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¿Te Amo O Te Odio?

¿Te Amo O Te Odio?

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lisi A. A

Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más

NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: Lo que escuchó detrás de la puerta

El mundo pareció detenerse.

Mauricio permaneció inmóvil en el umbral del despacho.

Celina estaba frente a él.

Pálida.

Con los ojos llenos de algo que él jamás había visto en ella.

No era tristeza.

No era miedo.

Era traición.

Y aquello resultaba mucho peor.

La fotografía temblaba ligeramente entre sus dedos.

Detrás de Mauricio, Inés permaneció en silencio.

Observando.

Esperando.

Como si supiera exactamente que aquel momento llegaría.

Celina miró primero a Mauricio.

Luego a Inés.

Y finalmente al sobre lleno de documentos.

No necesitó hacer más preguntas.

La escena hablaba por sí sola.

—¿Cuánto tiempo llevan ocultándome cosas? —preguntó.

Su voz era apenas un susurro.

Pero dolió más que un grito.

—Celina... —empezó Mauricio.

—No.

Ella levantó una mano.

—No me mientas.

Mauricio tragó saliva.

Por primera vez en mucho tiempo no encontraba las palabras adecuadas.

Porque la verdad era que él tampoco entendía completamente lo que estaba ocurriendo.

—Acabo de descubrir esto —dijo finalmente.

—¿Y qué es exactamente "esto"?

El silencio volvió.

Pesado.

Incómodo.

Peligroso.

Celina dio un paso adelante.

—Escuché parte de la conversación.

Aquellas palabras hicieron que Mauricio sintiera un vacío en el estómago.

—¿Cuánto escuchaste?

Ella soltó una risa amarga.

—Lo suficiente.

Miró directamente a Inés.

—Escuché que mi vida parece formar parte de un secreto familiar.

Luego volvió a mirar a Mauricio.

—Escuché que mi matrimonio fue planeado.

La palabra matrimonio quedó suspendida en el aire.

Mauricio vio el dolor reflejado en los ojos de Celina.

Y aquello le resultó insoportable.

Porque durante semanas había intentado convencerse de que aquella unión solo era un acuerdo temporal.

Una obligación.

Pero ahora...

Ahora la idea de perderla le producía una sensación que no quería analizar.

—Celina, escúchame.

—¿Escucharte?

Su voz se quebró.

—¿Después de todo esto?

Mauricio avanzó un paso.

Ella retrocedió.

Y ese pequeño movimiento le dolió más de lo que esperaba.

—No sabía nada de esto.

—¿De verdad?

—Te lo juro.

Celina sostuvo su mirada durante varios segundos.

Buscando.

Evaluando.

Intentando descubrir si estaba mintiendo.

Y algo en ella quería creerle.

Pero otra parte estaba cansada.

Muy cansada.

De secretos.

De medias verdades.

De preguntas sin respuestas.

—Entonces explícame por qué todo parece girar alrededor de mi madre.

Mauricio bajó la mirada.

No tenía una respuesta completa.

Y ambos lo sabían.

Celina soltó una exhalación temblorosa.

—Eso pensé.

Giró sobre sus talones.

Y comenzó a alejarse.

—Celina.

Ella no se detuvo.

—Celina, espera.

Esta vez sí se volvió.

Las lágrimas brillaban en sus ojos.

—Estoy cansada de perseguir fantasmas, Mauricio.

La sinceridad de aquellas palabras atravesó algo dentro de él.

Porque entendía exactamente lo que quería decir.

Toda su vida había estado buscando respuestas sobre una mujer que apenas recordaba.

Toda su vida había recibido silencio.

Excusas.

Mentiras.

Y ahora, cuando por fin aparecían pistas...

Todo parecía volverse más confuso.

—Yo también quiero saber la verdad —dijo Mauricio.

Celina lo observó durante unos segundos.

—Entonces averíguala.

Y se marchó.

La puerta del despacho se cerró detrás de ella.

Mauricio permaneció inmóvil.

Escuchando cómo sus pasos desaparecían por el pasillo.

Solo entonces habló.

—¿Estás satisfecha?

Inés arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Parece que disfrutas ver cómo todo se derrumba.

Por primera vez, la sonrisa desapareció del rostro de Inés.

—No tienes idea de lo que estás diciendo.

—Entonces ilumíname.

Ella se cruzó de brazos.

—Yo no provoqué esto.

—Pero tampoco lo evitaste.

El silencio se instaló entre ambos.

Finalmente Inés suspiró.

—Necesitas dejar de buscar enemigos en todas partes.

—Difícil consejo viniendo de ti.

Aquello arrancó una breve sonrisa en ella.

Pero duró poco.

—Mauricio, escúchame bien.

Él no respondió.

—Si quieres proteger a Celina, deja de actuar impulsivamente.

—¿Protegerla de qué?

Inés tardó demasiado en contestar.

—De personas que tienen mucho más poder del que imaginas.

Mauricio sintió un escalofrío.

—¿Quiénes?

—Los mismos que enviaron la fotografía.

La misma persona que dejó la llave.

La misma persona que quiere que descubras la verdad.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Y por qué alguien querría eso?

—Porque la verdad puede destruir a tu familia.

Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire.

Y por primera vez Mauricio comprendió algo inquietante.

Quizás la persona anónima no intentaba ayudarlo.

Quizás intentaba usarlo.

Esa noche, Celina permaneció despierta.

Sentada junto a la ventana de su habitación.

La fotografía descansaba sobre sus piernas.

Lucía.

Su madre.

La mujer de la que apenas conservaba recuerdos.

Intentó recordar su voz.

Su perfume.

La forma en que la abrazaba.

Pero los años habían borrado demasiadas cosas.

Y aquello la llenaba de rabia.

Su padre siempre evitaba hablar del tema.

Siempre.

Ahora comenzaba a preguntarse por qué.

Tomó el teléfono.

Dudó unos segundos.

Y finalmente marcó.

El número sonó tres veces.

Cuatro.

Cinco.

Hasta que una voz respondió.

—¿Celina?

Ella cerró los ojos.

—Hola, papá.

Al otro lado de la línea se hizo silencio.

—Es tarde.

—Necesito hablar contigo.

Su padre pareció tensarse inmediatamente.

—¿Ocurrió algo?

Celina observó la fotografía.

—Quiero saber quién era realmente mamá.

El silencio fue inmediato.

Y demasiado largo.

—Papá.

—No es una conversación para teléfono.

—Entonces dime cuándo fue una conversación para algo.

Aquello provocó otro silencio.

Más incómodo.

Más revelador.

—¿Quién te mostró esa fotografía?

Celina sintió que el corazón le daba un vuelco.

—¿La conoces?

—Respóndeme.

—¿La conoces o no?

La respiración de su padre se volvió pesada.

—Celina...

—Estoy cansada de las mentiras.

—No son mentiras.

—Entonces dime la verdad.

Al otro lado de la línea se escuchó una exhalación profunda.

Como si estuviera tomando una decisión.

—Hay cosas que nunca debiste descubrir.

El corazón de Celina comenzó a acelerarse.

—¿Qué significa eso?

Pero la llamada terminó.

De repente.

Sin explicación.

Sin despedida.

La pantalla quedó oscura.

Y el miedo comenzó a instalarse lentamente en su pecho.

Porque acababa de confirmar algo.

Su padre sabía.

Siempre había sabido.

A varios kilómetros de la mansión Montenegro, una mujer observaba una vieja caja llena de fotografías.

Su cabello rubio caía sobre los hombros.

Sus ojos azules permanecían fijos en una imagen específica.

Una fotografía tomada hacía más de veinte años.

En ella aparecían tres personas.

Don Augusto.

Lucía.

Y una niña pequeña.

Una niña de apenas dos años.

La mujer acarició la fotografía con los dedos.

Luego sonrió.

Una sonrisa fría.

Calculadora.

Peligrosa.

—Ya es hora —susurró.

Tomó su teléfono.

Marcó un número.

La llamada fue respondida inmediatamente.

—¿Sí?

—Todo está avanzando exactamente como esperaba.

—¿Y Mauricio?

La mujer miró nuevamente la fotografía.

—Ya encontró el despacho.

—¿Y Celina?

La sonrisa se hizo más amplia.

—Ella será quien termine de abrir la herida.

La voz al otro lado guardó silencio.

—¿Estás segura de esto?

—Completamente.

La mujer cerró la caja.

—Después de tantos años...

Miró nuevamente la imagen de la niña.

Y sus ojos se oscurecieron.

—Ha llegado el momento de que todos paguen por lo que hicieron.

La llamada terminó.

Y en el reverso de aquella fotografía, escrito con tinta ya desgastada por el tiempo, aparecía un nombre que cambiaría todo.

Isabela Montenegro.

Una niña cuya existencia, según los registros oficiales de la familia, jamás había existido.

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