Alana Storm, hija de una de las casas ducales más poderosas del Imperio, entrega su corazón al príncipe heredero y termina convertida en emperatriz. Sin embargo, el amor que tanto anheló solo la conduce a la traición y a la muerte, asesinada por las concubinas del hombre al que amó.
Cuando despierta seis años en el pasado, comprende que ha recibido una segunda oportunidad. Decidida a cambiar su destino, descubre que posee una magia ancestral dormida y que el enigmático segundo príncipe, Maximiliano Ross, siempre la había amado en silencio.
Mientras busca vengarse y proteger a quienes ama, deberá decidir si el camino hacia el poder la convertirá en aquello que más desprecia o si aún existe un futuro diferente.
NovelToon tiene autorización de Tulipán(Yulisa) para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL JURAMENTO QUE SOSTIENE AL IMPERIO
Mucho antes de que los hombres levantaran castillos de mármol blanco y coronas de oro fueran colocadas sobre las cabezas de los emperadores, existía un mundo gobernado por fuerzas que la humanidad apenas comenzaba a comprender.
Un mundo donde los mares susurraban secretos antiguos, donde los bosques ocultaban criaturas nacidas de la magia y donde las estrellas observaban silenciosamente el destino de aquellos elegidos por fuerzas superiores.
En aquel tiempo, los humanos aprendieron una verdad que cambiaría para siempre el curso de la historia:
La magia no pertenecía a quienes intentaban dominarla.
La magia elegía a quienes eran capaces de cargar con ella.
Y junto a la magia llegaron los Guardianes.
Seres antiguos, criaturas que no habían nacido de la naturaleza común, sino del mismo origen de la energía mágica que recorría el mundo. Algunos decían que habían existido incluso antes que los primeros reyes; otros aseguraban que eran fragmentos vivientes de la voluntad del mundo.
Eran dragones capaces de controlar los cielos.
Fénix que renacían de sus propias cenizas.
Grifos que podían llamar a las tormentas.
Lobos capaces de caminar entre las sombras.
Criaturas cuya existencia era considerada una leyenda por aquellos que jamás habían tenido el privilegio de verlas.
Pero los Guardianes no buscaban adoración.
No buscaban riquezas.
No buscaban títulos.
Buscaban dignidad.
El Imperio de Valtheria nació de un pacto entre la humanidad y estas criaturas ancestrales.
Cuando las primeras guerras mágicas amenazaron con destruir el mundo conocido, los líderes de las antiguas naciones comprendieron que ningún ejército sería suficiente para traer paz.
Fue entonces cuando una criatura descendió de los cielos.
Un dragón cubierto de escamas doradas como la luz del amanecer.
Su presencia hizo que todos los magos presentes sintieran el peso de una fuerza imposible de desafiar.
Aquel ser no entregó su poder al hombre más fuerte.
No eligió al guerrero más hábil.
No se inclinó ante quien tenía mayor riqueza.
Eligió a una joven gobernante que, aun teniendo la oportunidad de reclamar todo el poder para sí misma, decidió usarlo para proteger a quienes no podían defenderse.
Ese día nació la primera emperatriz de Valtheria.
Y con ella nació el Juramento de los Guardianes.
Un pacto que perduraría durante miles de años.
Oficialmente, los habitantes del Imperio conocían una versión sencilla de la historia.
Cada gran familia noble poseía una criatura ancestral que representaba su linaje.
Una criatura que aparecía durante la sucesión para reconocer al nuevo líder.
Era visto como un honor.
Como una bendición.
Pero la verdadera naturaleza de aquel pacto era conocida por muy pocos.
Porque los Guardianes no bendecían herederos.
Los juzgaban.
El apellido podía heredarse.
La sangre podía transmitirse.
La riqueza podía acumularse.
Pero el derecho de gobernar debía ganarse.
Solo el patriarca o matriarca de cada casa, el emperador y el heredero elegido por el Guardián conocían la verdad completa.
Las criaturas no podían ser obligadas.
No podían ser controladas.
No podían ser engañadas.
Y quien intentara romper el pacto ancestral no enfrentaría un castigo humano.
Enfrentaría la voluntad de un ser que había protegido aquel linaje durante siglos.
Por esa razón existía una ley jamás escrita en los libros públicos:
Un Guardián jamás sería culpable por defender aquello que juró proteger.
La primera familia del Imperio era la Casa Ross.
La familia imperial.
Su poder estaba ligado al Dragón Celestial Dorado, una criatura considerada la más antigua de todas.
El Dragón representaba equilibrio, autoridad y protección.
Su magia era conocida como Dominio Celestial, una fuerza capaz de crear barreras imposibles de romper, purificar energías corruptas y controlar grandes cantidades de poder mágico.
Pero incluso dentro de la familia imperial existía una regla:
Ningún príncipe nacía destinado a gobernar.
Solo el elegido por el Dragón podía portar la corona.
Después de la familia imperial existían los dos Grandes Ducados.
Dos casas que sostenían el equilibrio político y militar del Imperio.
La primera era la Casa Storm.
Una familia conocida por su orgullo, inteligencia estratégica y poderosa magia elemental.
Su Guardián era el Grifo de la Tempestad.
Una criatura majestuosa con cuerpo de león, alas de águila y plumas capaces de atraer los rayos del cielo.
Los miembros de la Casa Storm dominaban la magia de tormenta.
Podían controlar los vientos, crear relámpagos y proteger sus territorios con barreras eléctricas.
Sin embargo, el verdadero poder de la familia no estaba en sus ataques.
Estaba en su capacidad de resistir.
Como una tormenta que podía destruir un bosque entero y, al mismo tiempo, traer la lluvia necesaria para que la vida comenzara nuevamente.
La segunda gran casa era la Casa Blackthorn.
Una familia envuelta en rumores y secretos.
Su Guardián era el Lobo del Eclipse.
Una criatura de pelaje negro como la noche y ojos plateados como la luna.
A diferencia de otros Guardianes, rara vez era visto por extraños.
Su poder estaba ligado a las sombras, la protección y el vínculo espiritual.
La Casa Blackthorn había servido durante generaciones como protectora silenciosa del Imperio.
Espías.
Estrategas.
Guerreros que actuaban desde las sombras.
Eran temidos por sus enemigos y respetados por sus aliados.
Después de los Grandes Duques estaban los cinco ducados principales:
La Casa Ashford, protegida por el Fénix Carmesí, símbolo del renacimiento y la esperanza.
La Casa Ravenshade, vinculada al Cuervo Arcano, guardián del conocimiento y los secretos.
La Casa Silvermoon, elegida por el Unicornio Plateado, representante de la pureza y la magia lunar.
La Casa Valerian, protegida por el Basilisco Esmeralda, símbolo de disciplina y fuerza militar.
La Casa Everhart, acompañada por el Ciervo Celestial, protector de la naturaleza y los bosques sagrados.
Cada una poseía territorios, ejércitos y conocimientos mágicos únicos.
Más abajo en la jerarquía se encontraban los marquesados, condados, vizcondados y baronías.
Familias que, aunque tenían menos influencia política, seguían formando parte del delicado equilibrio del Imperio.
Los marquesados eran conocidos por sus exploradores y protectores de las fronteras.
Los condados controlaban importantes rutas comerciales.
Los vizcondados administraban territorios estratégicos.
Y los barones protegían pequeñas regiones cuya importancia era muchas veces subestimada.
Porque en Valtheria incluso la casa más pequeña podía guardar un secreto antiguo.
Durante generaciones, el Imperio permaneció estable gracias a una simple regla:
Nadie podía poseer un poder que no mereciera.
Sin embargo, el destino comenzó a cambiar mucho antes de que alguien pudiera notarlo.
En una mansión perteneciente a la poderosa Casa Storm, una niña nació bajo una noche cubierta de nubes oscuras.
Los astrólogos anunciaron que aquella tormenta no era natural.
Los magos sintieron una energía desconocida recorrer la tierra.
Y en un antiguo santuario, donde el Grifo de la Tempestad había dormido durante décadas, la criatura abrió lentamente los ojos.
Por primera vez en muchos años, un Guardián había despertado sin ser llamado.
Y mientras observaba el cielo iluminado por relámpagos, pronunció unas palabras que nadie escuchó:
—Finalmente has regresado.
El destino del Imperio acababa de comenzar.
Y su nombre era...
Alana Storm.
la union hace la fuerza