“Cuando el pasado guarda sus secretos, dos destinos chocan entre el odio, el poder y una promesa que cambiará todo.”
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CAPÍTULO 18
⚠️ PARA MAYORES DE 18 AÑOS ⚠️
Si no estás preparado/a para leer contenido con temas fuertes, culpa, dolor y traición silenciosa, no continúes.
—Isabella
Faltaban apenas tres días para la fecha que él había decidido como mi sentencia definitiva.
Nadie me preguntó si quería, nadie me dio opción:
todo estaba arreglado, todo estaba dicho, y yo solo tenía que obedecer.
Esa noche me trajo a mi propia habitación, en mi casa, el lugar donde siempre me habían cuidado, donde siempre me había sentido segura.
Me dijo con voz fría y tajante que ya era hora de actuar como lo que pronto seríamos:
Su mujer.
Me obligó a acostarme a su lado, a dejar que me rodeara con sus brazos, con esa fuerza posesiva que me dolía en cada centímetro de la piel, y me advirtió con un susurro helado:
No digas nada, no muevas nada, si alguien aparece, sonríe y calla.
La puerta la dejó apenas entreabierta, como si quisiera exhibir, como si quisiera que todos vieran que ya le pertenezco, antes de que el juez o la iglesia lo dijeran.
Estaba allí, rígida, helada por dentro, sintiendo su respiración pesada en mi nuca, sintiendo cada roce suyo como una quemadura, cuando de pronto escuché los pasos que conocía mejor que nadie.
Pasos lentos, pausados, que se detuvieron en seco justo en el umbral de mi puerta.
Mi corazón dio un vuelco tan fuerte que creí que se me saldría del pecho.
Alcé la mirada despacio, temblando de pies a cabeza, y los vi:
mis papás, parados allí, inmóviles, mirándonos juntos en mi cama, con una expresión que me partió el alma en mil pedazos.
Ellos ya sabían que nos íbamos a casar.
Ya lo habían aceptado, ya habían comprado lo necesario, ya habían hablado con él, confiando en cada una de sus mentiras.
Pero no esperaban esto.
No esperaban encontrarme así, con él, antes de tiempo, en mi propia casa, en mi propia habitación, donde solo yo debía estar.
Mi papá dio un paso adelante, y esa mirada que siempre había sido de protección, de cariño infinito, ahora estaba llena de una tristeza profunda, de una decepción que dolía más que cualquier golpe que Adrián me hubiera dado.
Me miró a los ojos fijamente, y con una voz rota, que me atravesó como una navaja afilada, me dijo despacio, palabra por palabra:
—Sabíamos que te ibas a casar, hija… pero
¿no pudiste esperar?
Estás en la casa de tus padres, en tu propia pieza…
Me decepcionaste, Isabella.
Me decepcionaste.
Sentí que me caía al suelo, aunque seguía acostada.
Quería gritar con todas mis fuerzas.
Quería decirle que no era mi culpa, que él me obligó, que me tiene atada, que me ha lastimado de todas las formas posibles, que me obligó a tomar pastillas, que me llevó a un hotel y me hizo sufrir toda una noche, que no soy la que ellos creen, que soy una prisionera.
Quería arrojarme a sus brazos y pedirles que me salvaran, que me sacaran de ahí, que todo era una mentira.
Pero antes de que pudiera mover los labios, Adrián me apretó más fuerte contra su pecho, sus dedos clavándose sutilmente en mi costado como una advertencia mortal, y habló con una calma y una dulzura fingida que me dio asco y náuseas:
—Perdónenos, por favor.
Nos amamos demasiado, y no pudimos esperar más.
Le prometo que la cuidaré como se merece, con mi vida entera.
No dejaré que le falte nada.
Mi mamá se llevó la mano a la boca, con los ojos llenos de lágrimas que no se atrevía a soltar, y bajó la mirada, incapaz de seguir mirándonos.
Y yo me quedé allí, callada, atrapada entre los brazos del hombre que me destruía poco a poco, viendo cómo las personas que más me amaban en el mundo me juzgaban y me veían como la culpable, sin saber que cada uno de sus reproches era otra victoria para él, y otra herida más en mi alma que ya no sabía cómo curar.
No pudieron ver mis moretones ocultos bajo la ropa, no pudieron escuchar mis gritos ahogados por sus manos, y en ese silencio que él me obligó a guardar, perdí lo último que me quedaba:
su confianza, su cariño sin condiciones, y la última esperanza de que alguien me creyera.