos minutos...
Todo volvió a sentirse normal.
---
Horas después.
Dorian y Arlen descendían por una antigua escalera oculta entre edificios abandonados.
A medida que bajaban, el aire se volvía más frío.
Más antiguo.
Más pesado.
Cuando llegaron al final, Arlen quedó inmóvil.
—No puede ser.
Frente a ellos existía una ciudad.
Entera.
Sepultada bajo tierra.
Calles.
Casas.
Mercados.
Templos destruidos.
Todo oculto bajo el mundo moderno.
—¿Cómo sabés de este lugar?
Dorian sonrió.
—Porque nací acá.
—¿Qué?
—Siempre viví oculto.
Arlen lo miró sorprendido.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Como cuáles?
—Que estés un poco loco.
Dorian soltó una carcajada.
—Tal vez.
Ambos siguieron caminando.
Arlen observaba todo maravillado.
Cada piedra parecía pertenecer a otra época.
—Esto es increíble.
—Cuando yo lo conocí ya estaba abandonado.
—¿Toda la ciudad?
—Toda.
—¿Por qué?
—Muchos se ocultaban aquí de los mercenarios de Kilop.
Arlen siguió observando las ruinas.
Era como caminar dentro de un recuerdo.
Algo en aquel lugar le resultaba extrañamente familiar.
Aunque jamás hubiera estado allí.
—¿Cómo conociste al Señor Historia?
—Él me encontró a mí.
—¿Y te enseñó?
—Lo intentó.
—¿Y?
—Nunca pudo.
—¿Por qué?
Dorian sonrió.
—Porque soy impredecible.
Arlen soltó una carcajada.
—Eso sí te lo creo.
Caminaron durante casi una hora.
Atravesaron avenidas destruidas.
Plazas cubiertas de polvo.
Edificios derrumbados.
Hasta llegar a una vieja escuela.
La estructura apenas seguía en pie.
Dorian señaló una puerta.
—Tiene que estar acá.
—¿Venís seguido?
—Claro.
—Eso pensé.
—Hace diez años que no vengo.
Arlen se quedó mirándolo.
—Sos un desastre.
—Lo sé.
Dorian golpeó la puerta.
Pasaron varios segundos.
Y finalmente esta se abrió.
Un anciano apareció del otro lado.
Extremadamente viejo.
Su espalda estaba encorvada.
Sus movimientos eran lentos.
Dorian sonrió.
—Historia.
Volví.
El anciano abrió los ojos.
—No te recuerdo.
Dorian soltó una carcajada.
—Siempre con las mismas bromas.
Entonces señaló a Arlen.
—Te traje a alguien.
El anciano observó a Arlen de pies a cabeza.
Durante varios segundos.
Como si estuviera leyendo algo invisible.
Finalmente sonrió.
—Tiene potencial.
Arlen sonrió automáticamente.
—Gracias.
—¿Qué buscan?
—Información.
—¿De qué tipo?
Arlen intercambió una mirada con Dorian.
—De hace trescientos cincuenta años.
El anciano quedó inmóvil.
Por un instante.
Y luego abrió la puerta por completo.
—Entonces será mejor que entren.
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Minutos después varios libros descansaban sobre una enorme mesa.
El anciano los observó.
—¿Cuáles buscan?
—Los peligrosos —dijo Dorian.
—Los que ya no existen —añadió Arlen.
El anciano sonrió.
Luego se acercó lentamente a una estantería.
Y sacó un enorme libro rojo.
Tan pesado que parecía una roca.
Lo colocó sobre la mesa.
El polvo se elevó por el aire.
Dorian y Arlen tomaron asiento.
El anciano abrió las primeras páginas.
Y comenzó a hablar.
—Voy a contarles una historia prohibida.
El silencio llenó la habitación.
—En el comienzo de la vida, los hombres vivían en paz.
La voz del anciano parecía provenir de otro tiempo.
—Las tierras eran fértiles.
Había abundancia.
No existían reyes.
Ni guerras.
Ni hambre.
Pero la codicia despertó.
Y con ella llegaron los conflictos.
Las guerras.
Las enfermedades.
La destrucción.
El anciano pasó una página.
—Los dioses observaron aquello.
Y decidieron intervenir.
Les entregaron un Trono.
Y dijeron:
"Quien se siente en él gobernará a los hombres."
Durante un tiempo hubo paz.
Pero la paz duró poco.
Entonces los dioses entregaron los Dones.
Y establecieron una ley.
"Quien posea un Don será superior a cualquier humano común y tendrá derecho a reclamar el Trono."
Arlen escuchaba atentamente.
—Y así comenzó una nueva era.
Hubo amor.
Hubo prosperidad.
Pero nuevamente apareció la codicia.
Los reyes comenzaron a competir.
Los Dones se usaron para destruir.
Y el mundo volvió a arder.
El anciano pasó otra página.
—Hasta que nació un hombre.
Un hombre capaz de unir a todos.
Arlen sintió algo extraño.
—Su nombre era Caél.
Una punzada atravesó el pecho de Arlen.
—Poseía un poder extraordinario.
Y logró lo imposible.
Unió a toda la humanidad.
Pero la codicia habitaba en su corazón.
Lo que comenzó como esperanza terminó convirtiéndose en tiranía.
Las personas llegaron a adorarlo más que a los propios dioses.
Y él terminó creyéndolo.
Se proclamó una divinidad.
Hasta que finalmente fue derrotado.
Y su alma fue encerrada en los confines de la oscuridad.
Para siempre.
Arlen sintió un escalofrío.
Aquella historia...
Le resultaba demasiado familiar.
Como si hubiera escuchado esas palabras miles de veces.
El anciano cerró los ojos.
—La historia de Azrakel es más corta.
Y tampoco aparece en los libros.
Porque mi padre me la contó.
Cuando pronunció ese nombre, el pecho de Arlen comenzó a arder.
Una furia irracional apareció dentro de él.
—Azrakel fue uno de los seguidores más cercanos de Caél.
Y lo traicionó.
Para quedarse con su poder.
El anciano continuó.
—Después de la caída de Caél, Azrakel reescribió la historia.
Quemó libros.
Asesinó testigos.
Persiguió ciudades enteras.
Y eliminó todo aquello que pudiera desafiar su versión de los hechos.
Dorian levantó la mano.
—¿Cuál era el Don de Caél?
El anciano lo miró.
Y respondió con calma.
—Poder Absoluto.
El corazón de Arlen dio un vuelco.
La habitación quedó en silencio.
Finalmente se puso de pie.
Miró al anciano.
Y dijo:
—Gracias.
El anciano sonrió.
—¿Por qué?
—Porque ahora sé que tenemos que hacer nuestra parte.
El anciano observó sus ojos.
Y por primera vez pareció verdaderamente sorprendido.
—Hay algo familiar en tu mirada.
Arlen sonrió.
—Yo también siento algo raro.
—¿Cómo qué?
—Como si estuviera en casa.
El anciano permaneció observándolo.
Sin responder.
Finalmente asintió.
—Entonces tal vez encontraste el lugar correcto.
Dorian y Arlen agradecieron nuevamente.
Y se dirigieron hacia la salida.
La puerta se cerró lentamente.
El anciano permaneció inmóvil.
Observando el lugar donde Arlen había estado sentado.
Y cuando estuvo completamente solo...
Susurró para sí mismo:
—¿Podrá ser él?
Y por primera vez en muchos años...
El viejo Señor Historia sintió esperanza.