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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

"No sé quién es, pero el traje se ve carísimo."

Valentina miró esa frase hasta que dejó de parecer una broma.

El problema de los chismes no era que empezaran como verdad. Empezaban como juego. Un sticker. Un "no inventen". Una foto borrosa que nadie podía probar, pero todos podían comentar. Para cuando alguien preguntaba si había daño, la mitad del daño ya estaba hecho.

—Me estoy asustando —dijo, con el celular en la mano.

Sebastián, que estaba cerrando el recipiente de sopa que Lupita insistía en mandar a Carmen, se detuvo de inmediato.

—Lo hablamos.

No dijo "yo me encargo". Valentina lo notó.

—Mañana tengo clase a las ocho.

—¿Quieres faltar?

—No. Si falto, parece confirmación.

—Entonces vas.

—Voy.

—¿Y si preguntan?

Valentina miró la foto otra vez.

—Les doy una clase sobre inferencias sin evidencia.

Sebastián la observó con algo que pudo haber sido orgullo.

—Eso suena peligroso.

—Soy profesora. Mi violencia es didáctica.

La mañana siguiente, la violencia didáctica empezó a las ocho con quince.

Valentina entró al salón con su taza de café, una pila de copias y el cabello recogido en un chongo que le daba autoridad aunque por dentro sintiera que caminaba sobre vidrio. El murmullo bajó demasiado rápido. Mala señal.

Fernando, el alumno que siempre llegaba con audífonos colgando del cuello, levantó la mano antes de que ella pudiera saludar.

—Profe, pregunta lingüística.

—Qué milagro, Fer.

El salón soltó una risa breve.

—Si alguien ve una foto borrosa y dice "seguro es tal persona", ¿eso es inferencia o chisme?

Valentina dejó las copias sobre el escritorio.

—Excelente. Hoy vamos a hablar de evidencialidad.

Los alumnos se miraron, decepcionados y fascinados al mismo tiempo.

—En algunas lenguas —continuó ella, escribiendo en el pizarrón— la gramática obliga a marcar si algo lo viste, lo escuchaste, lo dedujiste o te lo contaron. En español no tenemos una marca obligatoria tan clara, así que dependemos de responsabilidad discursiva.

Fernando bajó la mano despacio.

—O sea...

—O sea que "vi una foto" no es igual a "sé quién aparece". "Parece" no es igual a "es". Y "me contaron" no es una fuente confiable para arruinarle el día a nadie.

Hubo un silencio.

Luego una alumna del fondo murmuró:

—Auch.

—Eso también es una interjección válida —dijo Valentina—, pero no viene en el examen.

La clase siguió. No perfecta, pero siguió. Al final, dos estudiantes se acercaron para preguntar de verdad por la tarea. Otros salieron mirando el celular con menos valentía. Valentina recogió sus copias con el pulso un poco más firme.

Luciana la esperaba en el pasillo con dos cafés.

—Acabas de convertir un chisme en material didáctico.

—Sobreviví.

—No. Eso fue más que sobrevivir. Eso fue pegar con bibliografía.

Valentina tomó el café.

—No me siento poderosa.

—Nadie se siente poderosa a las nueve de la mañana con ojeras y alumnos metiches.

Caminaron hacia la sala de profesores. En el trayecto, Valentina sintió dos miradas, quizá tres. Nada abierto. Nada que pudiera denunciar. El secreto había crecido lo suficiente para pesar, pero no lo suficiente para tener forma.

En la puerta de la sala, una profesora de literatura con demasiada afición por los rumores le sonrió.

—Profe Vale, la juventud anda muy creativa con las fotos, ¿verdad?

Valentina sostuvo la taza con ambas manos.

—La juventud siempre ha sido creativa. Por eso existen las rúbricas.

Luciana tosió para no reír.

La profesora entendió que no habría carne y se alejó con un "claro, claro" que no tenía nada de claro.

Dentro de la sala, Valentina dejó el café sobre su escritorio y abrió la computadora. Tenía tres exámenes pendientes, dos correos de alumnos preocupados por becas y una notificación del grupo de coordinación docente: "Recordatorio: evitar comentarios sobre vida privada del alumnado y personal académico." Rectoría no la nombraba. No hacía falta.

—Eso lo mandaron por ti —dijo Luciana.

—Eso lo mandaron para que nadie pueda decir que no les avisaron.

—También.

Valentina respiró. La institución, por una vez, no la estaba exponiendo. Solo estaba poniendo una cerca baja alrededor del incendio.

En su escritorio encontró un correo de Andrés.

Asunto: Reunión pendiente / USV.

El cuerpo era breve:

"Profesora Solís, quedo atento a la nueva fecha institucional. Lamento cualquier incomodidad generada por el ajuste anterior. Espero que su abuela se encuentre mejor."

Correcto. Formal. Casi impecable.

Luciana leyó por encima de su hombro.

—Ay, mira. Aprendió a usar modales después de causar incendio.

—No empieces.

—No estoy empezando. Estoy observando con odio académico.

Valentina respondió con una sola línea:

"Gracias. Cualquier tema del convenio deberá canalizarse por Rectoría y Agencia Prisma."

Antes de enviarlo, respiró.

No agregó nada sobre Carmen. No agregó nada sobre el muelle. No agregó nada sobre la frase que Andrés le había dicho en el patio.

Enviar.

Luciana levantó su café.

—Eso fue sexy en formato administrativo.

—Necesitas terapia.

—Todos. Pero yo tengo café.

Esa tarde, Valentina pasó por el departamento de Carmen, revisó presión, medicinas y comida, y luego fue a Las Palmas por una hora y media. El límite había bajado de dos horas a hora y media porque al día siguiente tenía que corregir exámenes. Sebastián no discutió. Lupita sí.

—¿Hora y media? ¿Qué es esto, consulta dental?

—Es negociación emocional —dijo Valentina.

—Pues negocie comiendo.

Sebastián le dio un plato sin comentar. Había aprendido que, en casa, Lupita era autoridad de facto.

La intimidad empezó a crecer en cosas pequeñas y peligrosas. Su cepillo seguía junto al de él. El frasco de café de olla no se había movido. En la libreta de Carmen, el número `Sebastián` ya tenía dos llamadas hechas: una para conseguir pilas cuando el monitor falló y otra para confirmar una cita con cardiología sin usar el apellido Montero.

De puertas adentro, su vida con él empezaba a tener rutinas.

De puertas afuera, ella seguía siendo la profesora Solís que no confirmaba fotos.

—Hoy Andrés me escribió —dijo después de cenar.

Sebastián dejó el vaso en la barra con cuidado.

—¿Qué dijo?

—Formalidades. Convenio. Mi abuela.

—¿Respondiste?

Valentina lo miró.

—Canalicé por Rectoría y Agencia Prisma.

—Bien.

—No digas "bien" como si me hubieras aprobado.

—Tienes razón.

Silencio.

—Me dio gusto —dijo ella, casi a regañadientes— que no preguntaras si quería que hicieras algo.

—Sí quería preguntarlo.

—Lo sé.

—Me mordí la lengua.

—Lo noté.

Sebastián se acercó un paso.

—¿Puedo besarte?

La pregunta le calentó la cara, no por nueva, sino porque todavía la hacía.

—Sí.

El beso fue corto al principio. De prueba. Después Valentina soltó el borde de la barra y lo tomó de la camisa. No fue una caída de reglas; fue una decisión. Sebastián respondió con una mano en su cintura, abierta, esperando. Ella se acercó más.

Cuando se separaron, ambos respiraban distinto.

—Hora y media —recordó ella.

—Quedan veintidós minutos.

—¿Llevas conteo?

—Quiero usar bien mis recursos limitados.

Valentina se rió contra su pecho.

El celular vibró sobre la barra.

Por un segundo, creyó que era otra foto.

No.

Era un mensaje de un número extranjero que conocía de memoria.

Camila Ríos Fuentes: "No grites, loca. Aterrizo el viernes. Y más te vale tener chisme suficiente para compensar un año de mosquitos, calor y guardias en África Occidental."

Valentina se quedó mirando la pantalla.

Luego sí gritó.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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