es de terror, una creepypasta
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El Segundo Sacrificio
Samuel quedó inmóvil con el teléfono en la mano.
La fotografía era auténtica.
No había edición.
Podía distinguir perfectamente el reflejo de la lámpara caída, los pedazos de vidrio sobre el piso y a Gabriel ayudándolo a levantarse.
La imagen había sido tomada apenas unos segundos antes.
Pero desde el exterior.
Samuel caminó lentamente hacia la ventana destrozada.
Miró hacia la calle.
No había nadie.
El edificio de enfrente permanecía completamente oscuro.
Ninguna ventana abierta.
Ninguna silueta.
Solo la lluvia golpeando el asfalto.
Entonces amplió la fotografía.
Su respiración se detuvo.
Detrás de él...
Reflejada en uno de los cristales rotos...
Había una mujer.
Vestía de blanco.
Tenía el cabello negro cubriendo parte del rostro.
Sostenía una pequeña vela encendida.
Samuel giró de inmediato.
No había nadie.
Volvió a mirar el teléfono.
La figura seguía allí.
Pero ahora ya no miraba a Samuel.
Miraba directamente a Gabriel.
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—No puede seguir aquí —dijo Gabriel con voz temblorosa.
Samuel le mostró la fotografía.
El exsacerdote palideció.
—Ella no me está mirando a mí.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué?
Gabriel señaló la pantalla.
—Está mirando algo detrás de mí.
Samuel levantó lentamente la vista.
El anciano estaba de espaldas a un espejo antiguo que colgaba en la pared del comedor.
Con cuidado, Samuel dirigió la linterna hacia el espejo.
El reflejo mostraba el apartamento...
Pero había una diferencia.
En el espejo, Gabriel no estaba solo.
Una niña de porcelana sujetaba su mano derecha.
Sonreía.
Samuel apagó la linterna por reflejo.
Cuando volvió a encenderla...
La niña había desaparecido.
Gabriel comenzó a respirar con dificultad.
—Ella me tocó...
Samuel miró su mano.
Sobre la piel del anciano había aparecido una pequeña marca circular.
Un círculo rodeado por siete líneas.
El mismo símbolo del ritual.
---
Esa misma noche abandonaron el apartamento.
Gabriel insistió en que el edificio ya no era seguro.
Subieron a la vieja camioneta del exsacerdote y condujeron hasta una cabaña escondida entre las montañas, a casi una hora del pueblo.
El lugar pertenecía a un antiguo guardián.
Estaba construida con gruesos troncos de madera y rodeada por cruces de piedra.
—Aquí estaremos protegidos por un tiempo —explicó Gabriel.
Samuel no respondió.
No podía dejar de pensar en la frase del mensaje.
*"Ya elegí al segundo."*
Si el ritual necesitaba un segundo sacrificio...
¿Quién había sido elegido?
---
Mientras Gabriel preparaba café, Samuel comenzó a revisar nuevamente el diario de Isabela.
Entre las páginas encontró algo que antes no estaba.
Una hoja doblada.
Estaba escrita con una tinta mucho más reciente.
No parecía tener siglos.
La letra era elegante.
Y al final aparecía una firma.
**Tomás Montoya.**
Samuel abrió los ojos con sorpresa.
Comenzó a leer.
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*"Hermana..."*
*"Si algún día alguien encuentra estas palabras..."*
*"Significa que fallé."*
*"Prometí encontrarte."*
*"Prometí sacarte de esa prisión."*
*"Y nunca pude hacerlo."*
*"Cada noche escucho tu voz llamándome desde el bosque."*
*"Pero cuando entro..."*
*"Ya no eres tú."*
Samuel sintió un nudo en el pecho.
La carta continuaba.
*"Hay momentos en los que vuelves."*
*"Solo duran unos segundos."*
*"Después él regresa."*
*"Perdóname."*
*"Nunca debí dejar que pronunciaras aquellas palabras."*
*"Nunca debí permitir que aceptaras el pacto."*
Samuel llegó a la última línea.
Y sintió que el corazón se aceleraba.
*"No fue Azael quien creó el ritual."*
*"Fue un hombre."*
---
—¡Gabriel!
El exsacerdote llegó rápidamente.
—¿Qué ocurre?
Samuel le mostró la carta.
Gabriel la leyó dos veces.
Su expresión cambió por completo.
—Eso no puede ser.
—¿Por qué?
—Porque siempre creímos que el demonio había creado el ritual.
Samuel negó lentamente.
—No.
Alguien lo inventó.
Azael solo lo aprovechó.
Gabriel permaneció en silencio.
Si aquello era cierto...
Entonces existía un responsable mucho peor que un demonio.
Existía una mente humana detrás de todo.
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Un fuerte golpe sacudió la puerta de la cabaña.
**¡BUM!**
Los dos se sobresaltaron.
Otro golpe.
Más fuerte.
**¡BUM!**
Gabriel tomó una escopeta vieja que descansaba sobre una repisa.
No parecía confiar demasiado en ella.
Pero era lo único que tenía.
Samuel apagó todas las luces.
Los golpes cesaron.
Después llegó una voz.
—Gabriel...
Soy yo.
Era la voz de Elías Montoya.
Samuel miró al exsacerdote.
—¿Lo dejamos entrar?
Gabriel dudó.
—No...
Es demasiado arriesgado.
La voz volvió a escucharse.
—Sé que desconfían de mí.
Pero si no abren ahora...
Moriremos los tres.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
Elías habló con urgencia.
—¡Ya vienen!
En ese mismo instante, algo comenzó a moverse entre los árboles.
No era una persona.
Eran decenas de pequeñas luces amarillas.
Una.
Cinco.
Diez.
Veinte.
Cada vez más.
Samuel enfocó la linterna hacia el bosque.
Y sintió que el cuerpo se le helaba.
No eran luces.
Eran ojos.
Cientos de ojos color ámbar.
Todos inmóviles.
Todos observando la cabaña.
Gabriel abrió apenas una rendija de la puerta.
Elías entró de inmediato y la cerró con fuerza.
Respiraba agitado.
Tenía una profunda herida en el hombro.
Su ropa estaba rasgada.
Samuel nunca lo había visto asustado.
—¿Qué ocurrió?
Elías respondió sin levantar la vista.
—Encontraron a la muñeca.
El silencio fue absoluto.
Samuel dio un paso adelante.
—¿Quiénes?
Elías levantó lentamente la cabeza.
Su respuesta hizo que la sangre se congelara en las venas de ambos.
—El culto...
Nunca desapareció.
Y esta noche...
Han venido a reclamar lo que consideran suyo.
Afuera, entre los árboles, comenzaron a encenderse antorchas una tras otra.
Como si, después de más de tres siglos, los mismos rituales estuvieran a punto de repetirse.